22 de abril de 2022
Llegué a Imola más tarde de lo previsto y con cara de funeral. Mi vuelo tenía que haber salido el jueves por la tarde, todo precioso en teoría, pero en la práctica despegó el viernes a las nueve de la mañana porque la vida decidió escupirme en la cara. Así que ahí estaba yo, arrastrándome directo desde el aeropuerto al circuito, con solo dos miserables horas de sueño, una ojeras nivel panda depresivo y un café en la mano como si fuera mi salvavidas.
Crucé los controles medio dormida, medio muerta, y corrí hacia el box de Red Bull con la maleta en una mano, el café en la otra, y el caos como aura personal. Por supuesto, tropezarme con alguien era inevitable.
Y claro, no podía ser cualquier persona. Tenía que ser Charles Leclerc, el príncipe monegasco vestido de rojo Ferrari, impecable como siempre... hasta que mi café decidió suicidarse contra su pecho.
—¡Dios, lo siento! —solté, mirando con horror cómo mi bebida se estampaba contra su mono de carrera como si fuera parte del diseño.
—¿A qué viene tanta prisa? —preguntó él, con una media sonrisa mientras se intentaba limpiar la mancha—. Mírate, tienes la cara como un tomate. ¿Y has dormido algo? Porque tus ojeras parecen dos bolsos de diseñador.
—¡Charles, por favor! ¿Puedes parar de decirme lo fea que estoy? He dormido DOS horas.
—No, no, si estás muy guapa... —y claro, ahí mis mejillas se pusieron más rojas que el mono que acababa de mancharle. Genial—. Bueno, tengo un traje que cambiarme y un coche en el que subirme.
—¡Ay, sí! ¡Qué yo tenía prisa! —le grité, esquivándolo mientras seguía mi camino—. No me distraigas, maldita sea.
Escuché su risa detrás de mí. Risa de cabrón encantador. Y seguí directo hasta Red Bull, donde entré como si fuera la escena final de una comedia desastrosa. Tiré la maleta a un lado, me desplomé junto a Naia, saqué el portátil y me puse los auriculares para poder escuchar la radio. Todo en piloto automático.
—¿Sales de un gallinero o qué? —dijo Naia al verme. Mi ropa estaba tan hecha mierda que hasta yo dudé si había dormido en un arbusto.
—No es gracioso.
Eché un vistazo al box. Nadie me prestaba atención, por suerte. Excepto mi padre, claro. Me miró desde el muro con una ceja levantada como diciendo ¿qué diablos llevas puesto, criatura? Luego se giró, pulsó el botón de la radio y, por supuesto, me vendió.
—Te informo que mi hija va a robarte una camiseta, Max, porque no sé dónde se ha metido. Parece que salió de una guerra civil.
Hermoso. Un padre del siglo XXI, con WiFi y cero filtros.
Me levanté con dignidad rota y caminé al área de descanso de Max. Me limpié como pude la camiseta (spoiler: mal) y, mientras se secaba, agarré una de Red Bull que colgaba ahí. Sí, la de Max. Gracias por tu servicio.
Volví al box y seguí trabajando como si no hubiera cometido un crimen de moda. Cuando terminé con lo importante, saqué la cámara, monté el trípode y empecé el vlog semanal, con la naturalidad de quien claramente no tiene vergüenza.
—¡Hola chicos! —dije como si no me hubiera estrellado contra un Ferrari hacía una hora—. Estamos en Bolonia, en el Autódromo Enzo e Dino Ferrari, primer Gran Premio de Italia del año.
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RED BLOOD - CHARLES LECLERC
FanfictionBianca y Charles tienen una relación cargada de odio desde que se conocieron en el colegio. A lo largo de los años, su odio se ha mantenido, incluso compartiendo el mismo lugar de trabajo en la actualidad. A pesar de tener un vínculo en común, ya q...
