En el imperio

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Pachacútec, Pachacútec, ¿Tayta, ¿dónde estás? ¿Por qué no respondes a mi llamado? ¿Por qué me niegas tu luz?

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Pachacútec, Pachacútec,
¿Tayta, ¿dónde estás?
¿Por qué no respondes a mi llamado?
¿Por qué me niegas tu luz?

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Mucho tiempo atrás, con una lanza de oro plantada sobre un valle sagrado, nació un imperio cuya grandeza rivalizó con las estrellas que adornan el firmamento. Hoy, solo quedan vestigios sobre piedra labrada, huellas difusas de la legendaria marcha de los ejércitos que dominaron los Andes antiguos. Pero hubo un tiempo en que su nombre fue pronunciado con respeto, temor y furia, en una época distante donde, según dicen, los salvajes espíritus de los bosques y los dioses antiguos aún vagaban entre los hombres.
Y es a esa época dorada a la que nos llevan las arenas del tiempo: una mañana radiante en la imperial capital del Cusco. Es aquí donde comienza una nueva epopeya para los herederos de Manco Cápac y Mama Ocllo. El inicio de un desconcertante efecto mariposa, cuyas consecuencias serán impredecibles, para bien o para mal.

Una gran fiesta se estaba celebrando por aquellos días, y un gran regocijo saltaba en los corazones de los habitantes de las inmensas extensiones que conformaban el imperio de los hijos del sol. Desde los cuatro suyos, aun de las fortalezas más distantes, habían venido muchos visitantes en reverencial peregrinaje a la capital del Cusco, para participar en el solemne Wawa Inti Raymi. Una fiesta sagrada con la que cada cierto tiempo se honraba y daba la bienvenida al sagrado Apu Inti, dándole gracias por un año de abundantes cosechas y rogando una continua prosperidad para los ayllus.

Esta fiesta ya se había estado desarrollando por varios días, donde el Apu P'unchau fue honrado con infinidad de danzas y cantos entonados con fervorosa pasión. Las ánforas de chicha, con su chorro dorado, habían fluido sin pausa como fuentes inagotables. "El año que viene será muy bueno también", eso decían las hojas de coca que, lanzadas al fuego, dieron para alegría del pueblo auspicios favorables. Los sacerdotes, conmovidos por la generosidad de su dios, sacrificaron cien llamas en su honor, asegurando así un nuevo año de prosperidad.

Aquel día iba a ser el más importante, el más sagrado. Es por ello que los preparativos se llevaron a cabo alumbrados aún por la luz de la Mama Quilla, la luna. Y cuando la claridad apenas estaba empezando a ahuyentar las últimas sombras, ya los poderosos nobles de la ciudad, así como aquellos que habían venido de lejanas tierras, cada uno ataviado con sus más lujosas vestimentas y ornamentos, estaban preparados para dar inicio a ese momento tan especial. Dos largas columnas de gente se formaron, abriendo un camino por donde debería pasar el gran Huayna Cápac. Los ropajes brillantes y las exóticas plumas de la multitud pintaban el ambiente de una mezcla solemne y pintoresca.

El momento crucial llegó. Las caracolas de mar sonaron, y también los tambores, anunciando que Huayna Cápac ya se acercaba. El Sapa Inca, que había partido al amanecer desde su palacio, avanzó sin prisas, recostado en su lujosa litera. A la cabeza de su cortejo, un grupo de acllas, de belleza cautivadora, como si de las mismas estrellas se tratasen, fue esparciendo flores de dulce fragancia. Detrás de ellas, los pichaq, los encargados de ahuyentar a los malos espíritus enviados por el Supay, fueron barriendo el camino con sus escobas de paja y verbena, asegurando que la ruta de su majestad imperial estuviera impecable, libre de cualquier maligno.

Los músicos, con sus tonadas de ensueño, siguieron después en el desfile, y al fin la guardia real incaica hizo su aparición: los mejores guerreros del imperio, coronando la majestuosidad del séquito, vigilantes, con el único propósito de servir y proteger al monarca. Quien acompañaban numerosos orejones de su linaje, así como sus hijos y sacerdotes, fue dejándose ver por sus súbditos. Al llegar al Haucaypata, el noble monarca descendió al suelo y se quitó las sandalias para que sus pies pudieran tener una conexión más profunda con la tierra, la Pachamama. Elevando su mirada al horizonte, esperó con paciencia la llegada de los primeros rayos del sol. La multitud imitó su gesto. El fervor opresivo llenó el ambiente con respetuoso silencio, en espera de la llegada del dios.

