5-Trabajo

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—¿¡Trescientos mil!? —chilló Indira con su celular en la mano.

Se encontraba caminando hacia la feria de comida del campus, y aquel mensaje de texto indicando la transacción monetaria la hizo detener de manera abrupta.

Salió y volvió a entrar en su cuenta bancaria y seguía apareciendo el exagerado monto en las cantidades recibidas. Indira miró su estado de cuenta una vez más y lo consideró una prueba de confianza, pues habían acordado en que solo serían treinta mil por los trabajos escritos, y a cualquiera se le podía escapar un cero de más.

Así que muy nerviosa, llamó a Eduardo, pero el móvil no fue respondido. Insistió un par de veces más y el sistema la enviaba al buzón de voz, entonces Indira prefirió tomar asiento en una de las mesas más alejadas de la feria y revisó su horario escolar, y reparó en que el joven rebelde no veía ninguna de las tres materias con ella ese día, así que debía comerse un caramelito de paciencia, enviarle un mensaje con una captura de pantalla de su estado de cuenta y esperar a que él le diera señales de vida.

Indira guardó el comprobante de la transacción y buscó a Eduardo en su listado de contactos, y no suponía una gran búsqueda porque no tenía casi personas agregadas a su WhatsApp. Y para ella fue inevitable ver la pequeña foto de perfil de Maicol, su exnovio, en donde no salía solo, sino acompañado —y vaya que muy bien— por una muchacha pelinegra que lo besaba en los labios.

A Indira le temblaron las manos y el celular se le resbaló sobre la mesa. Se asomó sobre el aparato, como si su ex pudiese verla por la cámara frontal, y canceló el envío de la imagen. Volvió a su listado de contactos e ingresó a esa horrenda foto de perfil de su exnovio, donde efectivamente, salía besando a la muchacha pelinegra, sus bocas muy pegadas y hasta las puntas de sus lenguas se veían compartiendo saliva.

La rubia comenzó a hipear y a llorar ríos de lágrimas, porque ¿cómo había conseguido una novia tan pronto? Y más importante, ¿es que ya no la amaba? ¿Tan poco le importó? ¿Los casi dos años de relación le valieron un pepino con cilantro?

Indira no lo entendió y su corazón menos, que ahora estaba hecho trizas y polvo. Colocó su mochila sobre la mesa y la utilizó de almohada para acallar los hipidos y jadeos tan ruidosos por su llanto. Volvió a mirar la fotografía en el celular, y le dieron ganas de insultarlo, de llamarlo desde hipócrita para arriba y para abajo, y se sintió tan tonta por creer que podrían ser amigos aun cuando tenían semanas sin hablarse, ni siquiera por mensajes.

Volvió a refugiar su cara en su mochila y se dejó ir en más lágrimas, rabiosa y dolida. No escuchó cuando alguien se acercó y la mano en el hombro de la chica la hizo dar un salto que casi la tumba de la silla.

—Margarita, ¿qué pasó? —preguntó Viktor y le vio los lagrimones saliendo de sus ojos rojos.

Indira no podía más que soltar balbuceos inentendibles y por más que quiso tranquilizarse, le fue casi imposible. Viktor acercó una silla junto a ella y la abrazó sobre los hombros, un abrazo que la instó a ella a inclinarse y pegarse a su cuerpo. Aquella muestra de apoyo fue más de lo que ella esperaba, y se refugió en sus brazos con mucho afecto, porque se sintió segura con alguien que le inspiraba muchísima confianza y no sintió pena de que la viera llorar.

Ella recostó su cara en el pecho de él y las lágrimas disminuyeron de un torrente a apenas un arroyito, que se fue cortando por las caricias de Viktor en las calientes mejillas de Indira.

—Perdón, Viktor. No debiste verme así...

—Es lo de menos, me asustaste, Margarita... ¿Te sientes mejor? —preguntó con la preocupación notable en su voz.

—Sí, la verdad es que sí —musitó, recostándose más de Viktor y él la abrazó con más fuerza—. Lo siento...

—Shhh —siseó él y pasó su pulgar por los labios de Indira—. Más tarde hablamos, ¿okey? —murmuró él y le retiró el cabello de la cara, para encontrar sus ojitos algo rojos, pero más brillantes.

Dos CorazonesDonde viven las historias. Descúbrelo ahora