XX

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El amanecer había llegado teñido de rosa y oro, prometiendo otro día de paz en el arrecife

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El amanecer había llegado teñido de rosa y oro, prometiendo otro día de paz en el arrecife. Los primeros rayos de sol danzaban sobre la superficie del agua como diamantes líquidos, y el aire matutino transportaba el aroma salado del océano mezclado con el dulce perfume de las flores de coral.

Pero esa tranquilidad se desintegró en un instante cuando los gritos desgarradores de una joven madre perforaron el aire.

La hermana espiritual de Ronal—una majestuosa tulkun hembra llamada Ro'a, conocida por su canto melodioso que calmaba las tormentas—había aparecido muerta junto a su bebé. Sus cuerpos flotaban en las aguas que antes fueron sagradas, ahora manchadas con una espuma rosácea que se extendía como una herida abierta sobre el coral.

La escena era desgarradora: Ro'a yacía de costado, sus aletas extendidas como alas rotas, mientras su cría descansaba contra su vientre en una parodia cruel del abrazo maternal. Una lanza metálica, extraña y brutal, sobresalía de su cabeza como una obscena corona, y cables de metal se extendían desde su cuerpo hasta unos extraños dispositivos que flotaban cerca.

Ronal fue la primera en llegar al agua. Sus manos temblaron cuando tocó el costado ya frío de su hermana espiritual, y un gemido que venía desde lo más profundo de su alma se escapó de sus labios. No eran solo lágrimas lo que corrían por sus mejillas. Era como si su propia esencia se derramara en el agua salada.

—No... no, no, no...

Susurraba una y otra vez, acariciando las marcas bioluminiscentes que ya comenzaban a desvanecerse en el cuerpo sin vida.

La noticia se extendió por el pueblo como fuego en hierba seca. Los na'vi emergieron de sus marui como una sola entidad herida, sus gritos de dolor y rabia entremezclándose hasta formar una sinfonía de duelo que hizo temblar las palmeras.

El pueblo se alzó con furia primitiva, una ira que venía desde las profundidades de su ADN, desde milenios de conexión sagrada con los tulkun. Los guerreros golpeaban sus lanzas contra las rocas, creando un ritmo amenazante que resonaba como latidos de un corazón enfurecido. Las madres lloraban abrazando a sus hijos, mientras los ancianos alzaban sus voces en cantos de guerra que no habían sido entonados en generaciones.

Jake intentó hacerse oír por encima del caos, sus manos alzadas en un gesto de calma que parecía patéticamente inadecuado ante la magnitud del dolor colectivo.

—¡Escúchenme! —gritó—. Sé que están dolidos, sé que quieren venganza, pero así no es como—

—¡Silencio! —rugió un guerrero, su rostro deformado por la rabia—. ¡Tus palabras no devolverán la vida a Ro'a!

Las palabras de Jake se perdían en el rugido de la ira colectiva, como susurros en medio de una tormenta. Hablaba de estrategia, de supervivencia, de cómo eran las personas del cielo, pero cada palabra parecía hacer que la multitud se enfureciera más.

Te veo. Te sientoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora