18 de abril de 2022
—¡Venga, perdedores! —gritó Arthur como si estuviéramos en la final de Wimbledon y no en una pista de pádel cualquiera—. ¡Os vamos a machacar!
Me chocó la mano con tanta fuerza que casi me desmonta el hombro, y gritamos como si hubiéramos ganado el puto mundial. El punto nos ponía por delante y básicamente nos daba licencia para ser insoportables. Y lo fuimos.
Por fin había conseguido pasar unos días en casa, y cuando digo "casa" me refiero a Mónaco, que no será la más cálida emocionalmente pero oye, tiene su encanto (y su helado caro en cada esquina). Cuanto más tiempo paso fuera, más necesito volver. Volver a mis cosas, a mi espacio, al café que sabe como me gusta y a tener a Arthur en el sofá de mi salón gritando en francés a un piloto de 2014 como si pudiera oírle desde el más allá. Literalmente, llevaba días instalándose en mi piso como si viviera allí. Venía cada tarde, se sentaba, abría una Coca-Cola, y ponía carreras antiguas. Según él, "por nostalgia". Según yo, "por no pagar calefacción en su casa".
Hoy me había arrastrado —y uso arrastrado porque no hubo democracia— hasta un partido de pádel contra sus dos hermanos. Charles y Lorenzo, en un equipo. Arthur y yo, en el otro. Spoiler: pensaba que íbamos a palmar de forma humillante. Pensaba que acabaría tirada en el suelo, llorando en posición fetal mientras Charles me humillaba con su revés. Pero no. Jugamos como si el orgullo nacional dependiera de ello.
—¡Dale, Arthur! —grité como una posesa cuando la pelota venía hacia él—. ¡Sí!
Y cuando ganamos, porque sí, GANAMOS, tiramos las raquetas al suelo y nos abrazamos en pleno salto como si hubiéramos ganado MasterChef Celebrity. Éxtasis total. La gente nos miraba raro, pero nos daba igual. Yo estaba sudada, con el pelo recogido a lo bestia y la cara roja, pero feliz. Eufórica.
—¿Vamos a comer algo? —preguntó uno de los Leclerc (no sé cuál, ya estaba medio mareada del cansancio).
Asentimos todos como si hubieran ofrecido agua en el desierto.
Fui al vestuario, me pegué una ducha que casi me devuelve la vida, me puse ropa limpia y subí al restaurante que estaba en la planta de arriba del gimnasio. Era ese tipo de sitio que huele a proteína y ego masculino. Busqué con la mirada hasta que encontré a los chicos en una mesa y me senté justo enfrente del mediano: Charles.
Y sí, él y yo... bueno, desde aquella noche en Australia no habíamos vuelto a hablar. Cero contacto. Cero drama, pero también cero todo. Silencio. Eso sí, con quien me había vuelto unida nivel hermanos siameses era con Arthur, que últimamente solo faltaba que me robara la manta para que ya viviera oficialmente en mi piso.
En mitad del almuerzo —que tenía todo menos tranquilidad—, me sonó el móvil. Era mi padre. Ni me molesté en levantarme. Total, ya nos conocíamos todos.
—Hola —dije, con voz de persona que intuye que algo va mal.
—Bianca, estamos en Mónaco —fruncí el ceño automáticamente—. ¿Estás en tu apartamento? Tenemos que hablar.
—Estoy comiendo con los Leclerc en el restaurante del gimnasio —respondí sin pensar, porque claramente aún no había aprendido a guardarme cosas.
Escuché que le decía a alguien dónde estaba. También escuché, claramente, cómo preguntaba con tono de "qué mierda está pasando" por qué demonios estaba con ellos. Pero luego se centró.
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RED BLOOD - CHARLES LECLERC
FanfictionBianca y Charles tienen una relación cargada de odio desde que se conocieron en el colegio. A lo largo de los años, su odio se ha mantenido, incluso compartiendo el mismo lugar de trabajo en la actualidad. A pesar de tener un vínculo en común, ya q...
