3|La casa invita
Emma
Siempre había sido una persona de rutinas. Sé que a muchos no les gustan las rutinas, pero para mí, tener todo controlado y saber qué hacer exactamente en mí día a día me brindaba seguridad. Disfrutaba estar en mi zona de confort, y créanme, sé que estar en la zona de confort a veces no es bueno ¿pero quién quiere salir de esa zona cuando saben que, sin ella, no vas a encontrar la seguridad y comodidad que tanto disfrutas día a día?
Yo había perdido esa seguridad una vez salí del instituto. No es que extrañaba estar en clases, porque la verdad es que no; lo que extrañaba era esa seguridad que me brindaba ser adolescente, esa certeza de saber que tenía muchos años por delante en los que iba a estar en el instituto y en actividades extracurriculares. Esa certeza de saber que, si acababa un año, al siguiente tendría que volver. Esa seguridad de llegar a casa, comer, hacer la tarea, bañarme y tirarme a mirar televisión, para luego acostarme a dormir y al otro día empezar de nuevo lo mismo.
Eso era lo que extrañaba: la rutina que tenía programada y que me hacía sentir tan segura.
En mi último año de instituto esa rutina comenzó a difuminarse. Recuerdo a mis compañeros hablando de lo que querían estudiar y a las universidades que querían aplicar y yo guardando silencio porque no sabía qué responder. Todos lo tenían tan claro y yo estaba tan perdida que hasta me avergonzaba decir que no sabía que estudiar cuando me lo preguntaban.
Y hoy en día me seguía avergonzando.
Cuando salí del instituto decidí tomarme un año para pensar qué me gustaría hacer. En ese año trabajé como niñera y dando clases particulares de matemáticas, pero seguía sintiendo que algo me faltaba. Y, cuando ese año llegó a su fin, yo aún no sabía qué es lo que iba a hacer.
Y ese año se extendió a otro más.
No me sentía contenta conmigo misma, la verdad. No entendía el por qué para las demás personas era súper fácil decidir qué hacer con su futuro y yo aún seguía dando vueltas ¿Cuál era exactamente el error que estaba cometiendo? Todo sería exactamente más fácil si hubiera decidido a mis diez años qué quería hacer y hubiera persistido con ese deseo. Pero no, porque desde mis diez años hasta los veinte había cambiado tantas veces de opinión que a esta altura ni yo las recordaba.
No solo de opinión, de trabajo también. Estos últimos tres años había tenido tantos trabajos que ya comenzaba a entender a Trish de la serie Austin y Ally de Disney. Y no era porque me echaran o algo por el estilo —porque la verdad es que era muy buena empleada—, sino porque llegaba un momento que yo me hartaba de ellos y los dejaba.
Los que me habían durado un buen tiempo eran los últimos dos que tenía, y bueno, de una forma u otra había conseguido arruinarlo. Mi familia aún no sabía nada de eso, y estaba segura de que cuando vuelva a Londres me iba a esperar una charla con mis padres o, ¿Quién sabe? Quizá problemas más grandes.
Llevo otro puñado de papas fritas a mi boca, saboreándolas. No era nada sano comer papas fritas a las ocho de la mañana, pero era lo único comestible que tenía en casa porque había traído el paquete en uno de mis bolsos.
La primera noche en Positano había sido una completa mierda. Y no se trataba del lugar, que era bastante tranquilo a comparación con Londres, sino que se trataba de mis malditos pensamientos que no me dejaban descansar bien.
Primero, había llorado un poco porque extrañaba a mi familia y me sentía un tanto sola. Yo era una persona que estaba acostumbrada a estar sola, pero cuando se trataba de mi familia era otra cosa. Mis padres, mi hermano y yo siempre íbamos juntos a todos lados. Como toda familia, teníamos nuestros problemas, pero se podía decir que éramos bastantes unidos y que siempre estábamos en presencia del otro.
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Todo lo que somos juntos
Romance> Emma se siente perdida. Ya no sabe qué camino tomar en su vida y está cansada de que todos sus días sean iguales. Solo sabe que necesita encontrarse a sí misma. Por eso mismo, no duda en sacar un pasaje de ida a un pequeño pueblito en Italia con l...
