Siempre fué un niño alegre, estudioso y amigable. Sus tardes se las pasaba correteando en el patio delante de su edificio, pues sus amigos más cercanos también vivían ahí; todo lo que lo rodeaba parecía brillante, lleno de un resplandor inextinguible.
A pesar de que su madre se había marchado cuando él llegó al mundo, sus tutores nunca permitieron que le faltara nada. Ni material, ni sentimental. La familia Watanabe del departamento 14-H era un trío de peculiares hombres, siempre llamando la vista de la gente en la acera.
—¡Ya volví!
—Bienvenido a casa, Miroku.
—Abuelo —un entusiasta jovencito de cabellera rebelde se acercó al hombre mayor para saludarlo. Desde que tenía uso de razón, su casa, su familia siempre se conformó por dos hombres cuidando de él. Su abuelo y su padre.
—Ve a cambiarte de ropa y lavar tus manos. La comida está casi lista.
—¿Qué comemos hoy? —cuestionó de vuelta, asomando su cara por la encimera de la cocina.
—Camarones tempura —respondió su abuelo, intentando alejarlo para que el aceite no cayera en las manos o rostro del niño.
El infante no tardó en saltar de emoción, abandonó su portafolio en la sala antes de salir corriendo hacia los dormitorios. Con rapidez se apresuró a terminar para volver hasta la cocina, ayudando a poner la mesa con gran entusiasmo. El abuelo sonrió observando a su único nieto saltar como una pulga alrededor de las sillas con los salvamanteles en mano.
Cuanto todo estuvo casi terminado, la puerta de entrada volvió a abrirse, anunciando la llegada de su padre. Miroku lo saludó respetuosamente, ayudando con el maletín que cargaba.
—Bienvenido a casa hijo —saludó el mayor, depositando el plato de tempura junto el resto de ollas al centro de la mesa.
El lugar era un departamento modesto, se encontraba en un vecindario calmo en la zona menos conglomerada de Tokio. Los complejos habían sido construidos recientemente, por lo que al jubilarse el abuelo de Miroku, decidieron alejarse lo poco que pudieran, del bullicio en la ciudad.
Estaba cerca de todo lo necesario para ellos. Además, tenía un lindo parque a la vuelta de la esquina, al que solían ir para disfrutar en los días de asueto. La vida de esta familia lo tenía todo.
—¿Cómo estuvo la universidad? —cuestionó el mayor de los tres entretanto servía los tazones de arroz. El padre de Miroku volvió a la cocina tras cambiarse de ropa, ayudándole al mayor para servir las guarniciones.
—Estámos en la época pesada. Calificar los proyectos de los alumnos llevará semanas —dijo sistemáticamente. A pesar de las carentes expresiones de los mayores, la atmósfera no se sentía incómoda en absoluto— ¿Todo bien en la escuela, hijo?
El chiquillo detuvo su tarea con los vasos de zumo, enfocando toda su atención en su progenitor—. Todo está bien. Esta tarde me tocó regar las plantas y por eso vine un poco más tarde.
—Espero que no te hayas saltado ninguna maceta —bromearon a su izquierda, lo que desató una constante negativa con la cabecita del niño—. Es bueno saberlo. Cuando termine el curso, deberíamos ir de vacaciones ¿De acuerdo?
Tras sus palabras, Miroku se vio dichoso el resto del día. Al terminar de comer, su abuelo descongeló el postre, indicándole llevar una porción a su vecino. El hombre en cuestión, era un viejo conocido de la familia que se encontraron por casualidad al mudarse en este edificio. También fue maestro en la misma preparatoria que el abuelo del infante. Con una predisposición solitaria, aunque no se negaba a recibir las visitas de la familia Watanabe.
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Camouflage
FanfictionLo que se oye y se ve suele olvidarse, sin embargo con los sentimientos no es así. - ⚠ ¡Advertencia! Historia con contenido para público mayor de quince años preferentemente Contenido AU y OoC Lenguaje ofensivo y escenas que pueden dañar la sensib...
