Padre mío, hoy mi lanza derribó a un gigante,
hoy mis pasos corrieron más rápido que el viento,
hoy partí en dos las montañas con mis manos,
hoy calmé la tormenta con mi grito.
Dime, padre... ¿estás orgulloso de mí?
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Awan salió con sigilo, para no despertar a nadie, afuera aún estaba oscuro. Quería sorprender a su padre con una gran pieza de cacería, así que pese a tenerlo prohibido por la cada vez más presencia de jaguares en la zona, el niño se dirigió al monte, quería cazar a uno de estos felinos y ganarse el respeto en su aldea, tan solo imaginando la reacción que tendrían todos, sonrió de oreja a oreja.
Con su pequeño arco de madera, se aventuró más y más profundo, era lo más lejos que había llegado nunca, para Awan, aquel era todo su mundo, allí estaba todo lo que conocía. Más allá de eso, para él no había nada más.
Awan siguió un sendero hecho por animales entre los viejos árboles, con su búsqueda infructuosa, buscó un lugar más alto desde donde podría orientarse mejor, y entonces un sonido lejano lo paralizó. No era el rugido del viento ni cualquier otro ruido de la selva. Era algo más profundo, más poderoso. Un estruendo rítmico que resonó con los latidos de su pecho: tambores. Y no eran los tambores que tocaban en las fiestas de la aldea. Estos sonidos eran más graves, amenazantes, como el latido de un gigante.
Curioso de que era aquello, trepó hasta la cima de una peña cercana, desde donde podía observar sin ser visto. Lo que vio lo dejó sin aliento. En la distancia, una larga caravana avanzaba por la jungla. Eran cientos, quizás miles, de hombres marchando en formación perfecta. Llevaban vestuarios relucientes, grandes escudos y largas lanzas que apuntaban al sol. Grandes pedazos de tela, de color rojo y negro ondeaban al viento mostrando figuras que Awan no reconocía: un cóndor de plata y una flor sangrienta.
El niño se quedó inmóvil, observando con ojos desorbitados. Los tambores no cesaron, acompañados por el sonido agudo de caracolas que parecían anunciar una marcha triunfal. Awan nunca había visto algo tan imponente. Los guerreros de su aldea eran fuertes y valientes, pero aquello era diferente. Aquello no tenía comparación.
—¿Quiénes son, qué quieren? —murmuró para sí.
El corazón de Awan latió con fuerza. Sintió miedo, pero también algo más: una curiosidad ardiente que le quemó por dentro. ¿Qué habría más allá de las montañas? ¿Cómo sería el mundo de esos hombres que marchaban? Por primera vez en su vida, Awan sintió que su aldea era pequeña, que el mundo era más grande.
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—Ya vienen —anunció el capitán, rompiendo el silencio de la habitación.
El joven jefe, sumido en sus pensamientos, con el rostro sombrío, no respondió de inmediato. La noticia le supo como un amargo bocado de coca.
—¿Son muchos? —preguntó sin levantar la vista.
—Demasiados
El jefe volvió a quedarse en silencio, su mente trabajando laboriosamente en busca de alguna salida a aquel escabroso panorama. Por más que lo intentaba, no encontraba una solución. La situación se le escapaba de las manos, como agua entre los dedos.
—¿Hay noticias de Luncha? —volvió a romper el silencio.
—Sí —respondió su ayudante con cautela—. Dijeron que no tienen motivo para ayudarnos.
Agregó rápidamente, tratando de no encolerizarlo más: —Pero los Chupatis y los Hongar sí han prometido...
—Esos no me sirven de nada —interrumpió con desprecio.
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Imperio Inca un nuevo amanecer
Historická literaturaUn joven amante de la historia, tras un trágico accidente, despierta en el antiguo Tawantinsuyo como un alto miembro de la nobleza incaica, pocos años antes de la caída del imperio. Mientras se adapta a su nueva vida, se enfrenta a la posibilidad de...
