Buenas noches, ¿qué desean ordenar? —preguntó el mesero con una sonrisa profesional.
Me reí por lo bajo, anticipando lo que Billie iba a decir. Ella me miró; su expresión no era de molestia, sino de pura diversión. Creo que estaba pensando lo mismo que yo.
—¿Qué vas a pedir? —me preguntó, inclinándose ligeramente hacia mí.
—Puedes elegir tú —respondí, encogiéndome de hombros. La verdad, no tenía idea de qué escoger en un restaurante tan elegante y caro.
Ella le dio la orden al mesero con naturalidad y pidió un vino que, por el precio en la carta, sabía que era de los más exclusivos.
—Es mi vino favorito —dijo mientras entrelazaba sus dedos con los míos sobre la mesa.
—¿Y por qué nunca lo pides? —me incliné hacia adelante, curiosa.
—Mis amigas no tienen el mismo gusto que yo —explicó, sin apartar la vista de mis labios.
—Pero me encanta cuando me lo sirves tú —susurré, inclinándome más sobre la mesa.
—¿Qué quieres que te sirva? —Estábamos a punto de besarnos, el aire cargado de tensión.
El mesero llegó en el peor momento y nos interrumpió.
—Lo siento, aquí tienen. Que lo disfruten —dijo al servir las dos copas antes de retirarse.
—Pruébalo —me animó Billie, tomando un sorbo y degustándolo con deleite.
Quise bromear diciendo que tenía mal gusto, pero el vino era absolutamente delicioso: suave, con notas afrutadas y un final perfecto.
—No tengo otra palabra más que... exquisito —admití, y ella soltó una risa baja y seductora.
—Como tú —respondió, inclinándose de nuevo sobre la mesa.
—No me respondiste —dije, dando un sorbo grande a mi copa—. Diría que sí.
Miré su copa: el vino tinto contrastaba con la marca de su labial rojo en el borde. Era tan sexy que no pude evitarlo.
—Una foto dura más —bromeé.
Mis mejillas se sonrojaron al instante.
La comida llegó poco después y estaba increíble: cada bocado era una explosión de sabores. Nos la pasamos riendo, charlando y disfrutando el momento. Al salir, me ayudó a subir a la camioneta con una gentileza que me derritió.
—Estuvo muy rica la cena —comenté, tomando sus manos.
—Una de muchas —respondió, dejando un beso suave en mi mejilla.
Instintivamente, giré el rostro y capturé sus labios con los míos. Sentí el ritmo perfecto en que se movían, sincronizados. Tal vez el vino me daba un poco más de valentía. Ella me tomó del cuello y me atrajo más hacia ella; yo, como un imán, obedecí sin pensarlo.
Como el día anterior, terminé encima de ella en el asiento. Sus manos tocaban sutilmente partes de mi cuerpo, dejando marcas en mi cuello que provocaban gemidos involuntarios de mis labios.
El auto se detuvo de repente.
Ella me dejó en el asiento y bajó del vehículo. Mi respiración estaba acelerada, el corazón latiéndome a mil. No tardó más que unos minutos en volver con una botella de agua.
—Bebe —ordenó en un tono demandante que me hizo obedecer al instante.
Empecé a tomar, pero era torpe: el vino aún me nublaba un poco, y terminé derramando agua por mi top. Me sentía menos ebria, pero no del todo. Su mirada recorría mi cuerpo, y eso me encantaba.
—Términala —insistió, mientras el auto volvía a moverse, haciendo mis movimientos aún más inestables.
—¿Tienes una toalla? —pregunté al ver mi pecho y abdomen húmedos y visibles.
—¿Te ayudo? —ofreció, y asentí torpemente.
El auto dio un giro brusco, y derramé el agua directamente en su cabeza.
—¡Yo... lo siento, de verdad! —balbuceé, con temor.
Alzó la cabeza; el agua le goteaba por el rostro. No parecía molesta, solo desconcertada. Limpió las gotas que bajaban por su piel y luego se ocupó de mí.
—¡Hija, levántate! —gritó mi mamá desde la puerta.
—¿Qué? —dije, desorientada.
—¡Se te hace tarde!
—¿Dónde...? —empecé a preguntar, hasta que vi que estaba en mi habitación. Todo había sido un sueño.
—Vas tarde al trabajo —insistió mi madre. Negué con la cabeza y dejé caer el rostro en la almohada.
—Voy —murmuré, arrastrando las palabras. Me levanté, me eché agua fría en la cara para quitarme el dolor de cabeza, pero no ayudó mucho.
—Aquí tienes el desayuno —dijo mamá al entrar.
—Gracias —comí la mitad—. Me guardas esto para llevar, voy tarde. —Ella asintió, y me fui a vestir: jeans rasgados, camiseta azul, un suéter por si acaso, y metí el desayuno en el bolso.
—Lo siento, me quedé hablando y se me pasó el tiempo —le dije a mi jefa al llegar.
—Cuídate, mija —me despidió mamá con un beso en la frente antes de salir de casa.
Caminaba con el peso de una resaca en la espalda hasta que, a la vuelta de la cuadra, una camioneta negra me siguió. Me giré y allí estaba: la mujer de mi sueño. ¿O no lo era?
—¿Trasnochada? —preguntó, manejando ella misma esa vez.
—Uh... —ladeé la cabeza de un lado a otro, aún aturdida.
—Vamos —dijo, y subí sin pensarlo.
No dijo nada más, ni puso música. Solo me pasó unas pastillas para el dolor.
—Gracias —susurré. Luego extendió una botella de agua—. ¿Preparada? —pregunté con una sonrisa irónica.
—Quizás alguien no sabe beber —rio, mirando al frente.
—Lo siento —murmuré, apenada.
—En la librería, por favor —indiqué.
Negó con la cabeza.
—¿Desayunaste? —preguntó, y señalé mi mochila.
—Es un gran no —admití. Tomó otro rumbo.
Esta mujer no aceptaba un "no" por respuesta, y lo podía ver claramente.

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𝙎𝙚𝙣̃𝙤𝙧𝙖 𝙊❜𝙘𝙤𝙣𝙣𝙚𝙡𝙡
De Todo𝘋𝘪𝘧𝘦𝘳𝘦𝘯𝘤𝘪𝘢 𝘥𝘦 𝘦𝘥𝘢𝘥𝘦𝘴. 𝘉𝘪𝘭𝘭𝘪𝘦 𝘎!𝘱 𝘭é𝘦𝘭𝘢 𝘣𝘢𝘫𝘰 𝘵𝘶 𝘱𝘳𝘰𝘱𝘪𝘰 𝘳𝘪𝘦𝘴𝘨𝘰 𝘐𝘯𝘪𝘤𝘪𝘢𝘥𝘢 𝘦𝘭 7/03/23 𝘛𝘦𝘳𝘮𝘪𝘯𝘢𝘥𝘢 17/04/23
