28| Oliver

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28| Oliver

Emma 

Siempre había sentido que la mejor forma de distraer a mi mente era cocinando. Lo usaba como un escape de la realidad. Por unas horas, me concentraba en solo cocinar y nada más. Y justo eso era lo que había hecho desde que Maggie se había marchado de mi casa; cocinar. 

Ni siquiera estaba segura de ser sería capaz de comerme el enorme pastel de chocolate con frutos rojos que había horneado. Era muy probable que una gran porción fuera para Maggie y otra para Gaga. Al menos me había distraído por un momento y no había pensado mucho en lo que sucedió últimamente con Austin. 

Sé que tendría que estar buscando pasajes de avión, pero aún no lo había hecho. No sabía por qué. Puede que esté intentando evitar explicarle a Noah qué pasó con Austin. Al menos, agradecía que mis papás no supiesen nada de él hasta ahora, porque habría sido bastante difícil de explicarles que lo nuestro terminó prácticamente antes de empezar.

No me había quitado el pijama en todo el día, y agradecía que Maggie me haya perdonado por no haber ido a trabajar. Supongo que entendió que hoy solo quería quedarme encerrada en casa y hundirme en mi miseria. 

Exactamente como estaba haciendo ahora; envuelta en una manta en el sofá, mirando una película romántica donde todo el mundo es feliz, y comiendo mi segunda porción de pastel. 

Era muy probable que dentro de algunos días me saliese algún grano por tanto chocolate, pero no podía importarme menos. Mi tristeza necesitaba chocolate. 

Miro mi móvil que se encuentra sobre la mesita de café. No lo había encendido en todo el día. Solo esperaba que mis papás o Noah no me hayan llamado. 

Había decidido apagarlo porque no tenía ganas de hablar con nadie, o puede que también para no caer en la tentación de llamar a Austin. Creo que en este momento me resultaría más fácil enfrentarlo sin tener que mirarlo a la cara. 

Suspiro y cojo otro bocado de pastel, la cuchara se queda a medio camino de mis labios cuando oigo a alguien llamar a la puerta. Hago las cosas a un lado y me pongo de pie, mirando de reojo toda la ropa que saqué de la lavadora y dejé sobre el sofá para luego doblarla. La guardaría, pero estoy segura de que es Maggie, y ella ya vio el despelote que es mi casa. 

Ni siquiera sabía por qué regresaba si se había ido hace ya unas horas. Seguro que se había olvidado algo. 

Con desgana, voy hacia la puerta. 

—¿Qué te olvidast…?

Mi cuerpo se congela cuando abro la puerta y veo de quién se trata. 

No era Maggie, era Austin. 

Su hermana tenía razón, él lucía… devastado. Sus bonitos ojos estaban tenidos de tristeza e intuyo que estuvo llorando, me preguntaba el por qué. Tenía ojeras, así que supongo que no durmió bien, y estaba desaliñado. La imagen hizo que mi corazón se oprimiese en mi pecho. ¿Acaso yo lucía igual? 

No había nada del Austin que había conocido cuando llegué a Positano. Este lucía cómo un Austin triste y devastado. Como si la vida le pesase sobre los hombros. 

No me gustaba para nada verlo así, en ese momento lo único que deseé fue atraerlo hacia mis brazos y abrazarlo. Pero no lo hice. 

—Austin… —susurro.

Si tenía que ser sincera, no sabía si él estaba de verdad parado frente a mí o era producto de mi imaginación. Si se trataba de lo segundo, tenía una mente bastante retorcida. 

Todo lo que somos juntos Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora