4. Dubai II

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3 de abril de 2022

La escena era digna de postal de verano: la piscina reluciente bajo el sol abrasador de Dubái, un puñado de pilotos de Fórmula 1 compitiendo como si el campeonato mundial dependiera de un balón de vóley, y yo... con mi café helado en la mano y las gafas de sol al borde de la nariz, creyéndome la protagonista de un anuncio de bebida isotónica. Carlos y Lando, los visionarios del día, habían decidido que la villa necesitaba más acción y se habían presentado por la mañana con una red de vóley y una pelota tamaño "castigo de colegio".

Éramos seis, así que los equipos estaban claros: Max, Carlos y yo contra Charles, Lando y Pierre. Spoiler: mi equipo estaba barriendo el suelo con ellos, a pesar de tener el sol directo en la cara y el sudor en las pestañas.

—¡Dale! —gritó Max justo antes de que el balón volador de Lando me impactara en la cara como si fuera una escena de telenovela colombiana. Un segundo después, vi estrellitas.

—¡Lando! —chilló de nuevo, mientras Carlos se acercaba corriendo a mí.

Me llevé una mano a la ceja por reflejo, noté algo húmedo... y cuando la bajé para mirarla, me quedé en blanco.

—Tengo sangre —anuncié con dramatismo absoluto, como si estuviera narrando mi testamento—. ¡Tengo pánico a la sangre! ¡Me voy a morir!

Escuché la risa histérica de Lando en segundo plano, pero fue opacada por la voz autoritaria de Charles:

—¡Norris! ¡Esto es tu culpa, no te rías! ¿Pero a quién se le ocurre darle tan fuerte?

Se acercó y, sin mediar más palabra, me agarró la cara entre las manos como si fuera una muñeca de porcelana rota.

—Hay que curarte esto —dijo, y yo solo pude asentir mientras me agarraba por la cintura y me sacaba de la piscina con una facilidad que... francamente, ni yo sabía que necesitaba.

Nos metimos al baño principal de la villa y me sentó en el lavabo, mientras él revolvía en los cajones como si estuviera desactivando una bomba y no buscando un botiquín.

—Charles, me estoy mareando —susurré, pasándome la mano limpia por la frente como si eso fuera a ayudar.

—No, no, no —dijo, volviendo con un algodón—. Le voy a partir la cara a Lando, ¿quién lanza así una pelota?

—Ha sido sin querer... —intenté defenderlo, aunque con menos convicción que un político.

Me limpió con cuidado y luego me colocó una gasa en la frente. Y para mi sorpresa, recogió todo el baño como si fuera la señora de limpieza de un hotel cinco estrellas.

—¿Estás mejor? —preguntó, agachándose frente a mí con cara de preocupación real.

—Un poco... —cerré los ojos, todavía medio mareada por el susto, la sangre y, admitámoslo, un 30% por su proximidad.

Y entonces... pasó. Sentí que mis pies se despegaban del suelo. Charles me había levantado en volandas, sin previo aviso.

—¡Charles! ¿Qué haces? —me aferré a su cuello como si estuviéramos en una escena de Titanic.

—Llevarte a la cama. Necesitas descansar.

RED BLOOD - CHARLES LECLERCDonde viven las historias. Descúbrelo ahora