Cap. 2: la fiesta cliché.

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<<Es que esas risas sólo la comparten personas que ya se conocen>>

Pensé mientras rizaba mi pelo al natural recordando lo sucedido en la playa. ¿Cuál era la intención de Aaiden al recrear aquel maratón por un gorro? Hacerme rabiar. Eso seguro.

Subí mis botas hasta el tope observando mi fabuloso reflejo: falda negra con tiras plateadas por encima, guantes color gris más arriba de los codos y un top del mismo tono. Y lo que no debía faltar en una fiesta con temática vaquera: un sombrero color rosa que se moldeaba a mi cabeza.

Salí relajada de la habitación, dirigiéndome al parqueo del hotel.

— Te ves divina.

Dalton me regaló un dulce beso en la mejilla en tanto subíamos al auto. Los demás nos esperarían en la fiesta. La música ya me estaba llamando, solo Dios sabía lo que iba a pasar.

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Al entrar a la fiesta Dalton desapareció excusándose con no sé qué cosa. Me dirigí hacia la barra del fondo y pedí la bebida más extraña que tuvieran.

El local de tres plantas estaba ambientado en un estilo vaquero muy salvaje. Incluso había un toro mecánico en el centro donde varias personas luchaban por un lugar encima de el. Quizás lo probaría.

Me moví pasando de varios desconocidos, llegando así a la pista de baile donde una alocada Maia se movía al ritmo de Candy shop de 50 Cent.

— Vamos, Laia. ¿No dijiste que nos divertiríamos?

Ella tiró de mi brazo hasta pegar nuestras caderas y balancearlas al ritmo de la música. Rápidamente nuestros amigos se unieron a nosotras. Todos estaban allí, excepto...

Unos grandes ojos azulados me devolvieron la mirada desde el fondo de la barra. Le aparté la mirada.

Giré mi cuerpo lentamente de una forma sensual hasta pegar mi anatomía trasera con la de mi hermana mayor.

Lo vi fugaz, pero Aaiden bebió el líquido que tenía en la mano y desapareció de mi vista. Olvidé lo sucedido en cuanto una música latina inundó mis oídos. Los gritos de euforia se hicieron presentes y más cuando decidimos montarnos en una mesa e iniciar con el espectáculo.

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— ¡Ni muerta! ¡Ese toro me ha roto el glúteo! — grité separándome de la máquina sobando la zona adolorida.

¡Ese toro se mueve más que una lombriz!

Entré en el lugar más silencioso del momento: un balcón con vistas hacia altos edificios. Estaba vacío, o eso creí hasta que mis ojos se posaron en el rubio que encendía un cigarro al final de la barandilla.

¿Quién podía negar lo irremediablemente guapo que era?

Llevaba unos pantalones vaqueros a juego con una camiseta negra con varios botones sueltos. A eso súmenle un gran sombrero negro. Por las estrellas, nunca me había llamado tanto la atención el negro.

Con paso decidido me acerqué a él y tiré su cigarrillo al suelo:

— Tú madre ha dicho que no puedes fumar — dije mientras mi valentía disminuía al notar la manera inquietante en la que clavó sus ojos en mí.

Apretó los puños y respondió:

— Odio que le cuente mis problemas a todo el mundo.

¿Ese era su problema?

Mirándolo bien, no quedaba mucho rastro del chico juguetón de unas horas atrás.

— Pues si se lo ha dicho a mamá es porque debe de ser un punto importante — reflexioné.

Chasqueó la lengua.

— Ya, seguro que sí.

Llené de aire mis mejillas sin saber que responder a eso.

— Y tampoco somos todo el mundo, ¿sabes? — intenté bromear —. Ya que te quedarás con nosotras varios meses, es importante que mamá...

— ¿De qué diablos vas? — sentenció.

Lo miré confusa y el siguió:

— Deja de hablar como si en realidad te importara todo lo que está sucediendo, cuando claramente no es así. Vuelve dentro y enciérrate en tu burbuja de cristal perfecta, donde no tienes problemas que resolver.

Fue mi turno de apretar los puños y devolverle sus dagas, porque el alcohol en mi torrente empezaba a surtir efecto y estaba más que segura que en el suyo también:

— ¿De qué diablos vas tu? Puede que no estés aquí por mero gustazo, pero eso no significa que seas el único que tiene problemas solo porque mami y papi ya no sé quieran. Recuerda que un libro tiene más que la portada y el índice, imbécil.

Lo dejé allí con la palabra en la boca sintiendo como me salí un poquito de las rayas del límite. Por una parte no estuvo bien dejarle saber que tenía conciencia de algunos de los problemas que atravesaban sus padres, pero tampoco estuvo bien la forma en la que se refirió a mi.

Él no era el único que cargaba con los problemas que le habían dejado sus padres. Cada quien tenía un pequeño saquito en la espalda que ya ha dejado una generación.

De todas formas, no planeaba que se diera cuenta de lo que atravesaba yo.

Solo debíamos no mover las aguas por estos meses.

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El alcohol hacía efecto en mi sistema mientras buscaba a mis hermanas y amigos. Luego de la pequeña discusión decidí darle la oportunidad a unos exóticos tragos que brillaban en la barra. Supuse que fue una mala decisión al sentir el líquido que subía por mi garganta.

Me abrí paso entre la multitud en un intento fallido por llegar al baño. Fallido porque a medio camino Jace me tomó del brazo y a mi estómago no le quedó otra opción que expulsar el líquido a sus pies.

Uuuh.

Eso fue por ponerme los cuernos.

— ¿Qué...? ¡Que puto asco, Laia!

Una carcajada se me escapó en medio de la inconsciencia. Después de eso, caí rendida en un profundo agujero negro sin saber dónde ni cómo.

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Mi cliché de verano.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora