16 de mayo de 2022
A ver, para empezar, estaba almorzando marisco fresco (y carísimo) en el puerto más lujoso de toda Europa: Monte Carlo, nena. Concretamente, en el yate de papá, que estaba atracado ahí como si fuera una decoración más del paisaje millonario. El barco, por cierto, era casi más grande que mi apartamento entero. Y no es que yo viva en un cuchitril, precisamente.
Hacía un calor brutal. Sol, cielo azul y esa brisa mediterránea que hace que te sientas protagonista de una peli francesa. Todos íbamos en bañador, bebiendo vino blanco frío y devorando langostinos como si no hubiera inflación.
—¿Tienes ya algún plan para el parón de verano? —preguntó papá entre una ostra y una gamba, como quien pregunta qué hay para cenar.
—No, todavía queda bastante —respondí mientras removía el hielo de mi copa con una pajita dorada reutilizable (ecológica, pero fashion).
—Nosotros iremos a México. Si quieres venir, solo tienes que decirlo.
Asentí con la cabeza mientras tragaba un trozo de bogavante. La verdad, hace años que no voy a todas las vacaciones familiares. Ya sabes cómo es: ellos se mudaron a Inglaterra, yo me quedé en Mónaco, y de pronto empecé a pasar más tiempo con los chicos que con mi propia familia. Cosas que pasan cuando tus amigos son más divertidos que tus padres.
El verano siempre era algo especial. De pequeña era plan familiar sí o sí, pero en cuanto crecí y me solté la melena, empecé a hacer mis propios planes. Pasaba semanas con los chicos —vlog aquí, paddock allá, drama por allá— y después cada uno se iba con sus novias, sus perros, sus jets privados... y yo me quedaba tan tranquila en Mónaco, que no es mal sitio para veranear si te gusta el lujo silencioso y el helado caro.
—Esta noche haremos una cena de gala en el casino —dijo papá, agarrando la mano de Helena como si fueran una pareja Disney—. Para celebrar que hace veinte años que nos conocimos.
—¿Veinte años ya? —dije, fingiendo sorpresa como si no llevara esa cuenta mejor que mi propio cumpleaños.
—Estás invitada, obvio —intervino Helena, con esa voz melosa de madrastra buena—. Puedes traer a alguien.
—No hace falta —soltó papá, sin mirar a nadie, mientras seguía cortando su trozo de pulpo como si fuera el enemigo.
Subtexto nivel experto: "no traigas a Charles, por favor y gracias."
Sobre las cuatro decidimos salir al mar otra vez, como por la mañana. Estuve jugando con mis hermanos como si tuviera diez años otra vez. Les hice ahogadillas (porque sé que nadan como sirenas), y saltamos desde el segundo nivel del yate, chillando como si estuviéramos en una película de adolescentes ricos con cero responsabilidades.
A eso de las seis, cada uno volvió a su rincón del universo. Ellos a su apartamento, yo al mío, y mi bronceado agradecido por el descanso.
Entonces me acordé de la cena de esta noche y saqué el móvil para llamar a Charles. Sí, ese Charles.
—Hola —dijo sonriendo en cuanto descolgó.
Estaba sudado, brillante, con ese look de "me acabo de matar en el gimnasio" que, seamos honestas, no le queda nada mal. Bianca, cariño, haz captura mental porque esta imagen hay que tatuársela en el alma.
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RED BLOOD - CHARLES LECLERC
FanfictionBianca y Charles tienen una relación cargada de odio desde que se conocieron en el colegio. A lo largo de los años, su odio se ha mantenido, incluso compartiendo el mismo lugar de trabajo en la actualidad. A pesar de tener un vínculo en común, ya q...
