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Ésta empezando a caer el sol, tardamos un buen rato (sobre todo por el tráfico) en llegar a dónde me lleva.
— Esa es la entrada principal.
Carlos señala con un dedo cuando pasamos a un lado de una especie de construcción muy industrial, ya la había visto antes pero nunca me acerqué demasiado, he escuchado rumores, y yo misma pensaba que era una especie de lugar donde iban las personas, malvivientes, a drogarse hasta morir, además, no tiene puertas y no se ve nada hacia dentro pero una vez vi a alguien entrar, supongo que será como un laberinto entrar. Carlos conduce por otro rato; llegamos a lo que me dice es la parte trasera del lugar, y el estacionamiento, por la calle parece un estacionamiento privado, normal. Me conduce por el lugar hasta que llegamos a una parte relativamente despejada, parece una especie de auditorio con el techo muy alto: el escenario es de cemento y está pegado a una pared, frente a el están varias filas de bancas con respaldo divididas en dos columnas, dejando un pasillo en medio; las bancas están llenas de gente, de todas las edades. Sigo a Carlos por el pasillo, le dejo ir medio paso más adelante; trago saliva, siento mis brazos balancearse estúpidamente a mis costados, me recuerdo no bajar la mirada, me enderezo disimuladamente mientras camino, intento parecer segura, no miro a nadie. Carlos me deja en la tercer banca del lado derecho más cercana al escenario, me siento junto al pasillo; Carlos pasa por enfrente del escenario y sube por unas escaleras que hay del lado izquierdo, llega al lado de otro hombre; me fijo y éstas tres primeras bancas están casi vacías, no sé más atrás porque no pienso fijarme.
Siento los oídos taponados, mi corazón está acelerado, el tiempo pasa de forma rara: a veces va muy lento y otras muy de prisa; no escucho lo que dice el hombre que está parado en el centro del escenario pero me fijo en él: no parece muy alto, se ve musculoso y con entradas muy pronunciadas; detrás de él, pegados a la pared, están paradas otras personas, está Carlos, una mujer bajita de cabello café, un hombre negro delgado, un señor de cabello blanco que parece el mayor de todos ellos, y una mujer alta de cabello negro hasta los hombros.
Veo como la gente del escenario se reúne en un círculo y luego empiezan a bajar, todos menos el anciano se dirigen hacia acá y mi corazón late aún más rápido, pero no vienen hacia mí, van hacia cualquier otra persona sentada en estas tres bancas, no sé que les dicen porque hablan bajo, casi en susurros; Carlos llega hasta mí, se para en el pasillo y se acuclilla, me sonríe, tiene patas de gallo en el borde de los ojos.
— Estás de suerte cachorrita, habían muchos nuevos esperando una manada y te tocó en la mía.
Solo le miro, no puedo hablar y aunque pudiera no se me ocurre que decir. Me muestra su mano cerrada, la miro, y cuando la abre, en su palma está un collar de lazo negro con un pequeño dije plateado, miro más de cerca y veo que el dije es la representación un lobo en bulto.
— ¿Qué es? — es lo mejor que sale de mi boca, ¿Por qué me muestra un collar? ¿A caso quiere darmelo, y si así es, por qué?
— Significa que perteneces a la manada, a éste lugar en donde hay muchas manadas viviendo juntas, y tenerlo te liga directamente a mí y al resto de la manada así como a nosotros nos liga a ti. — busca con su mano libre en su cuello y saca una cadena plateada con un dije de lobo, igual al que tiene en la mano. — Una vez puesto nunca debes quitartelo a menos que estés abandonando para siempre esté lugar y a tu manada ¿entiendes?
Asiento levemente, antes de que me lo pasé por la cabeza me quito una cadena de oro que llevo puesta.
— ¿Puedo llevarlo en ésta cadena?
— Claro.
Le doy la cadena y pasa el dije por un extremo, se endereza y pasa sus manos por ambos lados de mi cuello para abrocharla, con un cuidado extremo que no entiendo la deja deslizarse por sus dedos; en cuanto toda la cadena está en contacto con mi cuerpo siento un peso inmenso sobre mis hombros, como si llevara cargando a alguien sumamente pesado en los hombros, el peso es tan inesperado que por un momento la vista se me emborrona, después me entra pánico, intento ponerme de pie, quitarme el peso, la cadena, hacer algo, pero Carlos me sostiene firmemente por los hombros, me revuelvo intentando huir pero me aprieta los hombros fuerte, le miro y no me suelta hasta que mi respiración y mis latidos se ralentiza un poco y dejo de intentar correr; pone sus manos a ambos lados de mi cara, me doy cuenta, primero, de que está de nuevo acuclillado, pero ésta vez más cerca, y segundo, tengo mis manos sobre sus muñecas.
