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—Tenemos que venir a comer aquí, ¿de verdad? —dije, mordiendo un trozo de pizza con queso derretido que se estiraba como un hilo.

—No parece muy saludable, aunque te estés contradiciendo —respondió ella, apoyando la barbilla en la mano, con esa sonrisa pícara que siempre me desarmaba.

—Eh —giré la cara, fingiendo ofensa, y ella soltó una carcajada suave.

—Eres adorable —murmuró, arrastrando su silla hasta pegarla a la mía—. ¿Cuál es tu favorita?

Le ofrecí un pedazo de la mía. Dudó un segundo, pero aceptó. —No soy muy fan de la pizza.

—Pues puedes serlo —repliqué, y ella sonrió, inclinándose un poco.

—Tal vez —susurró, tan cerca que sentí su aliento—. Pero me gusta más el sushi.

—Es bueno. Y mi color favorito es el verde.

—A mí el marrón y el rojo —dijo, echando un vistazo a mi plato medio vacío—. Un poco más.

Asentí. Ella mordió, y cuando fui a dejar el resto en el plato, un chorro de salsa de tomate salpicó su pantalón. Intenté limpiarlo con una servilleta. —¡Perdón!

—No pasa nada —se levantó, pagó la cuenta con un gesto rápido y salimos. Llevaba un trozo de pizza en la mano, como si no quisiera desperdiciarlo.

—Eilish, no llegué a mi trabajo —dije, sintiendo un nudo en el estómago.

—¿Cuál?

—El de la librería, ya sabes.

Ella asintió, seria. —¿Sabes que no tienes que trabajar? ¿Quieres seguir?

—Pues sí.

—Yo puedo darte todo lo que quieras.

—¿Y mi familia?

—No saben nada —abrió la puerta del copiloto—. Todo estará bien.

Subí. Llegamos a la librería; hablé con el señor Richard mientras ella esperaba en la camioneta. Al salir, la vi por la ventanilla: hablaba por teléfono, agitando las manos, respirando hondo, como si discutiera algo importante.

Toqué el vidrio. Abrió la puerta. —¿Lista?

Asentí. Puse música, una canción suave que llenó el silencio.

Se veía tonta la idea, pero no parecía una relación de sugar mommy. Ella era diferente, y eso me gustaba.

—¿Adónde vamos? —pregunté.

—¿Segura de que quieres saber? —se estacionó frente a un centro comercial enorme.

—Eh… sí, ya veo.

Tomó mi mano y entramos. —Compraremos ropa, ¿sí? —dijo, radiante.

No respondí. ¿Qué diría mi madre al verme llegar con bolsas nuevas?

—Ella no dra nada —besó mi mejilla—. Está todo resuelto.

Recorrimos tiendas; no me daban la ropa directamente, todo iba a un lugar. Solo pedí un vestido verde cuando Eilish no vio.

Llegué a casa, me tiré en la cama y revisé el celular.

"Te he pasado dinero a tu cuenta."

Pedí cena para esa noche. Cuando mi madre llegó, exhausta del doble turno, todo estaba ordenado. Sofi se me lanzó encima; Toby saltaba, ladrando, queriendo unirse.

—¡Estás más grande cada día! —le dije a Sofi, que dejó un beso pegajoso en mi mejilla.

Había pedido comida china, la favorita de mamá. Comimos como nunca, riendo, llenando la mesa de cajas y palillos. Verlas felices me hinchó el pecho.

—Hija, vas tarde al trabajo —me despertó mamá al día siguiente.

—No, madre. Hoy vamos de compras.

Me levanté, elegí una camiseta sin mangas y jeans. En el baño, me miré al espejo y sonreí sin motivo.

—¿Y eso? —preguntó mamá al entrar a mi habitación.

—Creo que me depositaron de más. Pensé en comprar cosas para la casa.

Ella sonrió, ojos brillantes. —Está bien, mi niña —besó mi mejilla.

Me vestí y vi la lista en el refrigerador: "Útiles Sofi". Pasé la mano por mi cabello, sonriendo. Mamá entró a la cocina y notó lo que miraba.

—Momentos difíciles requieren grandes abrazos —dijo, rodeándome desde atrás.

—Hoy le compramos esto, ¿sí? Llévalo, por favor.

Se quedó mirándome un segundo, como si viera algo nuevo en mí.

—Estará muy feliz —murmuró.

Mamá sonrió y asintió.

Mamá sonrió y asintió

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𝙎𝙚𝙣̃𝙤𝙧𝙖 𝙊❜𝙘𝙤𝙣𝙣𝙚𝙡𝙡 Donde viven las historias. Descúbrelo ahora