Capítulo 2

632 47 5
                                        

Por la mañana me levanto con el cantar de los pájaros, me asomo a la ventana aún adormilada y veo que está amaneciendo, así que voy al baño, me lavo la cara con el agua que está muy fría y me peino. Después vuelvo a la habitación donde me visto y me calzo, finalmente voy a la cocina y desayuno un vaso de leche y dos magdalenas que conseguí el otro día en el mercado.

Cuando ya estoy lista, salgo de casa y voy a la cárcel, pues hoy me toca el turno de guardia. Un soldado toma mis datos en su moderno ordenador y me entrega un bolígrafo. Lo miro sin entender y me mira con desprecio. Después habla :

—Tienes que fichar. Pon tu firma aquí —pone frente a mí una sofisticada máquina que no había visto nunca. Cojo el bolígrafo de color azul y firmo —.En el primer pasillo, en la sala tres te entregarán tu uniforme —finaliza secamente mirando atento su ordenado.

Voy por el pasillo mirando las puertas de hierro hasta que encuentro la número tres. Esta está abierta. Veo a todos los que están de guardia a la misma hora que yo, junto con unos cinco soldados. Entro un poco tímida y me pongo al lado de un hombre de unos cincuenta años, alto, algo robusto y pelo negro corto.

Un soldado que tiene cara de zorro y la cabeza rapada, empieza a decir nombres y a entregar unos uniformes de color azul, totalmente nuevos y con una chapa de color dorado donde pone nuestros apellidos. También incluye una gorra y unas botas negras altas.

El soldado dice mi nombre y me entrega el uniforme completo. Lo toco y noto que la tela es fuerte pero a la vez es suave.

—El turno empieza en cinco minutos. Cambiaros ya. Mientras, os diré que celda os toca —ordena otro soldado.

Alzo la vista y veo a todos comenzando a desnudarse. Me quedo pasmada sin saber qué hacer, pues me da mucha vergüenza que me vean desnuda, como es evidente.

—¿Qué haces? ¡Muévete! —me grita al oído el hombre con cara de zorro, sobresáltandome.

Asiento y comienzo a desnudarme sintiendo como las lágrimas se acumulan en mis ojos.

¿Por qué hemos tenido que llegar a esto?

El otro soldado no para de decir números de celdas y sólo presto atención cuando dice mi nombre. Me toca la número 326. Con algo de vacilación tomo las llaves que me entrega. Estoy atacada de los nervios.

Paso de largo por la celda de mi padre, que me mira con pena y yo le susurro un "Te quiero". Realmente no sé qué es lo que tengo que hacer, pero me fijo en un chico que también le toca el turno y veo que sólo se sitúa enfrente de la celda con la espalda recta, mirando hacia el frente y las manos detrás de la espalda, de modo que hago lo mismo.

Al fin llego a la celda 326.

¡Genial! Es el chico de los brazos tan tatuados mirándome como si quisiese quemarme con la mirada. Trago saliva y me pongo frente a las rejas imitando la actitud del chico anterior.

—Otra lame culos —escucho su voz a mis espaldas. Lo ignoro—. Teniaís que estar todos muertos —escupe las palabras con tanto odio que hasta creo que he temblado.

Quiero irme, salir corriendo de ahí pero sé, que si lo hago, me ejecutaran y no quiero dejar a mi padre solo. De manera que, dejo que el chico siga quemándome la espalda con la mirada y siga diciéndome cosas.

—Seguro que disfrutan mucho contigo pequeña furcia —continúa diciendo. Siento rabia y a la vez ganas de llorar —. Tienes cara de ángel pero en realidad eres como todos, un maldito monstruo.

Siento ese nudo en la garganta que amenaza con que las lágrimas salgan cual cascada. Disimuladamente, muevo los hombros para relajarme. No me puedo permitir llorar, al menos no aquí.

Tras las sombrasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora