15. Celos

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12 de junio de 2022

Pasé las manos por el pelo como si eso fuera a quitarme el nudo que se me estaba formando en el pecho. Lo eché hacia atrás justo en el momento en que Charles, en plena primera curva, bloqueó la rueda como si se le hubiera aparecido un bache invisible en mitad de la pista, y Checo lo pasó como si estuviera de paseo por el parque. Pero lo peor no fue eso. No, no. Lo peor estaba por venir, como en esas pelis donde piensas "bueno, ya tocó fondo" y de repente el suelo se abre un poquito más. Pues así.

En la vuelta veintiuno, mi peor pesadilla empezó a tomar forma en pantalla: la realización enfocó el Ferrari número dieciséis y el coche iba... lento. Lento como una abuela cruzando con tacones. Como yo cuando me tengo que levantar un lunes. Y no, no era porque él se estuviera rascando los huevos. Era el motor. ¡Otra vez el motor! ¡Por el amor de Maranello, ¿cuántas veces más tiene que fallar esta escudería antes de que alguien se dé cuenta de que están echando a perder a un piloto de oro?!

Me quité los auriculares como quien se arranca una venda de los ojos. Charles ya había avisado por radio del fallo, y aunque trató de no sonar muy dramático, se le notaba en la voz que le estaba subiendo la rabia hasta las pestañas. Otra vez fue. Otra vez la mecánica lo dejaba tirado como un condón usado en la pista. Segunda vez en tres carreras. Yo, sinceramente, ya no sabía si llorar o prender fuego al hospitality. Porque si Ferrari seguía así, no solo iban a perder el campeonato, iban a perder a Charles, y con razón.

Lo vi llegar al box, bajarse del coche con la furia contenida de alguien que se está mordiendo la lengua para no cagarse en todo el árbol genealógico de los ingenieros. Soltó un insulto en italiano —no lo entendí, pero sonó delicioso— y tiró el casco como si pesara veinte kilos. Después se acercó al muro, al rollo "vamos a hablar de esto sin matar a nadie".

Y por si fuera poco el espectáculo, Carlos también había abandonado. Y los Red Bull, cómo no, se marcaron un 1-2 tan cómodo que parecía que estaban en un simulador. Me hervía la sangre. Pero bueno, ya que estaba ahí y no tenía nada más que hacer que ahogar mis ganas de pegarle un grito al aire, me acerqué al pie del podio, porque si algo sabía hacer, era fingir normalidad mientras mi alma se prendía fuego.

Max me vio desde arriba —el muy cabrón con su corona invisible de "soy el líder del mundial"— y me saludó con la mano. Le devolví el gesto con media sonrisa, porque aunque todo esto me supiera a vinagre, lo cierto es que lo quería mucho. Max era mi mejor amigo del paddock, lo había sido incluso antes de Charles, incluso cuando yo trabajaba para Red Bull, incluso cuando nos peleábamos por tonterías y acabábamos riéndonos con la boca llena de sushi. Sí, desde que me fui del equipo, la cosa se había enfriado un poco, pero yo lo quería de vuelta en mi vida. A tiempo completo. Como antes.

Cuando acabaron los himnos, aplaudí por pura formalidad, porque en realidad quería irme a un rincón a beber vino y maldecir a la escudería entera de Ferrari. Pero decidí ir al hospitality de Red Bull a buscar la habitación de Max. Necesitaba su voz, su humor, su "tía, relájate, esto pasa", aunque luego él fuera el que ganaba todo.

—¿Hola? —pregunté, golpeando la puerta con los nudillos—. Max, si no estás decente, avísame, porque no quiero verte en bolas otra vez...

Y sí, justo ahí, dos manos se posaron en mis costillas como dos garras fantasmales y pegué un salto que casi dejo mi alma pegada al techo.

—¡Maxie! —me giré y lo abracé, toda yo ya cubierta con restos de champán y sudor ajeno—. Felicidades por la victoria, cabrón.

RED BLOOD - CHARLES LECLERCDonde viven las historias. Descúbrelo ahora