19. Zanvoort

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4 de septiembre de 2022

Había llegado el día.

El día en el que, si todo salía bien —si no me acobardaba, si las palabras no se me atragantaban, si el corazón no me ganaba la batalla—, esta pesadilla iba a terminar. Hoy. Por fin.

Llegué al circuito junto a Pierre, y no podía evitar notar que el mundo entero se había teñido de naranja. Y no un naranja sutil, no. Un naranja chillón, invasivo y exagerado. Cada rincón estaba cubierto por camisetas, pancartas, bufandas, gorros... todos con el nombre de Max estampado por todas partes. Zandvoort era suyo. De nadie más. Corría en casa, y se notaba que el país entero había ido solo para verlo a él.

Me despedí de Pierre con un beso rápido, rutinario y frío. Lo justo para no levantar sospechas. Él estaba concentrado, enfocado en la carrera, y yo solo pensaba en que ese beso era probablemente el último. Y no me dolía. Solo me pesaba por lo que venía después.

Cuando se colocó el casco y subió al coche, yo me alejé discretamente hasta esconderme detrás de unas pantallas, en una zona donde podía ponerme los cascos y escuchar las radios sin que nadie me molestara. 

La parrilla de salida tenía sabor a clásico: Max primero y Charles justo detrás. Lo que me hizo tragármelo todo: la nostalgia, la rabia, el amor, las ganas de correr hacia él y decirle que todo había sido una trampa. Pero no. Hoy no. Hoy, primero, tocaba arreglar lo que estaba roto con otra persona.

La carrera fue tranquila, tirando a aburrida, para ser sinceros. Salvo un par de maniobras ajustadas y un safety car que puso a todos de los nervios durante unos segundos, no pasó gran cosa. Max lideró desde el principio como si estuviera dando un paseo por su jardín. Charles lo siguió como pudo. Pierre mantuvo su lugar, sin destacar demasiado.

Yo, mientras tanto, me iba consumiendo lentamente.

Cuando finalmente Max cruzó la línea de meta, lo hice como siempre: corrí hasta el podio. Porque podía estar rota por dentro, sí, pero él era mi mejor amigo, y había ganado en casa. No podía dejar de estar ahí.

Bajó empapado de champán con esa sonrisa suya de "he vuelto a hacer historia" y lo abracé. Me dio igual mojarme entera. Me dio igual el maquillaje. Me dio igual todo.

—Has estado increíble —le dije, sin filtros, desde el fondo del corazón.

—Gracias, Bibi —me respondió con esa sonrisa que, por suerte, seguía siendo para mí.

En medio de todo el jaleo vi a Charles a lo lejos. Estaba hablando con Russell, pero no parecía estar ahí. Tenía la mirada perdida y la cara seca. Como si estuviera físicamente presente, pero emocionalmente... en otro planeta. No me miró ni un segundo.

Max, que lo notó todo, se inclinó un poco hacia mí y me susurró:

—Todo se arreglará.

Sus palabras me devolvieron una pizca de fuerza.

—Gracias por todo, en serio —me agarré a su brazo.

—Para eso estamos —me respondió con ternura—. Ahora te llevo al hotel, hablas con Pierre y cierras este capítulo.

Después de cambiarse, Max me dejó en la puerta del hotel, recordándome con tono bromista que esta noche había fiesta y que no podía seguir saltándomelas. Me prometí que iría. Que esta vez no me escondería en mi habitación con mis dramas.

RED BLOOD - CHARLES LECLERCHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora