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Me retrasé. La reunión con las Montero se alargó más de lo previsto, pero apenas registraba sus voces lejanas. El trato ya estaba cerrado; su preocupación era ruido de fondo.

Al final, ellos se llevarían su tajada, y el hotel —ese edificio de cristal y mármol que brillaba como una promesa— sería mío. Desde el ventanal de la oficina, la ciudad se desangraba en luces: rojas, ámbar, un neón que palpitaba como venas abiertas. No era la montaña, no era el mar; era mi oxígeno. Y entonces, sin permiso, la imaginé a ella: Samantha pegada al cristal, el vestido subido, la noche detrás como un telón de fuego.

Me reprimí. *Contrólate, Eilish.*

Pero la música ya había empezado abajo, en el club privado. Su voz se coló por los altavoces, ronca, lenta, como si me hablara solo a mí.

*“No me importa si estás aquí 
o si no estás solo…”*

Mentía. Le importaba. Lo veía en cómo alzaba la barbilla, en la forma en que sus labios se curvaban sin llegar a sonreír del todo. Seguridad fingida. Inseguridad real.

*“I said I won’t lose control… 
But I can’t stop it.”*

El público estaba hipnotizado. Yo también. Pero ella solo me miraba a mí.

Bajó del escenario con el vestido negro pegado al cuerpo como una segunda piel. Se sentó frente a mí, cruzó las piernas, y el aire se cargó de electricidad.

—Vamos —dije, dejando billetes en la mesa. El camarero asintió. Salimos.

—¿No te gustó? —preguntó en el auto, con esa voz que parecía hecha de humo.

Encendí el motor. 
—Cariño, has provocado un incendio. —Tragué saliva—. Más de uno te deseó ahí dentro. 
Ella negó, pero sus mejicos brillaban. 
—Cantas como si me estuvieras desnudando —continué—. Pero esta noche solo cantarás para mí. En la cama.

Silencio. Solo su respiración acelerada y el rugido del motor.

Subimos en el ascensor. Nos miramos en el espejo: yo, con el traje aún impecable; ella, con el vestido arrugado en los muslos. La besé antes de que las puertas se abrieran. Su lengua buscó la mía como si lleváramos años sin tocarnos. Mis manos en su cintura, las suyas en mi nuca, un roce que quemaba.

Llegamos al ático. Abrí la puerta. Ella entró, descalza ya, y se detuvo frente al ventanal.

—Es… increíble —susurró.

La abracé por detrás. Besé su cuello, mordí suave. Mis manos bajaron, se colaron bajo la falda. *Dios.* Estaba empapada. Cerré los ojos y la sentí temblar.

—No es mío —dije contra su piel.

—Ah… —gimió, echando la cabeza hacia atrás.

—Es tuyo.

Se giró, atónita. 
—Eilish, no. Es demasiado. No puedo…

La besé para callarla. 
—No te pregunté. Es tuyo. Y de tu familia.

**POV Samantha**

—No puede ser, Samantha. No juegues conmigo —dice mi madre, mirando el ventanal como si fuera un sueño.

—No es broma, mamá. —La abrazo fuerte—. Solo traemos lo esencial. El resto… ya está.

La cocina reluce. El dormitorio —*mi* dormitorio— tiene sábanas de lino, una cama king size, y un olor a jazmín que no sé de dónde viene.

Me sonrojo al recordar sus manos bajo mi falda. Al recordar que mañana despertaré aquí. Que este lugar es nuestro.

Y que ella, por primera vez, no se fue.

Y que ella, por primera vez, no se fue

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𝙎𝙚𝙣̃𝙤𝙧𝙖 𝙊❜𝙘𝙤𝙣𝙣𝙚𝙡𝙡 Donde viven las historias. Descúbrelo ahora