Capítulo 11

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Me voy junto a Honorio a su casa. Paso allí un rato, junto a más revolucionarios, y después me marcho, encapuchada, para que no me vean el rostro, no conviene que me relacionen con todos ellos si quiero que mi plan funcione.

Cuando llego a mi casa, empiezan a sonar las alarmas del toque de queda, momentos más tarde se oyen los primeros gritos, ya han asesinado a los primeros.

Cierro los ojos con fuerza y trato de ordenar el remolino de ideas que se acumula en mi cabeza. El futuro de Toletum está en mis manos, y estoy más perdida que una aguja en un pajar.

¿Qué puedo hacer? Necesito saber todo lo que Justin pueda decirme sin que El Dictador se entere y... podría haber una manera, aunque es arriesgado, si se dan cuenta estoy muerta, pero ya no hay nada que yo pueda perder.

Me duermo dando vueltas a la idea que ha surgido en mi interior, puliendo el plan, haciéndolo intachable.

Me despierto muy sobresaltada por la mañana, el cuadro de la casa del Dictador me ha marcado mucho, al parecer. Aquella vívida imagen de un lince siendo apuntado por armas variadas, modernas, y aseninas. El lince no simboliza otra cosa que los revolucionarios. Un lince es nuestro símbolo, muchos lo llevan tatuado.
Soñaba con el indefenso animal, que pronto se convertía en un humano y adoptaba mis rasgos, entonces las armas se cargaban, disparaban y... Es demasiado doficil continuar, aunque el final es simple, yo moría.

Me visto con mi uniforme de guardia, tomo unas migajas de pan y me voy hacia la cárcel. El camino se me hace más largo de lo normal, y un nudo en mi garganta entorpece mi respiración. Cuando veo el edificio penitenciario frente a mí, noto mis piernas temblar, este sitio asqueroso me da cada vez más miedo.

El guardia me mira con respeto cuando entro por la puerta, han debido de decirle algo sobre mi reunión con el dictador, ellos creen que soy una traidora hacia los revolucionarios, pero soy una traidora del dictador, espero que no lo descubran.

-¿Señorita Fernández?- me llama un soldado.

Me giro sorprendida por el respetuoso trato que ahora me tienen.

-Sí, soy yo- respondo con la voz temblorosa.

-Venga conmigo un segundo- me indica.

¿Qué narices les habrán dicho para que me hablen de esta manera?

Me acerco a donde me dice el soldado y espero sus órdenes.

-Por órdenes del dictador, debes de permanecer, partir de ahora, un turno diario, sin descanso de ocho de la mañana a nueve de la noche, de vigilancia extrema sobre el preso de la celda 326. Olvida tu trabajo en las cocinas, este es tu deber ahora- dice muy serio.

-Está bien- respondo mientras me marcho hacia la celda que tan bien me conozco ya.

En realidad pensé que Edward El Sanguinario era más listo. No sólo se ha creído mis mentiras, sino que me ha facilitado el trabajo. Supongo que lo que sepa Justin es muy importante, tanto como para mantener al poderoso e invencible dictador tan preocupado, hasta el punto de confiar en una vulgar y pobre adolescente como yo.

Miro distraída los óxidados números que cuelgan sobre los barrotes de las rejas mientras el guardia que antes era mi compañero me abre la puerta para que pase a la celda. Una vez que me cede el paso, camino hacia el interior de la mal iluminada y maloliente estancia. Justin yace en su cama, bostezando, debe de haberse despertado hace poco.

-Justin- murmuro en cuanto sus ojos se cruzan con mi mirada asustada.

-Isabel... ayer... ¿qué te hicieron? Estaba muy preocupado- dice levantándose enseguida.

Tras las sombrasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora