Cuando Jake Sully huye con su familia hacia el arrecife de los Metkayina, buscando refugio de la amenaza del coronel que casi destruye todo lo que ama, nunca imaginó que el verdadero desafío no vendría de sus enemigos, sino de la propia Eywa.
Neteya...
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Payakan emergió de las profundidades y su cuerpo masivo cortó el aire antes de estrellarse contra las embarcaciones enemigas. El impacto resonó como un trueno, enviando ondas que sacudieron el océano. Fragmentos de metal retorcido volaron en todas direcciones y el agua se alzó en columnas de espuma que ocultaron el cielo.
Los Na'vi no perdieron un segundo. Se lanzaron al ataque con la ferocidad de depredadores que habían olfateado sangre, sus cuerpos moviéndose con la gracia letal que otorgaban siglos de guerra.
Neytiri y Neteyam se deslizaban entre los escombros como sombras, sus movimientos sincronizados. Sus arcos se tensaban en perfecta armonía. Cada flecha encontraba su marca con precisión quirúrgica: el centro del pecho donde el corazón latía, la garganta expuesta, el hueco vulnerable entre las placas de armadura donde la carne se desgarraba. Los "demonios del cielo" caían uno tras otro, sus cuerpos precipitándose hacia las aguas que se tiñeron de rojo oscuro.
El aire se espesó con el olor metálico de la sangre fresca. Disparos zumbaban como avispas, lanzas cortaban el viento y explosiones reventaban los tímpanos. El caos reinaba absoluto. Cuerpos flotaban con las extremidades retorcidas en ángulos imposibles. Gritos de agonía perforaban la batalla, mezclándose con los lamentos de los moribundos que se ahogaban en su propia sangre.
Ao'nung sintió cómo la cordura se desvanecía al contemplar los cadáveres de su pueblo esparcidos por todas partes. Un alarido brotó de su garganta mientras seguía combatiendo. Cada movimiento de su lanza atravesaba la carne de invasores y traidores, el sonido húmedo del metal perforando músculos y órganos alimentaba su sed de venganza.
Su lanza se hundió en el abdomen de un soldado y sintió cómo los intestinos se derramaban calientes entre sus dedos. El hombre gritó, un sonido agudo que se cortó cuando Ao'nung torció el arma, desgarrando todo a su paso.
Neteyam apareció junto a su hermano con una sonrisa burlona que no lograba ocultar el alivio en sus ojos.
—Hola, hermanito. ¿Necesitas ayuda?
—Cállate —gruñó Lo'ak, aunque no pudo ocultar el alivio en su voz.
Mientras liberaba las ataduras, Neteyam no pudo resistir la tentación de provocar a su hermano menor:
—Dilo: "Soy el poderoso guerrero".
Lo'ak giró la cabeza bruscamente hacia la dirección opuesta, fingiendo indignación.
—Tienen a Spider. No lo abandonaremos —su voz se endureció con determinación.
El gruñido de frustración de Neteyam se perdió en el estruendo de la batalla, pero siguió a su hermano sin vacilar. Tenía razón. Nunca abandonarían a uno de los suyos.
Se deslizaron entre los escombros humeantes, esquivando fragmentos de metal que caían desde las estructuras colapsadas. El humo acre de las explosiones quemaba sus pulmones. Sus pies se hundían en charcos de sangre mezclada con aceite marino, creando un lodo viscoso que dificultaba cada paso.