Francisco Zapata Villa, el hombre orquesta

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TODO LO QUE tenía era regalado.

Murió hace cosa ya de varios años, allá por 1986 y todos aquellos que hemos dejado algo de la vida en las calles de Cuernavaca, propios o extraños, lo vimos alguna vez o más siempre y cuando la citadina tiranía del tiempo cesara un poco de oprimirnos.

Panchito era una isla en medio de los puestos de juguetes, ropa, helados, revistas, herramientas, cassettes y toda clase de baratijas. Era una isla deliciosa de extraños monólogos en medio de pregones barateros. Se le escuchaba hacer discursos casi políticos, casi oníricos y difundir noticias sobre fantasmagóricas guerrillas, noticias de armas secretas, de espionaje en pleno corazón de Morelos y otros hechos insólitos de México y el mundo.

Si alguno entre su auditorio no le gustaba, solía mirarlo fríamente, comportarse de manera digna y dedicarle apenas una feroz mirada de soslayo para enunciar su sentencia fulminante a voz en cuello:

- Éste no es pieza.

Era el Rey de Tepetates.

Y, cosa sabida, Panchito era lo que se dice con el corazón aflorando entre los labios, un alma de Dios. Su voz asexuada y casi infantil era portadora de grandes misterios que tarde a tarde divulgaba fuera de La Espiga, bajo los arcos de la calle, gracias a un pequeño equipo de sonido que él mismo diseñara y que construyera con ayuda de sus amigos, los radiotécnicos de su barrio. Su radiodifusora, como él la llamaba, estaba hecha de un par de bocinas viejas reparadas por sus arrugadas manos e insertadas en sendas cajas de jabón, una radio que sabía de mejores tiempos y un micrófono. Desde ahí contaba, a quien quisiera prestarle oído aunque fuera por un segundo, de su personalísima amistad con el Papa Paulo VI o de cómo Fidel Castro no movía ni un dedo sin antes consultarlo a él.

A veces de boina o a veces desnuda la cabeza, uniforme de campaña camuflado y enormes pantalones en los que hubiera cabido dos veces, Panchito acomodaba su pantalón dentro de los calcetines, de modo que se transformaban mágicamente en relucientes botas militares con las que se paseaba por las calles cuando no estaba trabajando, para platicar con su gente, esa que lo amaba y que le había entregado en dominio perpetuo los reinos de Zarco y Tepetates.

Panchito, cuentan los más, dormía al principio en los alrededores de la Catedral de Cuernavaca, a la que llamaba el primer monumento al sometimiento de nuestra raza, lo hacía cobijado ya con su propio cuerpo o por algún periódico. Se recostaba por fuera contra los ancianos muros, porque de dentro lo habían sacado repetidas veces, hasta que los dueños de un edificio de la calle Leyva, patio trasero del primer cuadro de la ciudad, le proporcionaran un cuarto de azotea y algunos alimentos que no aceptaba sin antes dejar en claro que él trabajaría de sol a sol para ganarse unos centavos.

Así nació El Hombre Orquesta.

"Yo soy el único. El Hombre Orquesta, nadie como yo será capaz nunca de tocar tantos instrumentos al mismo tiempo..." se anunciaba en su radiodifusdora. Tocaba una guitarra y a veces cantaba con su voz marchita mientras soplaba en la armónica y con su codo hacía sonar un híbrido entre sartén y cacerola que colgaba de una argolla junto a diversas varillas que, cortadas por él mismo en diferentes tamaños, producían sonidos distintos, mientras atada con un paliacate a su pierna, sonaba una maraca.

La primera armónica que tuvo era como de juguete, pequeñita como él mismo, que era de baja estatura. Más tarde alguien le regalaría una más grande y, utilizando un par de clavos, adaptó un aparato para sostenerla frente a su boca y así poder usarla mientras tocaba todo lo demás, para ello la clave eran dos segmentos de mecate.

Panchito es una historia en la que mil historias caben. Su uniforme guerrillero lo obtuvo cuando dos hombres de su reino discutían sobre un punto e iban a resolverlo con un volado. Uno de ellos lo llamó y le dijo:

- Venga Panchito, écheme una mano con el voladito este, yo soy de los que siempre la traen torcida y pierden, juéguelo por mí y si gana, le regalo mis pantalones.

Ante promesa semejante, Panchito tomó la moneda, la lanzó al aire, ganó la apuesta y con ella, un par de pantalones, la camisola y la moneda, que ya no devolvió para convertirla en amuleto de la buena suerte.

Dicen que murió a causa de un tumor. Las mismas personas que le dieron techo, lo llevaron al hospital y lo cuidaron hasta el fin. Pagando después, con la ayuda de los vecinos, su sepelio y llorándolo junto con las gentes de su reino. Cuando cuentan su historia dicen que en realidad, lo hemos perdido todos, que todos los que le oyeron se han quedado huérfanos de su presencia, es más: dicen que la misma ciudad perdió parte de su rostro y hoy sin él parece una viuda expoliada y sin esperanzas.

Ocasionalmente Panchito tenía lo que para muchos eran sus ratos de lucidez, entonces contaba que era de Puebla y que había sido maestro albañil, que estaba casado y tenía hijos. Era feliz, pero un día cayó de un tercer o cuarto piso -ya no se acordaba- y entonces permaneció en el hospital de caridad sin poder trabajar como cinco meses y cuando volvió a su casa, su mujer y sus hijos habían desaparecido con Dani, como llamaban al maestro de obras. Mostraba incluso un papel de ese hospital poblano que siempre llevaba consigo y entre las arrugas, las partes carcomidas y borradas, parecía leerse un nombre: Francisco, una palabra ininteligible y al final otra que, con mucha imaginación podría ser García.

Sonriente siempre, le gustaba pagar por lo que quería adquirir entre quienes lo habían adoptado; para hacerlo, sacaba de sus bolsas las monedas menores que a diario el mundo depositaba en el bote que colgaba de su cinturón. Era el suyo un rostro en el que el hambre no escribió sus signos con despiadada fuerza, antes al contrario: parecía muy saludable y algo robusto, tenía ojos diminutos y nariz de ebrio, manos dispuestas al abrazo y paso irregular, recuerdo de su caída en Puebla.

Nadie conoció su verdadera historia.

Cada uno de sus conocidos era poseedor de una anécdota suya, de cinco minutos de su lucidez, de una de sus noticias, de una historia sobre cómo le aconsejó la revolución a Castro o de cómo convenció al Papa de canonizar un vagabundo, al morir era un rompecabezas que sólo fue posible completar fundiendo la mente de cada persona que lo hubiese visto y escuchado. Panchito era su verdadero nombre porque era con el que se le conocía y se le amaba, pero un día, uno de sus hermanos -como llamaba él a los radiotécnicos de Tepetates- le preguntó:

- ¿Y cuál es tu verdadero nombre?

Panchito lo miró con suspicacia y casi inmediatamente desechó la duda. Era su hermano, no podía entregarlo. Observó a su alrededor en busca de espías internacionales que amenazaran su identidad secreta y, una vez convencido de estar a salvo, se le acercó al oído y le dijo:

- Nada más a ti te lo voy a decir porque eres mi amigo, mi hermano. Soy Francisco Zapata Villa.

Crónicas de la ciudad TlahuicaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora