1: Presagio

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La boca le sabía a fuego y a diésel. Aún podía sentir las llamas aporreando la puerta de su garganta. El simple hecho de respirar le resultaba doloroso. El más mínimo exhalo bastaba para hacer que un terrible escozor sacudiera su cuerpo. Le resultaba imposible deshacerse del molesto pitido en los oídos.

Ya estaba más que acostumbrada a la tos violenta que venía después de que se cerrara el telón. El líquido ignífugo que se pegaba a su garganta y las llamas de las que la protegía habían terminado por convertirse en rasgos tan propios como su piel pálida y sus uñas mordisqueadas escondidas bajo unas largas y elegantes uñas de gel.

La vibración de las guitarras eléctricas seguía haciéndose eco a través de los tabiques. Aún no se había acostumbrado al sosegado silencio del camerino desierto. Tal vez fuera porque el zumbido y el parpadeo de las luces suscitaban una falsa sensación de compañía.

Estella se miraba al espejo mientras se deshacía de los últimos trazos de maquillaje bajo el que se disfrazaba. En ocasiones, le costaba reconocerse en el reflejo del espejo rayado y cubierto de pegatinas descoloridas del camerino.

Había pañuelos teñidos de restos de pintura roja y negra sobre la mesa que cojeaba bajo el peso de la muchacha. Al igual que la malla roja que descansaba hecha una bola bajo sus pies, la pintura era también una parte más de su disfraz. Su cabello rubio recogido en un torpe moño resultaba irreconocible en comparación a la larguísima melena ligeramente despeinada que había lucido unos minutos antes.

Sentada frente al espejo ligeramente torcido, Estella recordó la forma en la que se había visto arrastrada hacia aquel camino. Hasta hacía menos de un año había trabajado en una pequeña tienda de ropa. Algo temporal, nada más. Algo que le diera el dinero suficiente para pagar el diminuto apartamento que ella y su novio, Rob, compartían.

A Estella nunca le había gustado el fuego o los trucos de magia, pero las oportunidades fáciles y bonitas no parecían querer acercarse a una chica como ella. De niña, todos los niños parecían caer rendidos ante las inexplicables proezas de los magos en los circos. Todos excepto ella, que siempre había tenido la sensación de estar observando un engaño cubierto de humo y maquillaje.

Cuando le propusieron empezar a trabajar, la mera de idea de tragar fuego le resultó aterradora. La magia le parecía una farsa, pero el fuego la asustaba. Sentía un pánico que la paralizaba por completo. Daba igual lo mucho que leyera sobre cómo funcionaba aquello o la seguridad que intentaban transmitirle sus compañeros. Temía terminar ardiendo como una bruja que se había pasado de lista y habían terminado por pillar.

Pero las semanas pasaban y ninguna otra opción acudía a su rescate. Al final, no le quedó otra que convencerse de que ella no sería una bruja. Al menos, no una de verdad. Tan solo se limitaría a jugar con lo que el resto no veía. El fuego no era más que parte de aquella ilusión; era una parte más del decorado, imponente, aunque inofensivo.

Para cuando quiso darse cuenta, estaba aprendido a beber diesel y a ser un dragón. Aprendía rápido de aquellos que llevaban años practicando aquel arte. Y ni siquiera ellos, que poseían una destreza que Estella no hacía más que envidiar, lograban resultar verosímiles ante sus ojos.

Les gustaba decir que ellos hacían magia con el agua de fuego. Que bebían y escupían las penas que los quemaban por dentro. De esa forma todo ardía y dejaba de doler. La llama se llevaba consigo cualquier atisbo de pena que estuviera clavada bajo su piel y se balanceara entre sus costillas.

Aquella no era la vida con la que ella había soñado cuando fantaseaba con huir de casa. Sin embargo, la vida le había enseñado que ella no era quien decidía qué pasaba con su destino. A ella solo le tocaba acatar las órdenes y obedecer.

EstellaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora