31 de octubre.
La fiesta de Halloween del colegio había llegado, no te disfrazaste de nada, dijiste que no te había dado tiempo, yo intenté una versión femenina del Joker, el resultado contrario a lo que creí, había quedado muy bien, me habían impresionado mis habilidades. Cuando viste mi cabello teñido de verde temporalmente, dijiste que parecía un caramelo, me hizo bastante gracia.
Fue horrible tener que prestar atención durante las tres primeras clases hasta que llegara el recreo, cuando oficialmente iniciaría la fiesta, sentí un inmenso alivio cuándo los niños llegaron a mi salón a pedir caramelos y poco después llegaste tú, fui tan tonta que solté los caramelos que tenía en la mano y se desparramaron por el suelo, en seguida te agachaste a recogerlos conmigo, no me dio vergüenza, había sido un accidente. Cuando pasó el último niño, tomé mis cosas y para mi mala suerte llegaron más, suspiré y tomé más caramelos de la bolsa.
Quería ir a charlar contigo.
Te pedí que sostuvieras mi mochila mientras yo terminaba mi labor y una vez acabada cuando íbamos por el pasillo, te la pedí y te negaste a devolvérmela, no tenías problema con llevarla tú, fue un gesto pequeño, pero hizo que unas salvajes mariposas se revolvieran en mi estómago.
Ahí supe que me habías jodido, porque no cualquiera podía hacerte sentir esa pequeña revolución interior con algo tan pequeño, con una mirada, con una sonrisa.
Rato después mi amiga arrastró a nuestro otro amigo lejos de nosotros con la excusa de que regresarían luego, ambos reímos por la obviedad de la situación, pero no hubo quejas, charlamos y robaste algunas de mis papitas, no protesté.
Reímos por lo absurdo cuando comiendo una chupeta te arañaste la lengua y la encía y empezaste a sangrar, no en exceso, pero lo suficiente como para escupir sangre, no importó cuánta agua tomaste de mi botella, no parabas de sangrar, y poco después empezaste a quejarte por el dolor, lo admito, me reí un poco de eso.
Al rato cuando sentí la sed, te reclamé en broma por terminarte toda mi botella, dijiste que podíamos ir a tu salón a buscar la tuya, asentí y me levanté, sonreíste: ―¿Vendrás conmigo?
―¿No quieres?
―Sí quiero ―asentiste y fuimos
No hablamos en todo el camino, solo nos miramos, sonreímos y apartamos la mirada infinitas veces.
Horas después ya estábamos contándonos más anécdotas, ya sabía por qué tenías esa cicatriz en tu codo izquierdo, cómo habías conocido a tu mejor amigo y tú sabías cómo había terminado en dirección por primera vez gracias a una pelea con otra chica, y como había terminado estudiando ahí.
Apoyaste tu codo en mi rodilla alzada y te miré de reojo, no solía gustarme el contacto físico, pero no se sintió mal, me miraste sabiéndolo y hablaste: ―¿Te incomoda? ―negué y abrazaste mi pierna unos segundos sonriendo antes de seguir la conversación
Rato después dijiste algo que me provocó un micro ataque de nervios.
Dijiste que querías que nos conociéramos, querías saber si podíamos llegar a algo más, yo solo asentí y dije que estaba bien, estaba nerviosa, sí, pero emocionada también y creo que lo sabías porque te reíste por lo bajo cuando no te miré para responder.
Aquel día antes de subir al autobús nos abrazamos, tal vez nos mantuvimos así más rato del necesario.
No lo negaré, fue de mis días favoritos.
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Las palabras que nunca leíste.✔
قصة قصيرةDicen que a la vida de una persona llegan tres amores principales, el primero, el que te enseña cuan hermoso es querer a alguien y te muestra lo bonito de ese sentimiento el que no te hace sufrir, ni llorar, pero se va porque no era su tiempo, porqu...
