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Pov Samantha

Estaba perdida —comentó Harry cuando volví al restaurante donde trabajaba.

—Más que eso, bebé —añadió Ariana, sentándose a mi lado. Estaba nerviosa; llevaba días sin aparecer y, entre excusas y ausencias, todos sabían que era por Eilish y su manía de que no trabajara para nadie más que para ella.

No había pisado la empresa porque aún no había vuelto de aquel viaje urgente, así que decidí pasar a saludar a mis amigos.

—Ni tanto, no exageres —dije, dándole un golpecito en el brazo.

—Nos cubrías a la perfección. ¿Pero por qué te fuiste? —Harry, siempre metiche.

Dudé. ¿Decirlo o no? Opté por callar, al menos por ahora. Ariana no tenía mucho que reclamar, pero igual.

—Conseguí otro trabajo. Mejor paga, más tiempo con mi familia, mejores opciones —fue todo lo que solté. Asintieron.

—¡Hey, tú! —dijo el dueño, arrastrando una silla y sentándose frente a mí, barbilla apoyada en la mano—. Te perdiste y ni un mensaje. Pero no soy capaz de despedirte —sonrió—. ¿Cuándo te integras?

Eso sí me revolvió el estómago.

—Vengo a renunciar.

Su postura se tensó; las facciones se le endurecieron.

—¿Qué? ¿Por qué?

—No pienso dejar a Eilish por este trabajo.

—Me contrataron en otro lado —logré decir, para no herirlo. Llevábamos años juntos, pero eso no cambia nada.

—¿Segura? —se pasó las manos por el pelo—. Eres la mejor mesera y cocinera. ¿Quieres un aumento?

Los chicos miraban como en un partido de tenis. Algunos negaban con la cabeza; él entendió.

—Lo siento.

—No importa. Siempre tendrás las puertas abiertas. —Se levantó y abrió los brazos.

Sonreí apenas y me abrazó.

—La casa invita —señaló la cocina—. Pidan lo que quieran. —Se fue a su despacho.

Comíamos y reíamos cuando sonó el celular. Contesté sin mirar.

—¡Aloo! —grité, viendo a Harry devorar una papa como conejo.

—Samantha. —Esa voz grave me abrió los ojos de golpe—. ¿Qué estás haciendo?

—Eilish —susurré.

—Ujum.

Moví las manos; todos callaron.

—Hola, ¿qué tal el viaje?

Silencio.

—¿Qué estás haciendo? —demandante.

—Con amigos.

—¿Y?

—Renuncié al trabajo y ahora como con mis excompañeros, ¿bien? —Harry empezó a reírse, haciendo gestos obscenos.

—Qué bueno. ¿Dónde estás?

—En el restaurante donde trabajaba. ¿Ya llegaste?

—Luego hablamos. —Colgó.

—¿Quién es Eilish? —preguntó Harry, muerto de risa.

Ahora sí tenía que contarlo todo.

Caminaba lento, mirando vidrieras. Entré a una librería, hojeé mis favoritos y seguí. Luego, una tienda de regalos: peluches gigantes, perritos, osos, dinosaurios, unicornios, globos, tarjetas. Sonreí, ignoré a la dependienta y salí.

Después, electrónica: tablets, laptops, celulares, iPads.

—Buenas, ¿qué busca? —preguntó una chica, alternando la mirada entre el mostrador y yo.

—Solo veía el iPad. —Me dio precios—. Gracias. —Me di la vuelta y sentí manos en mi cintura.

—Caminas lento —susurraron en mi oído.

Temblé, pero su voz me calmó.

—Sí, un poco —suspiré.

—¿Te asusté? —Eilish se puso frente a mí. Asentí.

—Ya sabes, una mujer sola en la calle…

Su mirada se suavizó, tomó mis mejillas y dejó un beso suave en mis labios.

—El que te toque se muere —dijo, natural, y extendió la mano.

La tomé. Entrelazamos dedos.

—¿Por qué mirabas el iPad?

—¿Cómo? —reí, incrédula. Ella negó, mirando a la dependienta.

—¡Eilish, no! —susurré.

—¿Lo quieres?

Negué rápido.

—Esa negación no convence. —Negué más lento—. Igual, vamos.

Me arrastró dentro.

—Te servirá para leer, usarás mi cuenta, comprarás lo que quieras —señaló el iPad—. Y no se discute. —Beso en la mejilla—. Un iPad, por favor.

Salí con un iPad y ella con una sonrisa triunfal.

—¿Por qué? —pregunté, besándole la mejilla—. ¿Y ahora esta tienda?

—Buenas, señora O’Connell —dijeron las chicas, incluida la que me atendió antes.

—Buenas. ¿Tienen lo que pedí?

Asintieron, mirándome con complicidad.

*Debería decirle a mamá que sí estoy saliendo con alguien.*

—No te quiero para nadie más —susurró Eilish, besándome la mejilla.

Seguimos caminando. Ella con su sonrisa intacta; yo, con un dinosaurio gigante, globos, dulces y la mía más grande que nunca.

Con ella, todo era principio, aunque el día se acabara.

𝙎𝙚𝙣̃𝙤𝙧𝙖 𝙊❜𝙘𝙤𝙣𝙣𝙚𝙡𝙡 Donde viven las historias. Descúbrelo ahora