LA REGIÓN DE LA NOCHE

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Cuando despierto sé que no estoy muerto. Ante mí, un gran río subterráneo. A lo lejos se acerca una barca cargada de pasajeros guiada por lo que parecía una arpía. Parecían muertos vivientes. Inmutables. Silenciosos. Una antorcha dispuesta como dragón vikingo ilumina unos rostros llenos muerte.

-¿Estás muerto o eres un loco? –Pregunta el barquero-.

-¿Acaso no me ves?

-Mi desdicha es ser una arpía ciega y si te viera te arrancaría el corazón. Tú no pareces un muerto, y ellos no suelen preguntar lo que ya saben.

-Soy un demente iluminado –contesto-. Llévame a la otra orilla.

-¿A la orilla de los amigos?

-A la de los malvados.

-¿Acaso un loco no teme al Señor de la Noche?

-¡Preguntas! ¡Siempre preguntas!

Le enseñé entonces mi ushebti. La arpía, aunque no podía verla, sentía la protección que me otorgaba aquella imagen azul y mágica de terracota.

-¡No hay sitio para ti, aprendiz de magia!

-¡Por Amenonfis! –grité mientras sacaba el papiro de Nu y recitaba los versos que darían una plaza hacia la Región de la Noche:

"Después de ser embalsamado,

La familia anuncia el día del sepelio

A los jueces,

A los pacientes,

A los amigos,

Y nombrándolo en público, las aguas

El difunto debe atravesar".

El barquero ciego sabe que debe dejarme subir, y lo hace, porque he sido llamado para ser embalsamado por su Señor.

La Región de la Noche se divide en doce barrios a los que se entra a través de canales de aguas turbias y oscuras, cruzadas por puentes y túneles de hielo, del profundo hielo gélido del aliento de la Noche.

Uno de los sonámbulos pasajeros con ojos desorbitados y labios morados se dirige a mí:

-"Sólo la muerte representa la única idea grandiosa que asocia a todos los hombres a la marcha del Universo hacia el Bien y hacia La Verdad".

Reconocí el cadáver de mi maestro, y comprendía que él intentó lo mismo que yo, sobrevivir, aunque su aspecto determinaba su fracaso. ¡Pobre imbécil, tan cerca del triunfo de la vida!

-"Pero sólo el hombre de Bien, gracias a su virtud, participa del triunfo del Mal sobre el mundo".

Quedó entonces mudo, pues supo que había superado su rudimentario conocimiento de la magia funeraria.

Llegué al Barrio Decimoprimero, mi parada. Desde los escalones del atraque veía la antorcha que ilumina y guía a los muertos por La Región de la Noche al alejarse, y con ella la barca que los transporta por las aguas negras y siniestras.

El Tariquente, el maestro encargado de la momificación de los dioses, vino a recibirme o castigarme por la osadía de presentarme ante su espectro.

Le enseñé el papiro de Nu.

-Qué Jesús desde su sábana te respete, tú que tienes la salvaguardia de Amenonfis. Finalmente dijo: El Señor de la Noche te aguarda.

No dije nada. Le seguí sumiso. Tenía que pensar en vivir. Llegué aquí por casualidad a pesar de haberlo deseado toda mi vida, pero no voy a desaprovechar esta oportunidad de vencer a la Muerte. No va asustarme un tariquente sin rostro.

Pasamos por laberintos de arcos de hielo y pensé en lo que me esperaba. Me retirarían las vísceras, las pondrían en cuatro recipientes de oro para manjar de los dioses y las reemplazarían por vendas impregnadas de resina. Después, me embadurnaría todo el cuerpo con natrón, se vendaría y la putrefacción se evitaría con la resina...

-¿Has venido a mí para que te salve de tu patético destino? –Escuché una voz que salía de la profundidad-.

-¡No! ¡Yo te ordeno por el poder que me otorga el papiro de Nu que me devuelvas como guardián del Mundo!

