Un joven amante de la historia, tras un trágico accidente, despierta en el antiguo Tawantinsuyo como un alto miembro de la nobleza incaica, pocos años antes de la caída del imperio.
Mientras se adapta a su nueva vida, se enfrenta a la posibilidad de...
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Valiente responde al llamado, su amada esconde una lágrima. "Ya no te voy a ver", susurra con pena. En el horizonte se pierde. Wiracocha, protégelo, suplica anhelante.
Se había dispuesto que el ejército de Ninan Cuyuchi se reuniera en Kashamarka, una ciudad de gran importancia en la región norte del Tahuantinsuyo. Su nombre en quechua, "Pueblo de la sal", reflejaba su fama como centro de producción de sal y comercio. Su posición estratégica en el norte la convertía en un punto de reunión ideal para las tropas, además de proporcionar acceso a diversas rutas que llevarían al ejército hacia las tierras de los chachapoyas.
En Kashamarka, los generales Ayar Cuchi y Qori Killa ya aguardaban, ocupados en supervisar los suministros y la formación de las tropas. No podían evitar tener serias dudas. Sabían que quien los dirigiría era un joven que jamás había pisado un campo de batalla, pero nada podían hacer. La voluntad del inca era sagrada, y tenían que cumplirla, aun sabiendo que quizá esta orden los llevaría a la muerte.
Por su parte, el príncipe heredero había estado ansioso por llegar a Kashamarka lo más pronto posible y comprobar personalmente la preparación de sus soldados. Después de unos días de viaje, finalmente arribó junto a su séquito. Ninan Cuyuchi, enérgico y emocionado, se dispuso de inmediato a revisar a sus soldados y evaluar sus condiciones. No se encontraba para nada cansado, pese al extenuante recorrido del que acababa de llegar, aunque esto se debía en gran parte a que había sido transportado en una lujosa litera, llevada por varios porteadores.
Fue recibido solemnemente por dos hombres muy diferentes entre sí. Según se le había informado de antemano, ellos debían ser sus dos generales. Aunque le brindaron un respetuoso saludo como hijo y heredero del inca, sus ojos no reflejaron tanta devoción. Era entendible, dadas las circunstancias.
Los observó con detenimiento. Lo más llamativo de Ayar Cuchi era su cabello, blanco como la nieve, adornado con algunas plumas de colores. Era un anciano imponente, de figura alta y robusta, con marcadas arrugas que delataban sus largos años de experiencia. Su escudo de cuero de llama tenía incrustaciones de metal, y su larga lanza, finamente decorada con una punta dorada, relucía bajo el sol.
Su contraparte, Qori Killa, tenía un aspecto atlético y enérgico. Era lo más parecido a las ilustraciones de guerreros incas que Ninan Cuyuchi había visto en su vida anterior. Portaba una macana de madera dura con incrustaciones de obsidiana afilada en los bordes. Sus brazaletes de oro brillaban con intensidad. ¿Los habría pulido para lograr ese efecto?
Ninan Cuyuchi estaba bastante satisfecho con estos elementos puestos a su disposición. Ambos generales tenían el porte y la gallardía que esperaba, pese a la rebeldía oculta en sus miradas. No importaba; ya ganaría su sincera lealtad poco a poco. Además, no podían desobedecerlo directamente, así que podían tener todas las dudas que quisieran, siempre y cuando cumplieran sus órdenes.