Semillas de un Nuevo Orden

274 28 16
                                        

-----------------------------

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

-----------------------------

La tierra donde días antes se libró la gran batalla era conocida por los locales con diversos y llamativos nombres. Sin embargo, Ninan Cuyuchi decidió bautizarla definitivamente como Bagua, el nombre que llevaría en un futuro lejano, durante los tiempos de la república, un nombre derivado de uno de los más importantes y poderosos pueblos de la región, "los baguas". Esta región no pertenecía directamente a las etnias chachapoyas, sino que se encontraba en la periferia de su territorio, habiendo recibido su influencia en el pasado. Tras la llegada de Túpac Yupanqui, el área pasó a estar bajo control inca y fue integrada parcialmente en su sistema administrativo. Sin embargo, con el reciente conflicto, estas zonas quedaron libres de gobierno. Aunque no mostraron hostilidad abierta.

En la zona había múltiples asentamientos dispersos, pequeños y medianos, con poblaciones que variaban desde unas pocas docenas hasta 200 o 300 habitantes. Estas comunidades pertenecían a diversas etnias, principalmente a los baguas, pero también a algún que otro asentamiento awajun y wampis. Por supuesto, también había poblados chachapoyas. Cada grupo tenía costumbres y tradiciones tan diversas que los hacían muy diferentes entre sí y con los incas.

Ninan Cuyuchi, en su vida pasada, había interactuado con algunos awajún. Sabía que eran numerosos en lo profundo del Amazonas, llegando a formar asentamientos de miles de habitantes y poderosas confederaciones. Otras etnias también tenían poblaciones similares, pero afortunadamente, estas se encontraban más adentro de la selva. Aquí solo había pequeñas aldeas, nada que pudiera amenazar a su ejército.

Además, estas confederaciones rara vez mantenían la paz por mucho tiempo. Aunque compartían lengua y cultura, los conflictos de sangre entre ellos eran frecuentes. Los chachapoyas tampoco estaban exentos de disputas similares; se habían unido bajo un solo mando durante la invasión de su abuelo Túpac Yupanqui, pero antes de eso, las ciudadelas más poderosas se habían enfrentado generación tras generación.

Ninan Cuyuchi confiaba en que estas rencillas pasadas, suprimidas durante la integración al imperio, volverían a florecer, desbaratando los planes de Yana Puma. Mientras esperaba, decidió aprovechar el tiempo poniendo en marcha otro de sus proyectos: fundar un nuevo asentamiento. El lugar elegido fue la pampa donde se libró la batalla. Desde allí, conectaría con un amplio camino las fortificaciones del río Marañón con su nuevo asentamiento, que llevaría el nombre de Bagua. Esta ruta seguiría hacia una futura ciudad, que por ahora solo existía en su imaginación y en sus recuerdos. Sería la capital de la región una vez que la rebelión fuera sofocada.

Sabía que solo estaba sembrando las semillas. La construcción de un asentamiento que se convirtiera en una ciudad era un proyecto a largo plazo, que involucraría factores como el tamaño, la complejidad, los recursos disponibles, la mano de obra y la planificación estratégica. En el caso de Bagua, un asentamiento más pequeño, la construcción podría llevar unos pocos meses. Sin embargo, la capital que planeaba levantar en el corazón de las tierras chachapoyanas podría tardar años en alcanzar la magnificencia que imaginaba.

—"Afortunadamente, este cuerpo es muy joven. Puedo esperar" —murmuró para sí.

Además, según sus recuerdos, desde la rebelión de los chachapoyas hasta la muerte de Huayna Cápac faltaban muchos años. Había tiempo de sobra. Sembraría todas las semillas que pudiera, y con trabajo duro, la ayuda de Dios y un toque de suerte, todas florecerían antes de la llegada de Pizarro.

Los incas contaban con ingenieros y arquitectos altamente habilidosos, como lo demostraban sus monumentales obras. Sin embargo, era sorprendente que no hubieran utilizado la rueda para propósitos prácticos, como medio de transporte o en la construcción. Esto no significaba que desconocieran su existencia; la rueda aparecía en juguetes y cerámica, pero no se implementó de manera significativa en su infraestructura. Probablemente, la topografía montañosa de los Andes hizo que su uso fuera menos práctico. En su lugar, los incas desarrollaron un eficiente sistema de caminos y transporte humano.

Pero Ninan Cuyuchi, conocedor de los beneficios de la rueda, decidió introducirla formalmente en las técnicas incas. Estaba seguro de que aceleraría la construcción de sus ciudades. Con este propósito, creó un nuevo grupo en su campamento, dedicado enteramente a la planificación y construcción. Aunque contaba con pocos expertos en su séquito personal, entre los reclutas había personas con habilidades técnicas y conocimientos de construcción, así como artesanos. Los puso bajo el mando de uno de sus capitanes y les compartió lo que sabía sobre la rueda, la polea, la grúa y otros inventos útiles. Su primera tarea sería la planificación urbanística de Bagua, incluyendo calles, plazas, edificios públicos y áreas residenciales. Como toque personal, Ninan Cuyuchi pensó erigir un monumento que conmemoraría su victoria cuando volviera al final de su campaña.

Habiendo dado el primer paso para que Bagua renaciera en este mundo, surgió otro dilema: ¿cómo poblaría el asentamiento? Los baguas ni siquiera estaban enterados de esta nueva ciudad que, en cierta forma, se está apropiando de su nombre; debía convencer a estas personas de mudarse de manera voluntaria. Solo así conseguiría que contribuyeran al crecimiento y prosperidad de Bagua.

Se le ocurrió una idea: invitaría a los jefes más influyentes de las comunidades cercanas a una audiencia con su "sagrada" persona. La palabra "invitación" era clave; sería su decisión aprovechar o no esta oportunidad. Entre las numerosas comunidades, eligió a cinco jefes. Según los informes de sus Ñawi Pununa, estos líderes se distinguían por su influencia y sabiduría, y sus comunidades eran las más numerosas. Tenía un plan para ellos; solo tenían que caer en su trampa.

Meciéndose relajadamente en una hamaca que mandó instalar, Ninan Cuyuchi maquinaba. De vez en cuando, reía de manera extraña, casi maquiavélica, lo que ponía nerviosos a sus guardias, quienes veían en él la manifestación del poder de los dioses por las extrañas palabras que a veces se le escapaban en una lengua que no se parecía a ninguna que hubieran escuchado. Esto, sumado a su ahora más errática personalidad y a los conocimientos que parecía conjurar de la nada, le daba un aire aún más misterioso.

 Esto, sumado a su ahora más errática personalidad y a los conocimientos que parecía conjurar de la nada, le daba un aire aún más misterioso

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Imperio Inca un nuevo amanecerHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora