Extra I

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La luz azulada de la bioluminiscencia se filtraba sutilmente a través de las paredes del marui, bañando sus pieles en tonos turquesa

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La luz azulada de la bioluminiscencia se filtraba sutilmente a través de las paredes del marui, bañando sus pieles en tonos turquesa. Neteyam se encontraba arrodillado entre las piernas de Ao'nung, su respiración entrecortada mientras sus manos recorrían los muslos firmes del Metkayina, sintiendo cada músculo tensarse bajo su tacto.

El cuerpo de Ao'nung ya estaba completamente expuesto y duro, la anticipación haciéndolo temblar. Tenía la cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados con fuerza, una mano enredada en el cabello trenzado de Neteyam mientras la otra se aferraba a las mantas bajo su cuerpo con tanta fuerza que sus nudillos se tornaban más claros.

Neteyam se tomó su tiempo, besando el interior de sus muslos con deliberada lentitud, disfrutando de cada estremecimiento que provocaba. Cuando finalmente lo tomó en su boca, Ao'nung soltó un gruñido gutural que reverberó en todo el marui.

—Mierda... Neteyam— la voz de Ao'nung salió rasposa, quebrada por la necesidad.

El Omatikaya empezó con movimientos lentos, casi tortuosos, saboreándolo completamente mientras su lengua trazaba patrones que hacían que todo el cuerpo del Metkayina se arqueara. Podía sentir cómo Ao'nung palpitaba en su boca, cada gemido ahogado alimentando su propio deseo.

Levantó la mirada, sus ojos dorados brillando con una intensidad hambrienta. Se apartó apenas lo suficiente para hablar, dejando que su aliento cálido jugara sobre la piel hipersensible de Ao'nung, arrancándole un gemido frustrado.

—¿Esto era lo que soñaste aquella vez? —preguntó en un murmullo ronco, su voz cargada de deseo mientras su lengua trazaba un camino lento y deliberado que hizo que las caderas de Ao'nung se elevaran involuntariamente.

—Sí... joder, sí— admitió el Metkayina sin aliento, completamente perdido en las sensaciones—. Pero esto es... carajo, no pares.

Neteyam sonrió contra su piel, complacido con la desesperación en su voz, antes de volver a tomarlo en su boca. Esta vez no fue gentil. Aumentó el ritmo, alternando entre succiones profundas que hacían que Ao'nung viera estrellas y movimientos más lentos que lo mantenían al borde de la cordura.

La mano del hijo del Olo'eyktan descendió hasta encontrar la cola de Neteyam, acariciándola desde la base con una presión firme y posesiva. Sus dedos se enroscaron alrededor de ella, tirando suavemente antes de deslizarse por toda su longitud.

El efecto fue devastador. Neteyam gimió alrededor de Ao'nung, la vibración arrancándole otro gruñido ronco al Metkayina. Su cuerpo entero se estremeció violentamente, su cola agitándose y enroscándose sin control bajo el toque experto. El vínculo entre ellos pulsaba con cada caricia, amplificando cada sensación hasta volverla casi insoportable.

—Eres tan sensible aquí— murmuró Ao'nung con voz entrecortada, fascinado por las reacciones que provocaba—. Me vuelves loco cuando te estremeces así.

Acarició la cola con más intención, desde la base hasta la punta, una y otra vez, sabiendo exactamente qué botones presionar para hacer que Neteyam se deshiciera. El Omatikaya respondía a cada toque con pequeños gemidos ahogados, su concentración rompiéndose mientras trataba de mantener el ritmo.

Pero no se detuvo. Intensificó sus movimientos, tomándolo más profundo, usando su lengua de formas que arrancaban sonidos guturales de lo más profundo del pecho de Ao'nung. El Metkayina estaba completamente a su merced, sus caderas moviéndose sin control, buscando más, siempre más.

—Neteyam... carajo, tu boca...— Ao'nung apenas podía formar palabras coherentes, perdido en el placer que lo consumía—. No voy a... no puedo aguantar...

