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Samantha me ha estado evitando por completo. Ahora estoy en Rusia, dándole tragos largos a un licor local cuyo nombre ni siquiera registro.

Lo arruiné todo por tener a esa mujer siempre en mi oficina. No hay palabras para describir la expresión de Samantha: no fue el rojo de la furia, fue decepción y dolor.

Lo mismo que sentí al oír esa maldita frase que confirmó que todo había terminado.

Ni siquiera consideró venir. No fue como antes, cuando al menos lo pensó. Creo que cambió de número: dos semanas sin saber de ella. Su madre no dice nada, solo que lo mejor sería no trabajar en mi sucursal y que mudarse era una opción.

No entiendo cómo he llorado tanto. Las lágrimas no paran. Es brutal saber cuán noble puede ser una mujer y cuán cruel ver su dolor.

Me quemo la garganta con cada trago, pero lo merezco. Estoy sola.

Siento los párpados pesados. Aunque mi avión privado está por aterrizar, hay un peso indescriptible en todo mi cuerpo. Quiero desaparecer.

Veo mis maletas irse al maletero de la camioneta; mis pies avanzan por inercia. Entro y, al dejar caer la cabeza en el asiento, huelo la dulce colonia de Samantha. Eso provoca más llanto.

Quiero confesarle lo que siento, decirle que la amo más que a mi propia vida. La amo.

Caigo en un sueño ligero, mirando sutilmente por la ventanilla hasta que pasamos por la librería donde trabajaba. El auto va rápido, pero la distingo.

—¡¡DETENTE!! —grito como loca. El frenazo es tan brusco que mi cabeza golpea el asiento delantero. Con copas encima, el equilibrio no es mi fuerte.

—Lo siento —dice el chofer. Lo ignoro, agitando la mano.

—Vamos a la librería. Está ahí —digo desesperada, mirando atrás.

—¿La señorita Samantha? —pregunta. Asiento.

—Sí, da la vuelta —agito las manos, intento abrir la puerta, pero los seguros me lo impiden. Clavo la mirada en él—. ¿Qué haces?

—Yo la llevaré —responde—. Pero no la dañe más de lo que ya está —murmura por el retrovisor.

—¿Yo dañarla? —digo tajante.

—Sí, señora —susurra—. Ella no ha estado bien. Usted le ha creado inseguridad y desconfianza. Se supone que, si termina con una mujer que no le importa, no la invita a cenar, la encierra en su oficina o se ríe con ella por la calle —cierro los ojos; lágrimas bajan—. Es lo que ha hecho con su ex, y ella lo vio —alzo la mirada.

—¿Qué? —abro más los ojos. Él asiente.

Llevo las manos a la cabeza, delirando por todo lo mal que he hecho, lo que ella vio y yo no corregí.

—Solo solucione lo que hizo —los seguros se bajan.

Camino lento, asomo la cabeza por el cristal: la veo sentada leyendo. Mi sonrisa se ensancha; lágrimas caen. Me pego a la pared, regulo la respiración. Veo al chofer con la puerta abierta, agitando la mano para que entre. Asiento.

Saco un pañuelo del saco, seco lágrimas, tomo aire profundo. Una mujer sale; nadie más dentro. Reúno fuerzas y entro.

Suena la campana; su dulce voz, sin alzar la mirada: «Buenos dí…». Ya me vio.

—Buenos días —digo, acercándome al mostrador.

—¿Qué desea? —pregunta, escrutándome.

—Decirte algo e irme —comento.

—No quiero oír nada más de ti —sus palabras son duras. Asiento.

Camino a la puerta, pero en vez de abrir, cambio el letrero a *cerrado*.

—Si después no quieres escucharme, lo aceptaré —murmuro, volviendo a ella.

Me quedo fuera del mostrador, dándole espacio.

—No entendí qué hice mal hasta que mi chofer no me dejó salir del auto como loca a buscarte —confieso—. Me dijo lo que hice y ni lo sabía.

Su mirada es dura; lo merezco.

—Fui estúpida al creer que entenderías sin explicarlo —cierro ojos—. Fui estúpida y necesitaba decírmelo en voz alta.

—Sí, lo eres —oigo.

—No tengo nada con mi ex: solo intentaba una amistad simple. Para mí es más fácil tenerla como amiga que causándome problemas como antes —ella no lo sabía—. Hizo cosas malas, muy malas, pero es capaz de peores. Quería mantenerla cerca para evitar futuros líos, pero al hacerlo creé uno: destruí mi futuro contigo —dejo salir todo.

Al alzar la mirada, Samantha tiene lágrimas.

—Te amo, Samantha —murmuro. Abre los ojos grandes—. Puedo decir que nunca amé así, pero contigo es tan diferente que no quiero amar a nadie más —lágrimas bajan—. Te amo —sollozo.

Dejo caer la frente en el mostrador; sollozos resuenan. Siento sus manos en mis hombros, suaves. Eso aumenta mi llanto.

Me enderezo; ella me abraza. Enrollo mis brazos en su cuerpo, abrazando a la única mujer que centra mi mundo.

—Ven conmigo a casa —digo.

—No conozco tu casa —oigo.

—Es hora de que la conozcas, si quieres —dejo un beso en su sien.

Siento que asiente y, justo ahí, mi corazón vuelve a latir de amor.

𝙎𝙚𝙣̃𝙤𝙧𝙖 𝙊❜𝙘𝙤𝙣𝙣𝙚𝙡𝙡 Donde viven las historias. Descúbrelo ahora