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17. Aún soy un niño

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Sukuna y Fushiguro llegaron a su hogar, tranquilos y en silencio.

Los perros de Megumi ladraron en su llegada, moviendo sus esponjadas colas con suma euforia.

— Tal vez no lo habías notado.— El pelinegro se inclinó levemente para acariciar la cabeza de ambos canes. —Pero Shiro y Kuro realmente te extrañaron.

Ryomen se arrodilló a un lado de Megumi, extendió los brazos como esperando un gran abrazo, y dejó que ambos seres peludos de colores monocromáticos se arrojaran sobre él con una felicidad inexplicable.

— Gracias por cuidar de Pelopincho.— Habló entre risas el mayor mientras los perros le lamían fervientemente la cara. —Hicieron un gran trabajo.

— Aún recuerdo cuando te encontré con ellos; pequeños, mojados y dentro de una caja.— Fushiguro se sentó en el césped, admirando la tierna vista.

— Yo también lo recuerdo.— Se sentó también, ahora con cada perro recostado a sus lados. —Ese día salí del instituto y llovía a mares, pero a lo lejos escuché unos ladridos lastimeros, así como los sonidos que hacías cuando te molestabas.

Megumi río sarcásticamente, con su típica cara de pocos amigos, aunque a los próximos segundos sonrió despreocupado ante la memoria de ese tiempo.

—Cuando fui a revisar qué era lo que se escuchaba horrible, encontré a éstas dos cosas.— Las manos de Sukuna se perdieron entre el pelaje de los animales que bien disfrutaban aquel tacto amable.

Cerró los ojos.
Parecía que había sido ayer el día en el que miró a esas dos bolitas de pelo, juntas y buscando calor entre ellas, dentro de una caja vieja, ahuyando en busca de calor, comida y amor.
El pelirosa pensó en dejarlos ahí, pues no era su problema, ni tampoco se creía una persona gentil como para llevarlos a casa.

Pero en esos pequeños cachorros, aunque odie admitirlo, se reflejó como nunca antes lo había hecho.

Pequeño, lánguido e indefenso.

Y detestaba sentirse así.

Ya cállense, malditas pelusas.— Dijo al levantar la mojada caja de cartón. —Tendrán un hogar, pero necesito que se mantengan en silencio o los dejaré donde estaban.

Como si los cachorros entendieran las palabras, cesaron los sonidos que anteriormente atormentaban los oídos de Sukuna.

— Me negué a darles un nombre porque no quería encariñarme, pero no funcionó.— Habla de nuevo el mayor, regresando al presente.
—Los padres del mocoso se negaron a acogerlos, diciendo que podrían molestarle a Yuji. —Soltó una suave risa sin gracia ante el recuerdo. —Así que decidí cuidar a mis niños por mi total cuenta, y finalmente pensé en dártelos cuando...

— Cuando murió mi madre.— Completó Megumi.

Ryomen asintió en silencio.

— Ahora que mencionaste a Itadori, ¿Podrías hablarme sobre cómo fue tu vida con él?— Pidió el menor, juntando su manos sobre su regazo.

Está de más decir que Sukuna no quería hablar de eso.
Era doloroso revivirlo, decirlo.
Pero era necesario hacerlo, pues, su pareja necesitaba estar al tanto de todo si quería ayudarle a mejorar.

— Yuji y yo somos medios hermanos, pero incluso si yo fui el primogénito, el mocoso era el preferido.— Comenzó afligido. —Cuando él nació parece que el mundo cambió por completo. De la nada me dejaron de lado, incluso para cosas básicas; comer, por ejemplo.

Se tomó un momento para seguir, aspirando el suficiente aire que pudiera deshacer el nudo que comenzaba a formarse en su garganta.

Megumi le espero pacientemente, ya que sabía lo difícil que era sacar todo aquello.

Love me again.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora