Atravesé los arcos de las algas bermejas, que flotaban formando una imagen casi onírica- fálica, reconfortante, y cuando lo hice, mi cuerpo perdió la noción de la existencia y se precipitó a gran velocidad por un túnel de cristal sobre el que se reflejaban traslúcidas cientos de colores que me recordaban los efectos del ácido "Batman" (¿o era "Mickey"?) allá en mi juventud. Mi cuerpo era un péndulo oscilando en el vacío. No sé cuanto tiempo estuve así, con una gran sensación de pérdida de equilibrio; hasta que caí sobre un montículo de arena. Nada más detenerse mi cuerpo, vomité, pero no salió nada de mi estómago. Tampoco recordaba cuando fue la última vez que comí algo, ya fuera caliente o no. Me puse en pie, y pude observar que me hallaba en lo alto de una duna de un extenso desierto del color del escorpión emperador. La única luz era la de la luna llena, que sobre el horizonte, estaba en su máxima altitud nocturna. El viento soplaba de forma continua y levantaba un polvo espeso y sombrío que transportaban en sus entrañas sonidos que, si al principio eran susurros suaves y misteriosos; al poco tiempo, pasaron a destellar un cierto recuerdo ancestral y primitivo, para terminar en un chirriar de alimañas asustadas. Comenzó a ser insoportable, irritante, destructivo, y me vino a la cabeza la idea de que todo fuera causado por el veneno que soltaba el desierto alacraniano, como si tuviera vida propia. Siempre he creído que la Naturaleza está viva, que es un ente superior al hombre, de por sí iracundo y vulcaniano. El desierto iluminado por la tenue y siniestra luz de la luna dejaba entrever, mediante sorprendentes claroscuros, las crestas de las dunas, algunas de las cuales alcanzaban una altura considerable. No sé por qué, al comprobar la infinidad del paisaje, pensé en la grandeza de la Luna y su adoración prehistórica. No era realmente un laberinto, pero seguro que podría estar cientos de años caminando sin encontrar la salida. Pero qué más da, pues parece que aquí tengo tiempo, mucho tiempo para estar perdido. Muevo los pies, que se van hundiendo en la cada vez más fría arena. Sin rumbo, esperando que la diosa Luna corone mi cabeza. Se va levantando brumas de diminutas partículas vivas que van danzando al son de los cada vez más estridentes sonidos que arrastra el viento warneriano y pululan a mi alrededor e invitan a bailar con frenesí. Se va formando una niebla brillante que toma el color de la nieve de las altas montañas al precipitarse en alud y brilla igual que el agua reflejada de un atolón oceánico agonizante. La niebla se divide en tres masas diferentes y se retuercen de forma virulenta. Creo reconocer un tango a tres, a tres brumas, a tres sombras níveas. A veces no puedo dejar de pensar en si no estaré todavía bajo los efectos del LSD. Esto podría ser un mal viaje; pero me temo que eso sería una fácil explicación. El sonido cruento que envuelve el paisaje, se detiene. De las brumas blancas se desprende un susurro de palabras dulces y embriagadoras. Se introducen en mis pulmones y tienen un sabor al vino dulce de una tierra próspera. Las voces me van emborrachando, y sin poderlo evitar, de mis labios sale una especie de poema dulci still nuove: "Estoy herida, en dulce fuego d'amor me consumo, que tenéis ojos bellos y lindos cabellos; que matáis de veros sólo. Que si soy desamada ¿qué me haré, apenada, si no pasa?". Ni el desalentado Eolo puede explicarme qué me pasa, pues no hay ningún tripi experto en literatura, y menos, hoy en día, en poesía. Además, ¡qué coño! ¡Odio la poesía! Como un "poison" de lento placer, me siento enamorado de las brumas, subyugado por sus sones de amores perdidos en algún libro de extractos literarios. Me siento Ulises; me creo un marinero apresado por las voces de las Sirenas, las sílfides del piélago profundo y abisal. Pero quiero. Quiero escuchar sus voces, su canto seductor y adictivo, su empalagosa miel adictiva: "De vos enamoramos ¿y nos atormentáis? ¡Ay, amor! De noche de vos son los sueños, que voláis a mis brazos ¿qué haré, si apenada, soy desamada?
Cada suspiro de amor atraviesa mi corazón como la piedra filosofal que convierte el oro en felicidad. ¿Moriré escuchando el pesar de las poetisas? ¡Quiero besarlas, amarlas, poseerlas, seducirlas, acariciarlas, saborearlas, lamerlas, endulzarme con su fragancia, estallar frenético en sus brazos...enamorarme!
De repente, en mi bella alucinación acidática, aparece esa criatura que se llama a sí misma Melibea.
-¿Tienes que beber el líquido que te encomendé si quieres salir de aquí! -habla ella con eco-.
-¡No arruines mi dicha! -le grité, enfadado por interrumpir mi éxtasis-.
-Soy tu amiga y quiero ayudarte.
-¡Eres una lagarta ida! ¡Quieres pescar mi libertad!
-Si besas a esas brumas blancas te convertirás en arena negra y llorarás para siempre de desesperación, como esos sonidos moribundos que arrastra el viento, que no son más que infelices seres condenados por amar a las Voces del Laberinto.
Está loca, de verdad. Yo no.
Entretanto, las brumas blancas, intentaban ahogar a Melibea, cuya voz se iba perdiendo lánguidamente por el abrazo de mis amadas elfas sin que pudiera hacer nada. No obstante, la reté.
-Si eres capaz de hacerme sucumbir de amor, me beberé el brebaje -dije, convencido de que no podría igualar el candor de las melosas voces-.
-¿Acaso olvidas que soy una mujer? -contesta irónicamente-, ¿no sabes que cualquier cuerpo femenino tiene más valor que una sombra inalcanzable?
Alza las manos hacia la Luna, y recita.
-¡Del mar olas, por amor suspiro! ¡Del mar olas, respiro por amor! ¿Si te vas que haré?
¿Qué será de mí? ¿Qué del mar? ¡Si te vas, que se ponga el Sol allá donde tengo el amor, que allá muriese con mi dolor, que no de mí marchase con este rencor!
¡¡Sorprendente!! Jamás imaginé que una mujer loca pudiera imitar tan bien los poemas ibéricos medievales.
Se desvaneció con la última estrofa, pero como mi palabra es deuda, tuve que beber del frasco que me dio. Había sido tan convincente que incluso las brumas desaparecieron. En su lugar volvieron esos quejidos que purgaban por haber amado a unas voces maléficas, aunque a su favor hay que decir que el amor es ciego, ni siquiera tuerto. Apenas bebí la última gota del elixir, se escapó el desierto negro, se esfumó, igual que los quejidos.
Apareció ante mí un largo camino sinuoso de un amarillo polvoriento que divide en dos un campo trillado, sobre el cual, la sombra alargada de un único ciprés abre un surco opaco sobre la tierra semejante a una larga herida de lanza en el costado.
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K.I.B.U.
HumorEl rey Neferkere antes de morir cede el legado para gobernar el reino a su sucesor. Pero El príncipe heredero parece tener otros planes para su reinado.