— Tranquila, es normal sentir ese peso, con el tiempo te acostumbrarás y dejaras de sentirlo. ¿Te sientes más tranquila? — asiento una vez, no quiero quitar mis manos de sus muñecas, siento que me dan estabilidad, algo a lo que sostenerme, literalmente. — ¿Si te suelto intentarás huir, quitarte la cadena o algo por el estilo?— no lo sé, no sé lo que siento o lo que quiero, todo es un torbellino de confusión, no entiendo nada; niego con la cabeza.
Retira sus manos lentamente y yo me obligó a soltarlo cuando no me queda más opción, apoya los codos sobre las rodillas, atento, yo llevo una mano a mis clavículas y busco a tientas el dije, aún no sé que sentir, me rasco con las llemas entre mis clavículas, trago y parpadeo desviando la vista, me limpio las palmas sobre el pantalón.
Carlos me toma de una mano y me levanta, después pasa su brazo sobre mi hombro; las pocas personas que quedan están acomodando las bancas contra las paredes y hay algunos acostados en ellas, como si fueran a dormir ahí.
— No hay suficientes camas y a algunos les gusta dormir aquí afuera, sobre todo cuando hace calor. Pero estos días te toca una cama, en lo que te adaptas a todo.
Me lleva hasta un pequeño edificio, en el camino me señala una habitación/departamento y me dice que ahí se queda él, que puedo ir a verle cuando quiera;  me indica en donde están los baños y me lleva hasta mi cama, comparto una litera  con alguien que ya está acostado en la cama de arriba, es una habitación con hileras de literas en toda la estancia; me deja y se va. Hay mucha gente y mucho ruido, las personas me miran y eso me pone nerviosa, planeo acostarme ya para no ver cómo me señalan pero llega una chica más o menos de mi edad, de cabello café casi negro, morena, me sonríe.
— Hola.
— Hola. — le sonrió un poco.
— Escuché que te tocó con Carlos, es una buena persona. — se sienta en la cama y yo me siento en el otro extremo.
— Sí, ¿tú estás en su manada?
— No, pero he escuchado que se llevan bien, aunque es el que menos miembros tiene, bueno, de los líderes más importantes. — me mira, no sé que responder a eso, digo »oh« porque no se que más decir. Me mira y ladea un poco la cabeza — ¿Eres una nacida o una conversa? ¿Tenías una manda antes, de dónde eran? Oh, no tienes que contestar si no quieres; soy Ana, bueno Anahí pero casi nadie me dice así, ¿Cómo te llamas?
— Amh, Daniela.
— ¿Puedo decirte Dani, o prefieres Daniela?
— Cualquiera de los dos me gusta. — digo encogiendome de hombros.
— Bueno, Dani, ¿qué te parece el lugar?
— No lo sé, aún no lo conozco.
— Bueno, mañana vamos a desayunar juntas, no te preocupes Carlos también estará en el comedor. Oh, otra cosa, para tener una cama debes llegar pronto y apartar alguna, puedes elegir la que quieras, o la que esté disponible, en la mañana dejan de ser tu cama y después de la cena debes apartar una; — se para para irse, pero añade como si se le acabara de ocurrir: — no dejes que nadie te diga que la cama que elijas es suya si no está apartada. Descansa.
— Igual, gracias. — se va.
— Tiene razón. — brinco por el susto, una voz masculina habla detrás de mí, me giro y hay un chico que se ve más o menos de mi edad pero mucho más alto recargado en el poste de la cama, viendo hacia mí. — Soy Eric, Carlos me pidió apartar la cama — señala un paliacate rojo atado en el poste a la altura del colchón, lo desata. —, si vas a ir al baño o algo, ata algo más, para que sepan que está apartada y no te la roben. — se va.
Saco la playera que traigo en la mochila y la amarro, después me llevo la mochila al baño; cuando regreso me acomodo para dormir como la noche anterior, me tapo la cara con la capucha y con un brazo.
Intento comprender todo lo que ha pasado y todo lo que significa el estar aquí.

una nueva manadaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora