Casi no pudo dormir en toda la noche. Lanzó una vasija de arcilla con fuerza, haciéndola pedazos. Respirando hondo, salió fuera. El sol apenas estaba despidiendo sus primeros rayos. Contempló cómo su luz se extendía de manera visible sobre las montañas; eso le dio cierta calma.
Pidió que se presentaran ante él los curacas que habían venido en su ayuda. El tratado con Mama Quilla había dado buenos frutos después de todo. Habría sido bueno comer un poco antes de la reunión; ahora tenía hambre, pero ¿qué se le va a hacer? Sentado en su frio trono, aguardó.
No tardaron en aparecer. Seguían utilizando su indumentaria de guerra, más vistosa y elaborada que la de los demás, propio de la nobleza. Al frente de ellos iba un hombre que asumió era el curaca de Purunllagta, porque a su lado estaba la inusual jovencita que había acompañado a Mama Quilla cuando se vieron por primera vez. Detrás de ellos estaban una docena de hombres y algunas mujeres: los señores de la Jalca, Chuquibamba y Huambo. Estos últimos le llamaron más la atención; tenían los rasgos aún más marcados que los demás, casi como si estuviera viendo celtas en donde no deberían estar.
—"Tengo que elogiarlos por su sabiduría..." estaba comenzando a hablar, cuando, notando la confusión de sus invitados, se dio cuenta de que estaba hablando en español. Atolondrado por su desliz, se corrigió y continuó lo que estaba diciendo en lengua común, dijo las palabras que tenía que decir, las suficientes.
Estos curacas, que ya habían tomado su decisión hacía tiempo, solo reafirmaron su compromiso y su promesa de lealtad al auqui y a su estandarte. Habían considerado que esto era lo mejor para las personas que estaban bajo su sombra, lo mejor para los chachapoyas.
Ninan Cuyuchi agasajó pues a estos curacas con armas ornamentadas, telas y otros regalos. A su vez, ellos también habían traído sus propios obsequios. Con este intercambio, se selló el pacto. Ordenó que trajeran comida y bebida. Aún era muy temprano, pero su hambre crecía por alguna razón. El Inca y sus descendientes eran considerados seres semidivinos, que no deben mezclarse mucho con el pueblo llano, pero él decidió combinar la creencia de su mítico linaje con una cercanía más mundana. Creía que una relación más allegada daría mejores resultados.
Volvió la mirada a Ayara, la hija de Purunllagta. Al fin había podido oír su voz, en su ceremonioso saludo. Se le había pasado por la cabeza que era muda, porque cuando acompañó a Mama Quilla no le escuchó ni una sola palabra. Había venido con su padre para ayudarlo a comandar sus tropas. Con su armadura ligera de cuero y pequeñas placas de cobre, parecía algo mayor que su edad actual, lo que acentuaba su belleza. Bueno, las mujeres de esas tierras eran naturalmente bellas para empezar. Sacudió la cabeza, alejando pensamientos vagos.
Pudo dirigir la conversación hábilmente durante el improvisado banquete. Las habilidades sociales básicas de psicología le sirvieron bien para este propósito. Se enteró de que, últimamente, los jaguares habían incrementado su número, aventurándose incluso cerca de las aldeas. Algunos niños habían desaparecido, cazados por estos felinos. Esto era preocupante, pero, por fortuna, el conflicto ya estaba por terminar, y podrían ocuparse de este problema.
La conversación giró en torno a temas ajenos a la guerra. Se habló de la cosecha, de los animales salvajes, de algunas querellas entre las llagtas y de antiguas leyendas. Realmente disfrutó de esa conversación tan sencilla, hasta que, de manera casual, se coló en la conversación un nombre de gran importancia.
—¡Chuquimis! —exclamó al escuchar este nombre, que había olvidado por completo. El célebre curandero Chuquimis, el mejor del imperio, en quien más confiaría Huayna Cápac.
Aunque una de las creencias más aceptadas es que Huayna Cápac murió de viruela, también existe una fuerte sospecha de que fue envenenado, y que el artífice de este magnicidio fue Chuquimis. Durante la gran rebelión de los chachapoyas, Huayna Cápac, en su guerra contra ellos, fue herido y enfermó de gravedad. Fue entonces cuando se presentó ante él el curaca Chuquimis, quien logró salvarle la vida gracias a sus profundos conocimientos medicinales, ganándose su entera confianza hasta tal punto que lo nombró gobernador de toda esta región.
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Imperio Inca un nuevo amanecer
Fiction HistoriqueUn joven amante de la historia, tras un trágico accidente, despierta en el antiguo Tawantinsuyo como un alto miembro de la nobleza incaica, pocos años antes de la caída del imperio. Mientras se adapta a su nueva vida, se enfrenta a la posibilidad de...
