Después de un insólito fin de semana, llegó la aplastante rutina. Eduardo no era partidario de seguir rutinas que no fuesen las impartidas por el entrenador del gimnasio, sin embargo, se halló interesado en los cambios que habían sucedido y se encontró impaciente por llegar a la universidad. Se compró el café más grande que ofrecía el menú de la cafetería y se lo bebió a medida que caminaba hacia el bloque de arquitectura. Sus pasos fueron seguros, y resonaron en el aula, pues fue el primer estudiante en ingresar al salón. Hasta él estaba sorprendido, y es que nunca, ni siquiera estando en la secundaria, había sido de los primeros en presentarse.
Se quedó de pie frente a los escritorios, con el vaso en la mano y la mochila en el hombro, y en una rápida decisión, juntó dos escritorios de un puntapié y tiró su mochila sobre estos. Se sentó sobre el escritorio del profesor y bebió de su brebaje hasta que quedaron unas diminutas manchas de borra de café en el fondo del vaso. Lo lanzó hacia la papelera y se encorvó, esperando a que llegara la rubia.
Un minuto lo sintió como tres horas, y ningún estudiante había ingresado al aula. Eduardo sacó su celular y tecleó un ¿dónde estás? que envió a la muchacha que llamaba Wuafles, y su respuesta no demoró en llegar. Leyó un estoy en el transporte que no respondió y subió una pierna flexionada al escritorio, más impaciente que antes.
Pero volvió a desesperarse y decidió escribirle de nuevo a la rubia.
—Apúrate.
—¿Por qué? ¿Ya llegó el profesor? Es temprano aún.
—No, pero ya estoy en el aula y estoy solo. ¿Dónde estás?
—Uhm, ok. Estoy llegando a la uni…
—Ok.
Eduardo miró cómo la muchacha se desconectó de WhatsApp e insistió en escribirle de nuevo.
—¿Y ahora dónde estás?
—Bajándome del bus ._.
—¿Y ahora?
La muchacha comenzó a escribir en la conversación, pero dejó de hacerlo y la aplicación indicó que le grababa una nota de voz, audio que llegó al instante:
—Eduardo, ¿hay algo que me quieras decir? Estoy llegando al campus. ¿Estás en el aula de matemáticas?
Se escuchaba su voz dulce un poco agitada y el murmullo de algunos estudiantes cercanos. El joven, al saber que la muchacha ya estaba en suelo universitario, la llamó al instante. ¡Qué desesperación tenía el bárbaro!
—No sabía que teníamos matemáticas —comentó sardónico el rubio cuando Indira le contestó la llamada. Se rió para sí al darse cuenta que llegó por inercia.
—Tenemos un horario, Ed. ¿No lo revisas antes de venir?
—No mucho. Pero sí sé que debo venir los lunes y los viernes.
—Dios mío, ¿cómo sigues estudiando…? —musitó ella y se rió—: Cierto que tienes una ventaja académica.
—Sí, le dicen Wuafles. Apresúrate, quieren quitarte tu escritorio —mintió y colgó la llamada.
Eduardo no llevaba más de cinco minutos esperando a la rubia, y se encontraba acostado en el escritorio del profesor obviando el tácito manual de educación y buenas costumbres. Volteó hacia la entrada cuando escuchó un resuello y sus ojos al fin miraron a la singular muchacha de ojos café junto a la puerta del salón.
—Hasta que llegas… Ya me estaba durmiendo —reprochó con hastío.
—Aquí no hay…
Se quedó callada y caminó hacia el par de escritorios. Dejó su bolso y se alejó con dirección a la salida.
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Dos Corazones
RandomIndira nunca creyó que su vida se vería dividida entre dos corazones. El primero: un caballero, el novio de ensueños que te llevaría al cielo si tan solo se lo insinúas; y el segundo: un rebelde pasional que no teme voltearle el mundo a la chica de...