Cap. 9: el secreto de Maia.

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Cubrí mis ojos de los rayos del sol. Me removí en la cama buscando una mejor postura. En vano. Suspiré. Habían pasado ya tres días de lo ocurrido en el cine. Dalton desapareció y yo tuve que fingir que no había pasado nada frente a nuestros padres.

— ¡Laia! ¿Cuándo saldrás de esa puta habitación? Hace tres días no te vemos la cara. ¡Sal ya!

Ignoré los gritos de Maia y Alaia. Sin embargo, su insistencia contínua me hizo darme cuenta que debía hablar con ellas. Dalton era nuestro amigo y no quería que la estuviera pasando mal por mi culpa.

— Hola.

Al abrir la puerta Maia me besó en la frente y Alaia saltó directamente a mi cama.

— No puedes encerrarte en tu habitación cada vez que te pase algo, Laia. Debes hablar con nosotras antes de encerrarte en una burbuja con tan solo tu nombre. ¿Esas no eran nuestras regl...?

— Dalton se me declaró — confesé, dejando el discurso de Maia a medias.

— ¿Qué? — lo solté tan rápido que no sé si mis hermanas entendieron, lo que sé es que sentí un gran alivio al compartirlo:

— Me siguió hasta el baño, me confesó que llevaba toda su vida atrás de mi, que fui tonta al no darme cuenta. Me pidió una oportunidad. Oportunidad que yo no le concedí porque creo que me gusta Aaiden.

El sonido de un objeto impactando en el suelo nos sobresaltó. Miré a través de la puerta que Maia había dejado abierta a un sonriente Aaiden con aires de socarrón. Mis mejillas ardieron ante lo evidente. ¿Había escuchado eso?

— No puedo creerlo.

Antes de que pudiera detenerla, Maia salió en bola de humo de la habitación, abrió la puerta de casa y se marchó en su auto.

— Ya se le pasará — fue la respuesta de Alaia. Me tomó de las manos y me preguntó: — ¿alguna vez te has sentido atraída por Dalt? ¿Le has dado alas o algo por el estilo?

— Nunca he hecho nada parecido — respondí.

— Bien. Lo mejor será darle tiempo. Texteale y cuando esté listo, hablen. Pensándolo bien, él no es el único con el que tienes que hablar. Deberías hablar con Maia y con ese ese rubio que besaste.

Mi boca se abrió formando una enorme "O".

— ¡Vi como lo besaste y vi como te respondió! Eso no es de amigos, Laia. Eso es de dos personas que claramente están empezando a enamorarse. Así que suelta la sopa.

Y tuve que contarlo todo.

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El insistente tono del teléfono de casa no paraba de sonar. ¿Nadie podía atender? Entonces recordé que estaba sola en casa. Frustrada, me levanté a responder.

— ¿Hola?

— ¿Leopoldo? ¿Eres tú?

— ¿Disculpe? — contesté yo —. Creo que se ha equivocado.

— ¿Alaia? — respondió la voz. Era femenina, dulce e imponente.

— No, soy Laia. ¿Puedo saber quién habla?

— ¡Laia! — la sorpresa en su voz fue evidente —. Soy Lissy, la madre de Aaiden.

Fue mi turno de sorprenderme y sonreír.

— Lo siento. No la había reconocido.

Le pregunté cómo estaba, ella me contestó que no estaba del todo bien, sin embargo, hablar con su hijo podía hacerla sentir mejor. Quedé sorprendida cuando me contó que el segundo nombre de Aaiden era Leopoldo. A decir verdad, me costó no reírme. Porque la situación no lo ameritaba. Empero, lo que más me sorprendió fue el hecho de que Aaiden tenía que ir con una psicóloga esa misma tarde y él no había aparecido. No me había contado nada sobre eso.

Nos despedimos. Prometí llamarla en cuanto tuviera contacto con Aaiden. Ella prometió hablar más seguido con nuestra madre. No podía visitarnos por la orden de alejamiento que tanto ella como su esposo tenían hacía sus hijos. Quedé aún más atónita ante ese descubrimiento. No creía que fuera buena idea que ella fuera regando sus problemas así como así. Quizás a eso se refería Aaiden en la fiesta cliché.

Esperé pacientemente en el techo de casa a que Aaiden llegara. Por suerte llegó solo y escuchó cuando le grité que subiera por la parte trasera de la casa.

— No había visto esas escaleras — comentó al subir y sentarse junto a mi en el viejo sofá color beige.

— Seguro hay muchas cosas que no has visto, Leopoldo.

Se tensó notablemente al escucharme llamarlo así.

— ¿Quién...?

— Tú madre ha llamado — me sinceré.

Leopoldo soltó unos cuantos improperios. Al final quiso saber que había dicho.

— No me contaste sobre tu psicóloga — bajé la mirada jugando con mis dedos.

— No es mi psicóloga, no lo quiero así. ¿Recuerdas la amiga de mamá a la cual debí visitar hace poco? — asentí —. Ella es psicóloga. No te lo conté porque ir a su casa suponía ser una simple charla, no debía parecer una sesión o una consulta. Pero ella lo hizo sentir así.

Procesé sus palabras entendiendo que solo me ocultó la profesión de la mujer. Aún así, me hubiera gustado un poco más de información.

El tiempo se nos fue charlando.

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Caída la noche me encontraba en el mismo lugar. Pero con la gran diferencia de que a mi lado permanecía Maia. Y... lloraba sin mucho consuelo revelándome el secreto que llevaba consigo desde hacía dos años.

— Sé que no se elige a quien amar, ni de quien estar enamorados. Pero es un dolor tremendo el estar enamorada de alguien y saber que no te corresponde. Y duele aún más saber que esa persona está enamorado de tu hermana — froté mis sienes escuchándola continuar —. Dalton no solo es un chico lindo, es amable, inteligente y gentil. Su forma de tratarme me atrapó. Ahora entiendo que no era yo, si no tú.

— Lo siento mucho, Mai — contesté con cariño —. Yo nunca le he insinuado a Dalt que mis sentimientos por él traspasan la línea de la amistad. Al contrario. Le dejé las cosas claras en el baño del hotel. No es la persona que me interesa.

Sonreí.

Ella me imitó.

— ¿Te gusta Aaiden?

— No sé. ¿Quizás?

— Me alegra saberlo. Lo de Dalton y yo es imposible. Creo que ni siquiera existe un Dalton y yo — suspiró armándose de valor al mismo tiempo que secaba sus lágrimas con un toque de brusquedad —. Disfrutaré el verano. Me olvidaré de él. Iré a la universidad, me olvidaré de él. Me enfocaré en mis estudios. Y, lo más importante, me enfocaré en mi.

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Mi cliché de verano.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora