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Dulce y tentadora vida: cuando te lo da todo y, de pronto, no tienes nada. Camino mientras veo cómo los letreros de cada negocio comienzan a resplandecer. Quizás antes no los admiraba como ahora.

Antes vivía corriendo de un trabajo a otro. Lo mejor sería retomar mi rutina, dejar la tontería de Billie y que ella se quede con su fantástica chica perfecta. Dejo que mis pensamientos hagan su trabajo, echándoles leña al fuego, mientras entro en un lindo café.

—Buenas noches, ¿qué desea ordenar? —me pregunta una chica amable con su libretita en mano.

—Un chocolate caliente, por favor —respondo.

—¿Algo más? —pregunta, alzando la mirada hacia mí nuevamente.

—No, gracias —le dedico una sonrisa y giro el rostro cuando la veo tomar el camino al mostrador para dejar la orden.

Estoy en mi mundo, creando historias y momentos. Pienso un poco y decido sacar mi teléfono para llamar a alguien con quien deseo hablar.

Tengo un montón de mensajes de Billie, al igual que llamadas que he decidido no contestar. Busco entre mis contactos y, antes de llamar a Santiago, la llamada va hacia Harry. Tarda unos tonos en contestar.

Con tanto ánimo al hablar, estuvo fascinado de que lo sacara de su casa, así que tengo a mi amigo de camino a la cafetería. Pasan unos minutos mientras disfruto de mi delicioso chocolate cuando lo veo pasar detrás del cristal; luego suena la campana al entrar y, tras buscarme entre todos y dejar un beso en mi mejilla, estamos hablando como en los viejos tiempos.

—Te extraño —dice mientras ahora él toma un sorbo de chocolate.

—Y yo a ustedes —respondo con la mayor sinceridad.

—Aún está abierta la oferta de trabajo —me dice. Se refiere al empleo en el restaurante, lo que me hace recordar el lugar del que soy socia.

—Estaría interesante volver —comento, y veo cómo sus ojos se iluminan.

—¿En serio? —pregunta con la misma admiración que se refleja en su mirada, y asiento.

Entonces mi felicidad se derrumba cuando veo en diagonal, de espaldas a Harry, salir a Billie de un elegante restaurante con la misma mujer: su ex. La veo reírse y darse unos toques antes de entrar al auto.

Mis lágrimas bajan.

__

Estábamos en el sofá del departamento de Harry —bueno, técnicamente no era solo suyo; lo compartía con un chico llamado Louis, pero se llevaban muy bien—. Más que bien, cuando el chico nos trajo de comer a los dos y se sentó a nuestro lado a escuchar lo que ocurría.

—¿Sales con ella? —pregunta Louis.

—Salía —le responde Harry, y él asiente.

—Luego de lo que has visto, es bastante difícil confiar de nuevo —comenta, y asiento mientras tomo unas galletas. Las muerdo sin ganas, solo quitando las migajas de mi suéter.

—No estés así —dice el otro chico mientras dejo caer mi cabeza en el respaldo.

Pero luego de una larga charla de valoración, aceptación y mil cosas más, terminamos riéndonos de mil cosas al mismo tiempo. Creo que era lo que realmente necesitaba: rodearme de personas que quisieran estar a mi lado.

Estaba llevando a mi hermana al colegio. Hablaba sobre cómo le gustaría que su fiesta de cumpleaños estuviera planeada de forma que todo fuera rosado, morado y con princesas. La escuchaba atentamente cuando un auto se estacionó a mi lado. No sabía muy bien cómo actuar, así que tomé a Sofi un poco fuerte y comenzamos a caminar rápidamente hasta que se bajó el vidrio y apareció el rostro de uno de los socios del restaurante.

—Disculpe, señorita Cabello —comenta al bajarse del auto—. Perdone si la he asustado.

El cuerpo de Samantha se relajó cuando vio que no era un secuestrador.

—Sí, lo ha hecho —dije riendo mientras estábamos en las puertas del colegio—. ¿Y usted qué hace aquí? —pregunté, aunque era obvio por el niño aferrado a su mano.

—Mi sobrino. Sebastian, ella es Samantha; Samantha, él es Sebastian —nos presentó, y el niño, muy educado, estrechó mi mano con una sonrisa tímida.

—Ella es mi hermanita —la saludó, y luego de despedirnos vimos cómo los niños entraban a la escuela.

—¿Deseas hacer algo? —preguntó él con esa sonrisa marca registrada. Realmente, con él, nada.

Estaba de camino a casa luego de rechazar la oferta del hombre de ir a comer o tomar un café. Pasé por una librería y, antes de pensarlo dos veces, estaba comprando varios libros. El tiempo voló y, cuando menos lo pensé, recibí una llamada de mi madre.

Escuché su tranquila voz hasta que de sus labios salió el nombre de Billie y que nos íbamos de viaje a Nueva York.

Me negué rotundamente y, al parecer, ella debía estar en casa porque mi madre le dijo que no le quitara el teléfono. Imagino que Billie habría querido hablar conmigo, ya que llevamos una semana en la que técnicamente decidí alejarme de ella.

—Solo que me diga cuándo debo estar y yo tomo un vuelo aparte —dije sin más mientras colocaba más libros en la cesta.

Escuché murmullos y a mi madre diciendo que si yo no viajaba, nadie lo haría; luego, unas aceptaciones. Es bueno tener a tu madre de tu lado, así que antes de colgar solo escuché el día y la hora en que debía estar.

El resto del día lo pasé tranquila: compré comida para llevar y, antes de poder pensarlo, estaba durmiendo de un tirón tras un día tan pesado mentalmente.

Estaba ordenando mi maleta luego de comprar el boleto de avión hacia Nueva York. Mi madre incluía algunas cosas para que no se me olvidaran; empaqué lo necesario y tenía unas tres horas para estar en el aeropuerto. Me saqué los nervios y, justo cuando estaba por montarme en el taxi para ir camino al avión, me tomaron del brazo y me giraron bruscamente.

—¿Por qué mierda me estás evitando?

𝙎𝙚𝙣̃𝙤𝙧𝙖 𝙊❜𝙘𝙤𝙣𝙣𝙚𝙡𝙡 Donde viven las historias. Descúbrelo ahora