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—Buenos días, señora Lucero —dijo Eilish al entrar al departamento donde estaba la familia de la morena.

—Ya sabes que puedes decirme Lusi —comentó la madre de Samantha con cierta gracia, provocando que la pelinegra sonriera de medio lado—. Samantha viene en un momento, adelante —añadió y le dio paso, invitándola además a sentarse.

Sus manos sudaban. Podía decir a ciencia cierta que era la primera vez en muchos años que se sentía como una colegiala muerta de miedo. Venía a decir algo que jamás había estado en sus planes de futuro.

Pero prefería esto a no tener a su Samantha.

—No vengo a ver a Samantha, vengo a verla a usted —dijo, ya un poco más relajada y esperanzada.

Lucero se sentó frente a ella y apoyó los codos en las rodillas, prestándole toda su atención.

—¿Conmigo? ¿Qué ocurre?

—Yo… bueno… —las manos de Eilish seguían sudando.

—Tú… —la animó Lucero con un gesto suave de la mano.

—Quiero estar con su hija. Formalmente —pronunció con toda la sinceridad del mundo.

Lucero recostó la espalda contra el respaldo del sofá y miró hacia el techo.

—Esperaba que algo así sucediera —murmuró.

El cuerpo de Eilish se erizó.

—¿Por qué lo dice? —preguntó, intrigada.

—Tantas visitas, tantas molestias… —Lucero la miró fijamente—. ¿Desde cuándo te estás acostando con mi hija?

Eilish cerró los ojos y negó con la cabeza.

—No es como usted piensa.

—Esa frase no soluciona nada ni me da una respuesta —respondió la mujer, tajante—. ¿Por eso el departamento bonito, la ropa, los lujos, los viajes…? ¿No era más fácil ser sincera desde el principio?

Eilish bajó la mirada y asintió.

—¿Cómo se sentiría usted si su hija le dijera de pronto que sale con una mujer veinte años mayor que ella? No es sencillo. Ni para ella ni para mí. Tenía miedo de que algo que usted dijera la hiciera alejarse de mí. He cometido errores, muchos, y he pedido perdón de corazón. Pero me di cuenta de que Samantha me da estabilidad, paz… me da vida. Quiero hacer las cosas bien y me gustaría contar con su apoyo… o eso espero —añadió en un susurro.

Un silencio denso llenó la sala. Lucero suspiró, procesando cada palabra.

En ese momento se abrió la puerta y apareció Samantha.

—Hola, Eilish —dijo con esa dulzura que desarmaba a cualquiera. Saludó a su madre con un beso en la sien y a Eilish con otro en la mejilla antes de ir a dejar las bolsas de la compra en la cocina.

Al volver a la sala notó el ambiente tenso y alternó la mirada entre las dos mujeres.

—¿Qué pasa aquí? —preguntó, suspicaz.

—Nada —respondió Lucero, levantándose—. Eilish vino a verte, ¿verdad? —miró a la pelinegra con una advertencia implícita en los ojos.

Eilish tragó saliva y asintió con efusividad.

—Sí… vine a hablar contigo —dijo, dirigiéndose a Samantha.

Cuando Lucero pasó por detrás de su hija, hizo un gesto rápido con la mano en el cuello, como diciendo “te mato”. Samantha palideció y se giró hacia Eilish.

𝙎𝙚𝙣̃𝙤𝙧𝙖 𝙊❜𝙘𝙤𝙣𝙣𝙚𝙡𝙡 Donde viven las historias. Descúbrelo ahora