-¡El Mundo y la Carne son miseria!

-¡Silencio! ¡¡Ábreme a mi Fortuna!

El Señor de la Región de la Noche quedó sorprendido por mi conocimiento.

-¡Así sea, hombre de NU!

El Tariquente pronunció el inicio del ritual:

"OM NE SU AH KAN

OM NE SU AH KAN

OM NE SU AH KAN"

Aparecieron entonces de la oscuridad cuatro grandes viudas negras. Me sujetaron de pies y manos; me pincharon con sus aguijones con maestría en distinta partes del cuerpo, inyectando un líquido blanquecino que fue paralizando mi cuerpo poco a poco, pero no así mi conciencia. Tenía los ojos abiertos y podía aún oír, como un murmullo, las palabras del Tariquente. Sabía lo que me esperaba. Sabía que todo terminaría pronto.

Me enseñaron la estatua de terracota azul que representaba el karma de mi cuerpo.

Las arañas, mientras, iban hilando mi cuerpo con delicadeza. Envolvieron mis pies, mis rodillas. Sentía el frío hilo sedoso que salía de sus entrañas. Sentía cómo se sumergía mi vientre y mi corazón bajo el suave vendaje que realizaban las tejedoras. Mi boca y, finalmente, mis ojos se oscurecieron igualmente. Aún así, Podía respirar. Respiraba, sentía un latido tenue en mi pecho. Estaba embalsamado, pero vivo. Entonces, hicieron una apertura en el ángulo de la boca con un azuelo de hierro. Expiré con fuerza al exterior todo el aire que pude, aunque parecía no salir, sino que era absorbido por alguien. ¡Sí, el Tariquente! Absorbía mi aire; hasta que quedé vacío. Me asfixiaba. ¡Dios, no puedo morir!

Al cabo de unos segundos, volvió el aire. El sirviente del Señor de la Noche me inspiró nuevamente mi aire en los pulmones, pero purificado con el Ka de su amo. Su rostro hueco era el precio de tal honor. Esa era la función del Tariquente, purificar el aire de los difuntos para el paso a La Eternidad. Cuando hubo acabado, las viudas negras volvieron a cerrar el orifico de la boca para siempre. Pero ya no tenía miedo a la Muerte. Noté que me los arácnidos me transportaban. Seguramente me llevarían a la "Casa del Oro", el habitáculo desde el cual viajaría a través de otras dimensiones. Me depositarían sobre la arena con el rostro hacia el Sur. Conocía el rito. Y rodeado de oro esperaría a que entrara el sol por la única abertura que existía en las profundidades de este Averno hacia el mundo celeste: El Laberinto de las Esferas. Pero mientras ese momento llega, me purificarían con agua sagrada y semillas de resino odoríferas para protegerme de las arpías de la noche, los únicos seres que no respetaban ni el mandato de los dioses. Depositarían también a mi lado la estatua de terracota azul. Escuché los gritos de un hombre asustado. Oí que ofrecían sus piernas y su corazón. Después una mujer. Sentía la sangre de las víctimas sacrificadas bajo el embalsamado de la arañas. Finalmente, la sangre de un gallo dorado. Cogieron la estatua y la hundieron en una piscina de oro mientras el Taquirente leía los fragmentos sagrados que transportaría mi alma a una eternidad universal.

Todo terminó como había empezado:

"OM NE SU AH KAN"

Y comprendí que perdía mi aliento. Me asfixiaba. ¡No! ¡No debía morir! ¡Tenía que ser Eterno!

Mis pensamientos se interrumpieron por la risa tenebrosa del Señor de la Noche. -¡La eternidad no existe, iluso mortal! ¡Ni siquiera para los dioses!- ¿Escuchaba mi conciencia? –Sólo con K.I.B.U. hallarás el control del tiempo celestial.

¡No puedo morir! ¡No! ¡No puedo...!

K.I.B.U.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora