Un joven amante de la historia, tras un trágico accidente, despierta en el antiguo Tawantinsuyo como un alto miembro de la nobleza incaica, pocos años antes de la caída del imperio.
Mientras se adapta a su nueva vida, se enfrenta a la posibilidad de...
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En un pasado distante, cuando una de las más grandes civilizaciones de la historia aún dominaba gran parte del sur del continente, en una esquina de este vasto imperio, muchos hilos del destino se estaban rompiendo y volviéndose a tejerse, alterando el orden natural de las cosas.
Ninan Cuyuchi arrojó la manta que lo cubría y se incorporó con pesadez. Su rostro, marcado por grandes ojeras y pómulos hundidos, revelaba el escaso descanso que había logrado. Pero no tenía tiempo para perderse en lamentaciones. Obligándose a enterrar, al menos por el momento, las profundas tribulaciones que lo atormentaban, recuperó la lucidez suficiente para ponerse en movimiento.
Contra todo pronóstico, no hubo más derramamiento de sangre ese día. Yana Puma y lo que quedaba de su ejército se habían retirado, según los informes de sus espías, en dirección a Kuélap. Ninan Cuyuchi respiró aliviado; esto le daría un respiro necesario. Al recibir los informes de Ayar Cuchi, confirmó sus sospechas: a pesar de la victoria, sus pérdidas también habían sido enormes. Más de un tercio del ejército que lo acompañó desde Kashamarca estaba incapacitado, muerto o gravemente herido. Los que aún podían luchar no sabía si serían suficientes para culminar lo que habían comenzado.
Pero Yana Puma debía estar en una situación similar. En Bagua, había lanzado lo mejor que tenía para aplastar a los incas de un solo golpe, pero fracasó estrepitosamente. Por valientes que fueran los chachapoyas, seguían siendo humanos, y su moral debía estar por los suelos. Una victoria tiene muchos beneficios, entre ellos la cohesión. Si Yana Puma hubiera vencido, habría obtenido el apoyo total de viejos y jóvenes, mujeres y niños deseosos de unirse a su cruzada, pero ahora seguramente surgirían voces disidentes, cuestionando su capacidad para liderar. El fracaso nunca es perdonado, ni en esta ni en ninguna otra época.
Los chachapoyas, aunque en el pasado fueron considerados un reino, nunca tuvieron un rey absoluto. Estaban formados por múltiples centros de poder dirigidos por curacas, quienes, en tiempos de guerra, elegían al mejor para guiarlos, en una especie de democracia aristocrática. Yana Puma ostentaba ese cargo, pero ahora, a la luz de sus derrotas, seguramente aparecerían rivales dispuestos a arrebatárselo.
Si avanzaba ahora mismo hacia Kuélap, las posibilidades de triunfo eran cincuenta y cincuenta. Lo más prudente sería solicitar refuerzos a Cusco, pero hacerlo sería admitir que él también había fracasado. Su padre acudiría con su propio ejército, y cualquier mérito le sería arrebatado, relegándolo a cuidar llamas. Quizás eso no fuera tan malo después de todo...
Analizando sus recursos y los del enemigo, se preguntó si debía apostarlo todo y atacar hasta destruir o ser destruido. No, nunca fue bueno con las apuestas. La vez que descargó una aplicación para ello, perdió casi todo su dinero. Tenía que ir a lo seguro, pero ¿qué podía hacer?
Reflexionando sobre lo que habrían hecho los grandes estrategas que habitaban en sus recuerdos, llegó a la conclusión de que la mejor opción era no hacer nada, permitiendo que el caos se apoderara de los mandos chachapoyas. Si atacaba de inmediato, se mostraría como una amenaza inminente, y Yana Puma aprovecharía la situación para unir a su pueblo en su contra. Pero si detenía su avance, daría margen para que las semillas del conflicto germinaran entre los chachapoyas.
Divide y vencerás. Juntos, los chachapoyas eran una seria amenaza, capaces incluso de formar un nuevo ejército. Pero cada curaca por su cuenta podría caer con facilidad. Con suficiente persuasión, tal vez incluso podría atraer a algunos de ellos a su bando, ya fuera por ambición o para proteger a los suyos.
Habiendo tomado su decisión, compartió sus reflexiones con Ayar Cuchi, buscando orientación para los próximos pasos. El viejo general no lo cuestionó; confiaba plenamente en él, habiéndolo aceptado completamente como su señor. El consejo de guerra se sentía vacío sin la ruidosa presencia de alguien que ya no volvería.
Decidido el curso de acción, llegó el momento de honrar a los caídos y prepararlos para su viaje al más allá. Qori Killa, valiente y orgulloso, había caído heroicamente; a él y a todos los que perecieron en la batalla de Bagua había que despedirlos con el honor que merecían. Las ofrendas se colocaron con esmero, y el fiambre para su travesía se preparó con gran cuidado.
—Mi buen amigo, tomaré prestado esto —dijo Ninan Cuyuchi mientras sostenía el arma de Qori Killa—, pero no te preocupes; no estarás desprotegido en tu camino. Muchas otras armas he colocado para servirte.
Ninan Cuyuchi quería conservar esa arma como un recordatorio del precio de sus decisiones. Planeaba que reposara en un gran mausoleo que mandaría construir, donde descansarían los recuerdos de Qori Killa y de todos los que seguirían muriendo por su causa.
Tanto chachapoyas como incas recibieron el mismo trato en la solemne ceremonia, pues la muerte no hace distinciones. Los instrumentos musicales entonaron notas bellas y tristes, mientras un yaraví, un lamento de despedida, se elevó en compañía de las quenas:
El viento ahora está callado, callado para escuchar mi lamento. El dolor ahora está en silencio, ya no hay dolor, ya no hay más penas. Se han marchado, por abajo se han ido. La quena llora triste, triste como un pájaro sin nido. Llueve, llueve, limpia las manos de sangre. Ahora descansan, ya sea noche o día. Descansan, hay que preparar su fiambre. Libres están, lejos se van. Vayan en paz, duerman hermanos, duerman hermanos...