2: Suplicio

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La habitación se hallaba sumida en la oscuridad, a excepción del halo de luz que se colaba por debajo de la puerta. El hedor a alcohol era terriblemente insufrible, aunque ya no quedara ni una gota en las botellas de cristal desparramadas por el suelo. A simple vista, la estancia parecía estar vacía. Carente de vida.

Si uno prestaba la suficiente atención, percibiría una respiración entrecortada debajo el manto de tristeza y lágrimas que levaban ya un rato secas. El eco de los llantos llenos de pérdida y dolor aún podía escucharse contra las paredes de la diminuta habitación.

Bajo las finas sábanas grises, Estella se refugiaba de la realidad, a pesar de que era consciente de que la batalla que se había desatado en su interior era muchísimo más cruel y aterradora que lo que la aguardaba fuera.

No iba a ser capaz de superar aquello. Sabía que la sombra de su dolor la seguiría a todas partes como un fantasma dispuesto a atormentarla. Temía que su corazón no pudiera curarse jamás de aquella terrible aflicción.

Había pasado una semana desde que recibió la terrible noticia. La escena no paraba de repetirse en su mente una y otra vez. El zumbido del timbre. Lo peor que le había pasado jamás llamó a su puerta. Ella aún no lo sabía. Se levantó de la cama llena de emoción, esperando encontrarse a Rob al otro lado. Para su desgracia, quien estaba en la entrada no era él, sino dos policías de semblante imperturbable. Soltaron la bomba. Su campo de minas estalló. Ella salió por los aires.

Quedó destruida.

Toda su vida se había hecho trizas y no había nadie que pudiera repararla. Había cura para cualquier hueso roto o herida, pero no había forma conocida para curar un corazón agonizante y un alma partida. Tan solo le quedaba el deseo de que el paso del tiempo fuera menguando el dolor hasta que se hiciera más leve y soportable.

Su propio pensamiento la torturaba hasta caer rendida y una vez dormida sus sueños eran pesadillas en cuyos mares se ahogaba. Y pese a todo, ella seguía viva y aquél era su mayor suplicio. De estar muerta podría verlo. Estarían cerca. Juntos. Eran la vida y la vigilia quienes los separaban.

La angustia la estaba matando y ella sabía que no podía ahogarse en aquella espiral de oscuridad. Si no le ponía remedio a aquello, acabaría en un lugar mucho peor que aquél. Y no podía permitirse que eso ocurriera.

Aquella mañana, después de días encerrada en aquel búnker, Estella reunió lo poco que quedaba de ella en su interior y retiró las sábanas, despojándose de la coraza que la aislaba del mundo exterior.

La cabeza le daba vueltas y la boca le sabía pastosa. Contuvo la arcada que el aliento a alcohol le provocó. Se había pasado la última semana bebiendo hasta que se difuminaran los límites de la verdad. Si todo se emborronaba lo suficiente, juraría que veía a Rob llamar a la puerta. Ella saltaba sobre él. Se abrazaban. Después se ponía el vestido que había pensado ponerse para ir a cenar. Sonreían. Y cada vez que las garras de la realidad le apartaban el pelo para besarla y todo a su alrededor se hacía le hacía demasiado duro como para soportarlo, agarraba otra botella y se la llevaba a la boca con la esperanza de que todo doliera un poco menos.

Cuando sus pies descalzos entraron en contacto con el frío suelo, sintió que volvía a caer. Durante una media hora, Estella se limitó a contemplar la pared que tenía en frente. Sus ojos se clavaron sobre las fotos que colgaban—ahora tristes—en la pared. La enorme sonrisa de Rob le dolió más que cualquier otra cosa en aquel momento. Se le encogió el estómago nada más verlas. Él no volvería a sonreír. Y estaba convencida de que ella tampoco lo haría. Rompió a llorar.

—Soy un puto desastre...—un gruñido ronco y grave salió de la garganta de Estella. No sonaba a ella, pero sabía que no podría tratarse de nadie más.

EstellaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora