5. Australia

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9 de abril de 2022

Mi gran sueño de pequeña —y aquí es donde todos se ríen porque esperaban que dijera "ser astronauta" o "bailarina de Beyoncé"— era tener una familia normal. Ya sabes, de esas que salen en los anuncios de cereales: mamá guapa en bata de seda, papá en bata de baño leyendo el periódico, niños felices sin legañas y con sonrisas de comercial. Una familia con amor, con abrazos, con cenas los domingos. Nada de fantasías con superpoderes ni fama; yo quería estabilidad, rutina, calor de hogar. Y lo deseaba tanto como otros deseaban volar o tener una voz prodigiosa. Yo solo quería eso que mis compañeros de clase parecían tener sin esfuerzo: una casa donde se respirara cariño. Siempre los envidié un poquito... o un muchito.

Pero bueno, la realidad me dio otro menú.

Mis padres duraron juntos menos que una serie cancelada en su primera temporada. Se separaron meses después de que yo naciera. Al principio, como en esos acuerdos logísticos que parecen redactados por abogados con corazón de piedra, pasaba una semana con cada uno. Una semana allí, otra aquí, como si fuera un paquete de Amazon Prime. Pero cuando cumplí dos años, ¡pum! mi madre desapareció del mapa. Así, sin drama, sin despedida, sin una carta con purpurina. Un lunes, me dejó con papá como de costumbre... y cuando él me llevó de vuelta la semana siguiente, quien nos abrió fue una pareja de jubilados que le habían alquilado su casa. ¿Perdón? Ni rastro de mi madre. Ni una nota, ni un imán de nevera con su número nuevo. Desaparecida nivel FBI.

¿Y lo peor? Apenas tengo recuerdos reales de ella. Todo lo que "recuerdo" es una reconstrucción imaginaria hecha a base de fotos antiguas y anécdotas que mi abuela paterna me contaba entre lágrimas contenidas y galletas de mantequilla. Porque, para ponerle más misterio al asunto, tampoco sé absolutamente nada de la familia de mi madre. Nada. Como si fueran una especie extinta o una dinastía secreta. Solo sé que venía de una familia con tanto dinero que probablemente usaban billetes de cien como servilletas. Dejó todo —según las leyendas familiares— por amor a mi padre, un mortal común que conoció en una fiesta de la alta sociedad. Qué romántico, ¿no? Hasta que dejó de serlo.

La casa en la que vivían era enorme. No enorme de "tres cuartos y una terraza", no. ENORME de jardín infinito, piscina de esas que necesitas mapa para cruzar y una fachada que daba envidia a cualquier embajada. Tengo fotos: parecen sacadas de un catálogo de mansiones imposibles. Y luego pasé yo... al apartamento de papá. Que estaba bien, sí, digno, limpio, acogedor. Pero pasé de vivir en un palacio con vistas al paraíso a un lugar donde si corrías mucho podías chocar con la pared del pasillo. Cosas que pasan.

A veces, cuando me da la vena dramática, me subo al coche y conduzco hasta esa casa. Todavía está ahí, en lo alto de una montaña, como una ex estrella de cine que se niega a operarse. Siempre apagada, siempre sola. Nunca he visto a nadie entrar ni salir. Y desde que murieron los ancianos que la alquilaban, la casa se quedó congelada en el tiempo. Como si me estuviera esperando. No sé si mi madre la vendió, la olvidó o simplemente no puede soltarla. Pero ahí sigue. Esperándome... o burlándose.

Cuando era niña fue duro. DURÍSIMO. Preguntaba por ella todo el tiempo, y mi padre siempre tenía la misma respuesta: "Está trabajando muy lejos. No volverá pronto." Me lo decía con una voz triste disfrazada de paciencia. A los seis años, dejé de preguntar. Algo en mí entendió que lo mejor era dejar de imaginar que un día aparecería en la puerta con una maleta rosa y ganas de recuperar el tiempo perdido. Mejor seguir. Punto.

Ya a los quince, con toda la insolencia de la adolescencia y las hormonas alborotadas, me animé a preguntarles a mis abuelos sobre mi madre. Me dijeron que la querían como a una hija —sí, claro— pero que les dolía lo que nos había hecho. Nos. A mí, principalmente. Su nombre, para colmo de ironías, era Blake Abbey. Sonaba más a marca de cosméticos caros que a mamá. Era conocida. Reconocida. Famosa. Actriz de renombre internacional. ¿Y yo? Cero interés. Nunca busqué nada sobre ella, nunca vi una de sus películas. Solo sabía que tenía una estrella en el paseo de la fama de Los Ángeles. Supuse que eso significaba que no estaba pidiendo monedas en una esquina. Bien por ella.

RED BLOOD - CHARLES LECLERCHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora