Melibea paseaba bajo los árboles de hojas rojas que procuraban sombra a su jardín y se perdían en el infinito; sus pies crujían en cada pisada las hojas caídas en el final del otoño. El invierno, que ya se aproximaba lamentablemente para ella, era una estación que aborrecía. El frío comenzaba a ser cada día más intenso a causa de los vientos del norte que traen en su largo viaje el incipiente ambiente gélido de la futura nieve, arrastrándolo a la Residencia... ¿Acaso debía morir esperando a su amor? ¿Iba a desaparecer en una tierra que no invita a hacer la oración ni a beber vino para olvidar que se vive? Pensaba en abandonar para siempre el placer que el amor le había traído y precipitarse de lleno al fuego de la lujuria, que siempre será más dulce y agradable que la soledad y el frío. Sin embargo, la desesperanza que trae el amor no correspondido hace que no pueda olvidar el gozo que le trajo la revoltosa pasión pasajera que un día tuvo, y por eso, a pesar de odiarlo, deseaba que llegara el Averno y trajera a su amado de vuelta de ese viaje que lo alejó, aunque probablemente -ella lo intuía- fuera para siempre.
Como mujer necesitaba a un hombre, pues la experiencia de sustituirlo por otra mujer no le fue satisfactoria del todo, porque no dejaba de pensar que había una leve esperanza de que viviera un hombre en perfecto estado físico, y que fuera su amante eterno. Así, a la espera, extendía sus mimos a su huerto plantado de árboles frutales, bajos y aromáticos, en los que ocultaba las lágrimas de su nostalgia. Caminaba hacia la alberca central ideada para refrescar el calor del verano. Mantenía sus aguas de color gris y reflejaba, como un triste espejo sinuoso, la arquitectura de un pabellón emparentado a una torre que servía a los vigilantes de atalaya. A unos pocos metros, había otro pabellón más pequeño con dos puertas en arco que daban la entrada a las duchas refrescantes del tanatorio (¡buen recuerdo tenía de ese lugar!); junto a éstos, unos setos de arrayán abrían un laberinto bajo un arco de dos huecos cubiertos de algas rojas, el camino por el que su adorado, su único amor, desapareció no sabía hace cuanto tiempo.
De pronto, sus elucubraciones se detuvieron, porque alguien se acercaba sin cuidado, con pisadas rápidas e imprecisas. No podían ser los celadores, porque no hacen ruido. Era alguien, dedujo, y se camufló entre las plantas verdes del jardín. Era un joven bien parecido el que andaba perdido, y como hacia tiempo que no veía a un hombre hermoso, su instinto natural le traicionó.
-¿Quién me visita en mi soledad? -se extrañó ella misma de haber hablado, pues al menos el último año sólo lo había hecho con el amante de Margarita, un tal Fausto-.
-¿Quién lo pregunta? -contestó el joven que no podía ver a Melibea, escondida entre las plantas-.
-¡Soy la reina de la Desgracia! ¡Soy Melibea! -le salió del fondo de su torturado corazón-.
-¿Desgraciada por morir desde La Torre o por haber amado?
El joven parecía haber leído La Puta Celestina, o al menos la contraportada, y odiaba que siempre creyeran que era ella la protagonista. Pues no, ella no era la protagonista.
-¡Yo no soy esa que crees! Ni desgraciada por morir o amar, sino por encerrada y abandonada.
-¿A causa del amor o de la muerte? -preguntó el joven, que no paraba de buscar alrededor de donde escuchaba la voz-.
-Por loca. Pero, ¡quién me visita? -volvió a preguntar, recelosa-.
-Mi nombre es León, y me he perdido entre las sombras.
-Muy común en este lugar.
-¿Pero dónde estoy?
-En mi jardín -dijo mientras aparecía de entre las ramas verdes y frondosas en las que se había ocultado-.
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K.I.B.U.
MizahEl rey Neferkere antes de morir cede el legado para gobernar el reino a su sucesor. Pero El príncipe heredero parece tener otros planes para su reinado.