Neteyam respondió tomándolo aún más profundo, sus manos aferrándose a las caderas de Ao'nung para mantenerlo en su lugar. Podía sentir cómo el cuerpo del Metkayina se tensaba como una cuerda a punto de romperse, cada músculo rígido, su respiración convirtiéndose en jadeos desesperados.

—Neteyam... voy a...— la advertencia de Ao'nung llegó fragmentada, su voz ronca y rota.

Su cuerpo se arqueó con violencia, un gruñido gutural y prolongado escapando de lo más profundo de su pecho mientras encontraba su liberación. Sus dedos se hundieron con fuerza en el cabello de Neteyam, manteniéndolo en su lugar mientras oleadas de placer lo atravesaban una y otra vez.

Neteyam no se apartó, aceptando todo lo que Ao'nung le daba, tragando mientras mantenía su mirada dorada fija en el rostro del Metkayina, grabando cada expresión de placer absoluto en su memoria. La forma en que sus labios se separaban en un gemido silencioso, cómo sus ojos se cerraban con fuerza, la tensión en su mandíbula.

Cuando finalmente Ao'nung se derrumbó contra las mantas, completamente exhausto, Neteyam se tomó su tiempo. Sus labios trazaron un camino húmedo y lento por el abdomen del Metkayina, deteniéndose a besar y mordisquear la piel todavía hipersensible. Su lengua lamió las gotas de sudor que se acumulaban entre sus músculos marcados, saboreando el sabor salado de su piel.

Subió lentamente por su pecho, deteniéndose en cada lugar que sabía lo haría estremecer. Mordió suavemente su clavícula, succionó una marca en su cuello, besó su mandíbula con una ternura que contrastaba con la intensidad de momentos antes.

Ao'nung respiraba con dificultad, su cuerpo todavía temblando con las réplicas del orgasmo. Sus manos se deslizaron por la espalda de Neteyam, débiles pero posesivas, manteniéndolo cerca, necesitando sentir el peso reconfortante de su cuerpo sobre el suyo.

—Eso fue...— intentó hablar, pero las palabras se le escapaban, su mente todavía nublada por el placer.

—¿Mejor que tu sueño? —Neteyam sonrió contra su piel, su voz ligeramente ronca y satisfecha.

Ao'nung soltó una risa entrecortada, todavía recuperándose, sus ojos turquesa finalmente abriéndose para encontrar la mirada dorada de Neteyam.

—Mucho mejor, maldita sea— admitió con voz pastosa—. Ni siquiera se compara.

Se quedaron así por un momento, sus respiraciones acompasándose gradualmente mientras la bioluminiscencia parpadeaba suavemente a su alrededor. El vínculo entre ellos pulsaba con una calidez profunda, una conexión que iba más allá de lo físico, hundiéndose en algo más profundo que ninguno de los dos estaba listo aún para nombrar en voz alta.

Neteyam levantó la cabeza para mirar a Ao'nung, encontrando esos ojos turquesa ya fijos en él, brillantes, saciados y llenos de algo que parecía peligrosamente cercano a la adoración.

—Ahora duérmete— murmuró el Omatikaya con suavidad, acomodándose a su lado y enredando sus piernas con las del Metkayina.

—Imposible dormir después de eso— respondió Ao'nung, aunque ya sus párpados comenzaban a cerrarse pesadamente, el agotamiento y la satisfacción reclamando su consciencia—. Me dejaste sin fuerzas, cariño.

Neteyam sonrió para sí mismo, pasando sus dedos suavemente por el cabello ondulado de Ao'nung en un gesto tierno que contrastaba con la intensidad de lo que acababan de compartir. El Metkayina se dejó caer completamente en el sueño, su rostro relajado y en paz de una forma que Neteyam rara vez había visto.

Eywa fue misericordiosa, pensó nuevamente, pero esta vez con una certeza diferente. Lo que compartían no era solo producto del vínculo forzado por la Gran Madre. Había algo real creciendo entre ellos, algo que lo aterraba y emocionaba en igual medida. Algo que, por primera vez, no quería resistir.

Con un suspiro, Neteyam cerró los ojos, permitiendo que el sueño lo reclamara también, arrullado por la respiración profunda y acompasada de Ao'nung y el suave oleaje nocturno que mecía el marui.

Te veo. Te sientoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora