Capítulo 12

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—¿No tienen de este en blanco? —le dice Sophie a la chica que nos está atendiendo, desde el vestidor— Y quizás en una talla menos.

La chica sólo asiente y se va. Una vez estamos solas, Sophie hace un numerito sacando la piernas por la cortina mientras me mira con picardia antes de abrirla por completo. Me río.

—Eres una payasa.

—Por supuesto que no. Soy una mujer ardiente.

Lleva un lindo juego de lencería color negro de tres piezas, que consiste en un bralette que deja casi al aire sus pezones, una diminuta tanga del mismo estampado y algún tipo de arnés erótico en el vientre que se ata tanbién en los muslos. Está hermoso, pero concuerdo en que debería ser blanco.

—En blanco sólo nos queda uno, pero no en una talla menos —informa la chica, haciendo que Sophie haga una mueca.

Luego se va.

—Voy por el siguiente.

Espero unos minutos todavía sentada en el cómodo sofá hasta que nuevamente escucho el sonido de la cortina siendo tirada a un lado y alzo la vista. Asiento con una sonrisa.

—Ese.

—Este —concuerda Sophie. Es un precioso body corsé blanco no tan transparente, pero que difícilmente haría que a un hombre no lo vuelva loco.

Que ese hombre sea Ambrose me hace sentir ligeramente incómoda, pero no puedo negar que no había pensado en él hasta ahora. Últimamente, ya no pienso mucho en él, o bueno, en nosotros. En la idea de nosotros, vaya. Y eso es bueno.

—Todavía me queda uno. Me lo voy a probar sólo para no quedar con la duda.

Vuelve a cerrar la cortina.

Anoche Conrad se fue de mi apartamento pasadas las nueve y media de la noche. No me pregunten qué tanto platicamos en esas casi dos horas y media, ya no lo recuerdo, pero definitivamente no hablamos de nada personal. Es extraño verlo tan entusiasmado por la boda, no parece el tipo que espera casarse, ni tampoco el que haría cualquier cosa por su hermano, como organizar su boda, por ejemplo. Sin embargo, tampoco parece un tipo positivo y carismático y bueno, no puedo negar que lo es.

De lejos, si lo miras distraído, no haciendo comentarios con doble sentido, riendo y seduciendo, dirías que es un hombre serio y sofisticado como los demás hombres de la familia Doyle. Por lo poco que llevo conociéndolo, Conrad no es nada de eso. No me malinterpreten, tiene una pinta que volvería loca a cualquier mujer, con su bigote y el cabello largo siempre atado, con las camisas abiertas y pantalones holgados. Unos ojos terriblemente profundos y penetrantes, como cada palabra que sale de su boca con ese acento que consigue ganarse mi atención. Pero Conrad no es como los demás Doyle. Conrad es solo Conrad. Un espíritu libre, que hace lo que quiere cuando quiere. Que no podrías imaginar de traje y corbata ni en una oficina, pero sí viajando por todos lados haciendo lo que le gusta, porque así es él, hace exactamente lo que le da la gana.

Es libre y transparente, y eso lo termina haciendo sólo un poco más atractivo.

—¡Anya!

La voz de Sophie me retumba contra los oídos. Está de pie frente a mí, completamente vestida, con los juegos de lencería en una mano, pero ha dejado el vestidor abierto.

—Lo siento, me perdí un segundo. ¿Qué decías?

Sophie rueda los ojos. Deja el juego blanco en el asiento junto a su cartera y se queda con el negro, que supongo es el que irá a guindar al perchero de donde lo tomó.

—Te dije que no me quedó.

—Ya, ¿y?

—¡Que lo he dejado ahí para ti!

Todas esas cosas que nunca me atreví a decirDonde viven las historias. Descúbrelo ahora