A la sombra de Kuelap

305 23 15
                                        

----------------------------------------------------------------------------------------------------

Los míticos hombres de cabello de choclo fueron dignos oponentes en esta la primera campaña de Ninan Cuyuchi, quien tuvo que adaptarse al agreste panorama de una época de guerra marcada por altibajos, accidentes, choques mentales y pesadillas. Aunque ahora solo eran una pálida sombra de las huestes que enfrentaron a Túpac Yupanqui, para Ninan Cuyuchi representaron un desafío formidable, al punto de casi hacerle perder la esperanza.

Las altas y desafiantes murallas de Kuélap finalmente se alzaron ante sus ojos. El avance hacia la fortaleza había sido sorprendentemente pacífico, quizás debido a los conflictos internos entre los curacas. Ahora, el último obstáculo se erguía frente a él, o al menos eso creía. Sitiar una fortaleza era más difícil que librar una batalla a campo abierto, especialmente cuando el terreno estaba rodeado de abismos y obstáculos naturales. Este era el centro de poder de Yana Puma, su territorio de caza.

Manteniendo una prudente distancia de la ciudadela, Ninan Cuyuchi ordenó construir el campamento. Los vigías permanecieron alertas, listos para cualquier ataque sorpresa. Eligieron un lugar fácil de defender, apoyado por formaciones rocosas naturales, y levantaron formidables fortificaciones sobre una peña. Ahora que estaban a un paso de completar la campaña, se tomaron todas las medidas necesarias para la seguridad del campamento. Las defensas listas, sumadas a los arqueros de Bagua que ocuparon sus posiciones respectivas, convirtieron el sitio en un bastión fácil de defender y difícil de capturar.

En lo más alto del campamento, el viento movía suavemente dos grandes y majestuosos mantos rectangulares, atados a astas de madera y rodeados de una guardia de honor. A diferencia de la tradición inca, que no utilizaba estandartes o banderas, Ninan Cuyuchi consideraba estos símbolos fundamentales. No solo eran emblemas visuales, sino que encendían el espíritu de pertenencia en los soldados, cohesionando sus ánimos y avivando la pasión y el patriotismo. ¿Cuántos héroes no cayeron defendiendo sus banderas? Quería lograr algo similar. Así que había aprovechado su pausa en Bagua para darles forma.

Así nacieron sus dos estandartes. El primero, para su ejército, era un manto escarlata con un cóndor de plata bordado en el centro, emergiendo de un amanecer dorado tejido con hilos de oro. Representaba un nuevo comienzo, un nuevo amanecer. El segundo estandarte era más personal: una roja flor de alhelí sobre un campo negro, símbolo de su identidad dual, un extraño en ambos mundos que se aferraba a las escasas raíces que había logrado sembrar.

El tejido de estos estandartes, con sus intrincadas formas, podría parecer difícil, pero con una exhaustiva descripción de lo que quería, las hábiles tejedoras de Bagua no tuvieron ningún problema. El estandarte del ejército fue puesto a cargo de los capitanes de Ayar Cuchi, mientras que a sus Hanan Cusqui se les encomendó el honor de portar y proteger su estandarte personal. Este mismo símbolo ya ondeaba en los cimientos de Bagua y en cada aldea bajo su influencia.

El general Ayar Cuchi envió espías para estudiar el terreno y anticipar cualquier posible eventualidad. Con la fortaleza defendida por una gran fuerza de guerreros, sería una locura intentar usar la fuerza bruta para tomar el fuerte. Kuélap tenía un diseño especial: una vez franqueadas las puertas, se abrían anchos callejones que se iban haciendo más delgados a medida que se avanzaba al interior, canalizando a los atacantes hacia emboscadas mortales.

La mejor táctica era un cerco total, como el que empleó Túpac Yupanqui. Para ello, lo principal era cortar las rutas de abastecimiento, al menos de comida, ya que las lluvias ya habían comenzado.

Pero el problema era que esto podría tardar más de la cuenta. El tiempo era crucial. Los curacas al fin estaban comenzando a dudar qué era lo mejor que podían hacer dado los eventos recientes; solo faltaba darles un último empujón para que eligieran unirse a él y todo terminara de una vez. Sin embargo, si el sitio de Kuélap se prolongaba, quién sabe qué podría ocurrir.

Imperio Inca un nuevo amanecerHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora