Juramento

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El sol, una vez más, tiñó el cielo de un rojo intenso que parecía arder. Ninan Cuyuchi, desde la cima del torreón más alto de Kuélap, contempló el crepúsculo. Le gustaba ese lugar, elevado y silencioso, solo interrumpido por las ráfagas de viento que golpeaban las piedras. Desde allí, el mundo parecía más pequeño, más insignificante.

Frente a él estaba Ayara, silenciosa y enigmática como siempre. Tenía el ceño fruncido mientras analizaba las piezas distribuidas sobre un tablero cuadrado.

—¿Qué es un caballo? —había preguntado con curiosidad.

—Es un gran animal, parecido a las llamas, pero más fuerte. Uno puede montar sobre ellos e ir a la velocidad del viento.

Ella escuchó con escepticismo. "¿Dónde podría haber un animal así?", pensó. Pero al mirar los abismos de Kuélap, recordó que el mundo era grande, y ella solo una luciérnaga en la inmensidad.

—Me gustaría tener uno —murmuró para sí, con una voz tan suave que casi se perdió.

Ninan Cuyuchi, quien alcanzó a escuchar su murmullo, sonrió. —Te daré uno cuando los tenga —prometió.

Ella también sonrió, un gesto que lo tomó por sorpresa. Era la primera vez que su rostro cambiaba su fría expresión.

Ayara había estado acompañándolo durante su estancia en Kuélap, una compañía que no había solicitado pero que tampoco había rechazado. Ella se había puesto a su servicio a instancias de Mama Quilla. Sabía lo que la astuta anciana pretendía, y no caería en su juego. Sin embargo, no apartó a la muchacha de sí. Ella era divertida en cierta forma, con una gran sed de conocimiento. Para matar su aburrimiento mientras esperaba, le había estado enseñando algunas cosas, incluido el ajedrez.

Ayara aprendía a una velocidad aterradora. En su vida pasada, se le daba bastante bien, pero jugando con esta muchacha, sentía cada vez más presión con cada partida. No quería perder, al menos no todavía; su orgullo estaba en juego. No podía dejarse vencer por una principiante, aunque parecía que eso no tardaría mucho en suceder.

—¿Sabes por qué el cielo se pone rojo a esta hora? —preguntó, intentando distraerla.

—Es cuando el día y la noche se encuentran —respondió ella sin dudar—. Hay días así, y otros no —miró el horizonte, perdiéndose un poco en sus pensamientos—. Debe haber alguna explicación.

Ninan Cuyuchi soltó una leve risa. Había logrado romper su concentración. Hubiera querido explicarle que el fenómeno se debía a la dispersión de la luz solar en la atmósfera, pero pensó que aún era muy pronto para eso.

El viento frío de la altura sopló con fuerza, revolviendo los cabellos de ambos. Ayara se apartó un mechón del rostro, volviendo su atención al tablero. Su concentración era tan intensa que Ninan Cuyuchi sintió el impulso de volver a molestarla.

—No sé cómo puedes estar tan tranquila, justo cuando estás a punto de perder —dijo él, con una sonrisa de autoconfianza.

Ayara alzó la mirada, y por un instante, él vio un destello de desafío en sus ojos, como si un volcán durmiera tras su fachada serena.

—¿Perder? —replicó, con una voz suave—. Quizás me gusta darte la ilusión de que estás ganando. Así, me esfuerzo menos para alcanzarte, mi príncipe.

Su respuesta le cayó en gracia. Sabía que, en cualquier otra circunstancia, Ayara no habría soltado un comentario tan atrevido, pero cuando estaban solos, la confianza que había ido creciendo entre ambos la hacía más libre. Aunque también podía ser cierto que, al estar tanto tiempo con la vieja Mama Quilla, se le había pegado su irreverencia.

Imperio Inca un nuevo amanecerHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora