Despierta ahora, mi amada,
Aquí, en mi cielo, solo tú puedes brillar.
En tierra extraña, te espero ansioso,
No me olvides todavía.
Quiero verte antes de partir,
la Pachamama ya me llama,
a sus brazos he de volver.
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La neblina bloqueaba la visión en la profunda espesura, pero no era obstáculo alguno para que, por aquel oculto camino de piedras, dos niños corrieran locamente, riendo con una alegría tan contagiosa. Ambos, tan veloces y acostumbrados a ese entorno, se movían libres como el viento entre los árboles.
—Anoche tuve un sueño... soñé que caías de muy alto —lo miró preocupada.
—Es solo un sueño, no te preocupes. Yo nunca me caigo.
—¡Mentiroso! Te caíste ayer.
—Eso no cuenta... —intentó excusarse con las mejillas rojas.
La niña, con gran agilidad, trepó una gran roca al borde de un precipicio que había por allí.
—¡Ahora no me alcanzarás! —gritó Ayari, riendo triunfal desde su refugio.
Fueron días tranquilos aquellos, lejos de las preocupaciones y dilemas. Yana Puma se sentó a su lado, siguiendo su mirada. Mientras contemplaban la inmensidad del paisaje, su expresión se volvió seria de pronto, y en sus ojos brilló una madurez impropia de un niño.
—Cuando sea grande, haré que nuestro pueblo sea el más fuerte —dijo con una firmeza que sorprendió incluso a Ayari—. Tan fuerte que sacudiremos la tierra.
Ayari lo miró con admiración, pero también con un toque de tristeza.
—Eso suena muy solitario. ¿Y si, en lugar de ser fuertes, encontramos una manera de ser felices?
Yana Puma no supo qué responder. Antes de que pudiera decir algo, el sonido de una señal resonó en la distancia, llamando a los niños de vuelta.
—Es hora de irnos —dijo Ayari, poniéndose de pie y extendiendo su mano—. Mañana seguimos jugando, ¿de acuerdo?
Yana Puma tomó su mano y asintió. Ayari, con una sonrisa traviesa, echó a correr, dejándolo con una sensación de calidez que no entendía del todo.
El sonido de los tambores de guerra resonó en el aire, trayéndole momentáneamente al presente. El aire olía a tierra mojada y humo. Yana Puma yacía en el suelo, su cuerpo destrozado por las heridas de la batalla. El sonido de los tambores de Kuélap seguía llegando a sus oídos, distante, muy distante. Pero su mente, cada vez más difusa, volvió a vagar hacia un lugar lejano, hacia un tiempo en el que el mundo era más simple.
—¡Nunca me encontrarás! —gritó Yana Puma, escondiéndose detrás de un gran árbol. Su corazón latía con fuerza, no por el esfuerzo de correr, sino por la emoción de estar cerca de ella.
Ayari se detuvo, fingiendo cansancio, y se apoyó en el tronco de otro árbol.
—¿Y si te digo que sé dónde está el nido del colibrí dorado? —dijo con una sonrisa pícara, sus ojos brillando como dos estrellas.
Yana Puma salió de su escondite, intrigado.
—¿En serio? ¡Llévame! —exclamó, olvidando por completo su juego de persecución.
Los dos niños caminaron juntos, adentrándose en el bosque. Ayari lo guió con seguridad, como si conociera cada rincón de aquel lugar. Hablaban de todo y de nada mientras avanzaban: de las historias de los ancianos, de los pájaros que cantaban al amanecer, de los sueños para el futuro. Ayari siempre tenía una manera especial de ver las cosas, como si el mundo estuviera lleno de posibilidades que solo ella podía ver.
Finalmente, llegaron a un claro donde un pequeño colibrí dorado revoloteaba alrededor de un nido cuidadosamente tejido entre las ramas de un arbusto. El ave era un espectáculo de belleza; sus plumas brillaban como si estuvieran hechas de oro.
—Es hermoso —susurró Yana Puma, maravillado—. ¿Cómo lo encontraste?
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Imperio Inca un nuevo amanecer
Historical FictionUn joven amante de la historia, tras un trágico accidente, despierta en el antiguo Tawantinsuyo como un alto miembro de la nobleza incaica, pocos años antes de la caída del imperio. Mientras se adapta a su nueva vida, se enfrenta a la posibilidad de...