Hasta que, al fin, los primeros rayos del sol emergieron en las altas montañas. Los cantos de adoración volvieron a escucharse con mayor fiereza. El Inca en persona dirigió con enérgico acento, mientras todos los demás se arrodillaron y levantaron los brazos en alto en respetuoso saludo al dios que se acercaba. Así permanecieron hasta que el sol despidió su brillo con toda su intensidad; en especial, esa mañana su resplandor se sintió cegadoramente más intenso que nunca. Huayna Cápac se incorporó entonces, mientras los demás permanecían en su ceremoniosa posición. Con ambas manos, tomó las Aquillas, dos grandes vasos de oro, llenos de chicha fuerte. La Aquilla de su mano derecha estaba destinada al sol; vertió su contenido en una gran tinaja de oro, con un orificio por donde la chicha fluyó, canalizándose hacia un conducto que llevaba al templo del sol. Después, el Inca tomó la Aquilla de su mano izquierda, dándole un profundo sorbo a su contenido. Luego pasó la copa con el líquido sagrado, que según sus creencias acababa de ser bendecido con la llegada del sol, a sus familiares de sangre. A los demás nobles también se les sirvió chicha, preparada con gran dedicación por las vírgenes del sol, pero esta bebida no era tan especial como la de las Aquillas. Ese honor estaba reservado exclusivamente para la familia real.

Mientras todo esto ocurría, un muchacho, casi un adolescente, de aparente alto rango, que se encontraba muy cerca de Huayna Cápac como parte de su séquito, de repente se puso de pie, alterando la ceremonia y provocando conmoción en todos los presentes. Con ojos desenfocados, miraba de un lado a otro como si hubiera perdido la cordura, mientras todo su cuerpo temblaba y se sacudía como si acabara de salir de un baño helado.

El Inca se giró con una mirada furiosa, y un terrorífico silencio se apoderó del ambiente. El adolescente, quizás comprendiendo un poco lo sucedido o tal vez por instinto al sentir la aterradora mirada de Huayna Cápac, logró frenar en algo sus espasmos.

En ese preciso momento, como una señal majestuosa, el sol, que ya se encontraba en lo alto del cielo, dejó escapar sus rayos con toda su fuerza, chocando estos sobre la plateada ropa del joven. Era simplemente el reflejo de la armadura, como un espejo que proyecta la luz solar, pero debido al ángulo y al lugar perfecto donde se encontraba el muchacho, los rayos solares cayeron sobre él de manera magnífica, dándole una apariencia divina.

En una época de grandes supersticiones, el gran Willaq Umu, el gran sacerdote, exclamó extasiado: "Ha recibido la bendición de Taita Inti. Son grandes augurios. ¡Alabado sea el Auqui!". Pensaba que el joven estaba actuando de esa forma por la poderosa presencia del dios y se sintió maravillado.

La histeria colectiva es un fenómeno sorprendente, como una ráfaga de fuego que se propaga con rapidez. Los murmullos se extendieron entre el público presente, hasta que finalmente se escuchó un clamor unánime: "¡Viva el Auqui!", inquietando al mismísimo Huayna Cápac. Pero rápidamente encontró la calma, y una sonrisa se dibujó en sus labios. El muchacho era, después de todo, su heredero y el futuro de su gloria. Con estos pensamientos, se sintió satisfecho. Además, si esto era de verdad la voluntad del sol, él, como descendiente de lo divino, cumpliría esa voluntad, y si no, nunca viene mal un poco más de notoriedad para la familia imperial.

¿Y el joven? ¿Qué pasaba con él? Permaneció atónito, sintiéndose como si estuviera dentro de un sueño. Poco a poco, se dio cuenta de que todo esto era real y solo acertó a decir para sí mismo: "¿Qué rayos está pasando aquí?".

 Poco a poco, se dio cuenta de que todo esto era real y solo acertó a decir para sí mismo: "¿Qué rayos está pasando aquí?"

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