Me tiro en la cama, mis intentos por arreglar las cosas con Justin son vanos, llevo una semana entera intentando acercarme a él, pero nada, imposible, incluso se atrevió a escupirme en la cara el muy imbécil. Si no fuese porque lo necesito para la revolución, le habría dado un buen guantazo. Me duermo en un instante.
Entro a la cárcel y voy directa a la celda de mi padre. El guardia me abre y en cuanto entro noto a mi padre mas demacrado, aún así lo abrazo con todo mi cariño y mis fuerzas, pues lo echo muchísimo de menos en casa.
—¿Cómo estás? —le pregunto, sentándome a su lado en la cama.
Comienza a toser como si fuese un abuelo, hasta parece que ahoga y no puedo evitar mi preocupación. Llevo mi mano a su frente y de inmediato, siento mi palma arder.
—Tienes mucha fiebre ¿Te tapas para dormir?
Éste asiente, extiende un brazo para abrazarme pero me retiro y cojo su mano, dónde he visto que tiene sangre. Frunzo el ceño.
—Tranquila, cielo, no es nada.
—¡No es nada! —exclamo —Dime que no has comido nada aparte de lo que te traigo yo, por favor —le ruego. Niega con la cabeza, pero, sé que me está mintiendo, lo conozco demasiado.
—Papá ¿Cómo has podido ser tan idiota? ¡Te dije que esa comida no es buena!
Reprimo las ganas de llorar, no es momento para hacerlo, tengo que pensar en encontrar algo para curarlo.
—Tenía mucha hambre Isabel, no lo pude evitar, pero tranquila, cariño, que esto se me pasará
Me paso las manos por la cara, quiero llorar y hacerme una bola entre las mantas de mi cama. Suspiro, tragándome el nudo que tengo en la garganta y abrazo a mi padre, enterrando la cabeza en su cuello.
Pasamos los quince minutos abrazados, sin decir nada, siento que así me dá las fuerzas para continuar pese a todos los problemas que se presentan.
Vuelvo a casa, hiervo un poco de agua y echo en el cazo unas hierbas me que me encontré a la orilla del río Tajo que, según Carmina, una de mis vecinas, son muy buenas para conciliar el sueño.
Y tenía razón cuando me lo dijo, a los quince minutos, me meto en la cama y caigo dormida en menos que canta un gallo.
Al día siguiente, se me han pegado las sábanas, me levanto rápido, me pongo el uniforme, me lavo la cara y salgo corriendo de casa. Llego dos minutos tarde.
Cuando entro al centro penitenciario, el hombre que me toma los datos, me sonríe de una manera maléfica y sé que está pensando: voy a recibir un castigo.
—Ve al segundo pasillo y entra en la segunda puerta.
Asiento levemente con la cabeza,voy hacia dónde me ha indicado y tomo aire preparándome para lo que está por venir. En cuanto entro por aquella puerta de roble, veo a un hombre sentado frente a un escritorio enorme, tiene una perilla en forma de pico,lleva un traje de tres piezas de color gris y rímel en las pestañas. Me ve, y me sonríe de lado.
—Te estaba esperando, bonita, desde... —mira su reloj de oro, en la mano izquierda —hace diez minutos.
—Lo siento.
—Más lo siento yo, preciosa —hace un mohín falso, se levanta y de un cajón de su grandísimo escritorio, saca un látigo. Jadeo, muerta de miedo, me va a golpear con eso.
—Date la vuelta
Sin más, lo hago, pues no tengo otra opción.
—Esto le pasa a los desobedientes
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Tras las sombras
Novela JuvenilEn el año 6445 el mundo es un caos donde abundan la pobreza y las fusilaciones. Por desgracia, Europa está sometida a una dictadura controlada desde España, dictadura de la cual no pueden escapar. Sin embargo, hay dos personas que crean esperanza al...
