Un joven amante de la historia, tras un trágico accidente, despierta en el antiguo Tawantinsuyo como un alto miembro de la nobleza incaica, pocos años antes de la caída del imperio.
Mientras se adapta a su nueva vida, se enfrenta a la posibilidad de...
Tras consolidar la vía logística mediante el puente colgante y pausar la marcha hacia el interior, Ninan Cuyuchi decidió construir dos fortines en ambas orillas del río. Estos se conectarían mediante el puente y estarían equipados con empalizadas y un foso que los rodeaba por completo. En cada torreón de madera, los guardias vigilaban atentos los alrededores, escudriñando el horizonte en busca de enemigos. Su plan a largo plazo era transformar estas construcciones en una imponente fortaleza, con un gran puente de piedra que uniera ambas orillas como si fueran una sola.
Una gran actividad bullía en ambas orillas. Despejaron parte del monte para utilizar la madera en las defensas y, al mismo tiempo, evitar ataques sorpresa desde la espesura. En la orilla más segura, las tropas especiales continuaban su riguroso entrenamiento, mientras las caravanas de suministros llegaban sin cesar. No solo abastecían al ejército, sino que también seguían las instrucciones de Ninan Cuyuchi para intercambiar productos con los locales. Cerámica y algodón se intercambiaban por frutas exóticas y otros productos nativos de esa parte de la región, y poco a poco, más gente se atrevió a acercarse a las afueras del campamento. El plan de dejar un próspero asentamiento comercial en la zona, una vez terminado el conflicto, ya estaba en marcha.
Ninan Cuyuchi sabía que el apoyo de la población local era clave: les proporcionaba recursos, información y una base de operaciones más sólida. Por eso, ganarse el favor de los lugareños y trabajar en armonía con ellos se convirtió en una prioridad. Con las defensas terminadas, la logística asegurada y parte de sus tropas actualizadas, era momento de proseguir la campaña. Pero ¿cuáles eran las ventajas de los chachapoyas? Conocían el terreno a la perfección, eran versátiles en diferentes escenarios y, sobre todo, contaban con sus molestos honderos. Ninan Cuyuchi recordó el proverbio de Aníbal de Cartago: "La principal ventaja puede convertirse también en la mayor debilidad".
Con esta idea en mente, reunió a un pequeño y selecto grupo de soldados, incluyendo a algunos lugareños. Buscaba hombres con sentidos agudos, especialmente una vista excelente, ágiles, rápidos y silenciosos. Tras un riguroso proceso, solo unos cuantos lograron pasar su "casting". Así nacieron los Ñawi Pununa, los "Ojos Divinos". Su misión no era combatir, sino proporcionar información y vigilancia sobre el terreno y las actividades enemigas. Con su ayuda, Ninan Cuyuchi esperaba contrarrestar las emboscadas que Yana Puma le tendía una y otra vez.
Con lo que recordaba de los libros de operaciones encubiertas que había leído, les instruyó en tácticas de espionaje y vigilancia, destacando la importancia del terreno elevado y las rotaciones estratégicas. El resto, les dijo, lo aprenderían con el tiempo ellos mismos en la práctica. Para comunicarse a distancia, lo ideal habría sido imitar el sonido de aves, pero no todos poseían esa habilidad. Así que optaron por las caracolas de mar, cuyos sonidos únicos crearon un lenguaje propio para transmitir novedades.
Los Ñawi Pununa superaron todas las expectativas. Sumergidos en el intrincado juego de la inteligencia militar, comenzaron a frustrar las emboscadas de Yana Puma. Exploraron el terreno meticulosamente, identificando caminos ocultos, pasos de montaña y otros obstáculos. Gracias a ellos, el movimiento del ejército se volvió más fluido y seguro a medida que avanzaba la guerra. Se convirtieron en los ojos y oídos de Ninan Cuyuchi, además de portadores de su palabra y su voluntad. Aunque Yana Puma aún no había desplegado toda su fuerza, la expedición inca fue avanzando con relativo exito.
Un día, los Ñawi Pununa informaron a Ninan Cuyuchi de que los batallones chachapoyas se estaban reuniendo cerca de una gran pampa verde, a pocos kilómetros de su posición. Era un claro desafío para entablar una batalla campal. Ninan Cuyuchi se preguntó por qué Yana Puma había cambiado de táctica, pasando de ataques fugaces a un enfrentamiento directo. Quizás, pensó, sus ataques relámpago ya no surtían efecto y había decidido terminar la guerra de una vez por todas.
El lugar elegido por Yana Puma, una vasta llanura, era perfecto para el despliegue de las nuevas unidades de Ninan Cuyuchi, que aún esperaban entrar en acción. Tras un breve consejo de guerra con sus generales, aceptó el desafío y dirigió sus tropas hacia la pampa sin vacilar. Necesitaba una victoria abrumadora para obligar a los chachapoyas a capitular. Una demostración de fuerza brutal, pensó, sería la mejor manera de ganarse el respeto de sus tropas, su padre y sus enemigos.
Ambos ejércitos establecieron sus campamentos en las inmediaciones de la pampa. La inmensidad del terreno ofrecía un lienzo estratégico para el despliegue táctico de ambas facciones. Mensajeros de ambos bandos acordaron que la batalla comenzaría al amanecer. ¿Por qué Yana Puma había decidido presentar batalla campal? La respuesta llegó con los refuerzos que acababan de unirse a su ejército: los orgullosos guerreros de Levanto. Ahora, los chachapoyas duplicaban en número a las fuerzas de Ninan Cuyuchi, alterando el equilibrio en el campo de batalla.
El crepúsculo tiñó el cielo de rojo, presagiando la sangre que se derramaría. La noche transcurrió en calma, casi en silencio. Ninguno de los bandos se atrevió a romper el acuerdo hecho bajo la memoria de sus ancestros. Llegado el amanecer, Yana Puma se ubicó al frente de su ejército, arengando a sus tropas con pasión. Sus guerreros respondieron con rugidos estremecedores, tan potentes como las aguas del Marañón. Una ligera neblina matinal se deslizó sobre el campo de batalla, interpretada como un auspicio divino: la presencia de Amaru, la gran serpiente, respaldaba a Yana Puma y sus hombres.
En contraste, Ninan Cuyuchi observaba desde una alta plataforma de madera en la retaguardia, rodeado por sus letales Hanan Cusqui. Desde allí, dirigiría a sus tropas con la ayuda de Ayar Cuchi, esta vez a diferencia del cruce del marañón no podía rehuir de sus obligaciones, pese a su renuencia interna tuvo que prepararse mentalmente de lo que vendría. Su presencia visible era un símbolo importante para la moral de su ejército.
Qori Killa hizo una venia, a su señor, y con la luz del sol a sus espaldas se encaminó al frente de los batallones incas, él lideraría la vanguardia. Su fuerte espalda mientras se alejaba por alguna razón le dio un cierto aire de tristeza.
Al sonar de tambores, flautas y caracolas, comenzó a dibujarse el preámbulo de la batalla de Bagua. Los hombres se movieron al unísono como una coreografía caótica, avanzando sin miedo a una danza sangrienta que podría cambiar el curso de la guerra.