La última voluntad

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Mama Quilla finalmente pudo llegar al campo. Con la libertad de moverse entre ambos bandos, descendió y se acercó a la imponente figura de Yana Puma, quien yacía tranquilo en los brazos de Ayari.

—Muchacho tonto —murmuró, y repitió—: Muchacho tonto.

Mientras una profunda tristeza oprimía su pecho, recordó al niño risueño que había ayudado a criar. Él había sido terco hasta el final, sin escuchar sus consejos. El crepúsculo tiñó el cielo de un rojo carmesí, como si reflejara la sangre derramada.

Con la sabia y respetada presencia de Mama Quilla, junto con la despedida de Yana Puma y la llegada de la noche, las hostilidades cesaron por un momento. Los ejércitos aliados del caído Yana Puma levantaron su campamento cerca de la fortaleza, y se llevaron el cuerpo de su señor bajo las altas murallas de Kuélap. Mientras tanto, el ejército inca permaneció en su campamento, rodeado por las llagtas que habían decidido apoyarlos.

En uno de los grandes salones de la fortaleza, iluminado por antorchas, un círculo de hombres y mujeres discutía acaloradamente. Eran los curacas, sus consejeros y guerreros de confianza, representantes de las llagtas que aún mantenían una postura belicosa. También estaban presentes algunos enviados de regiones lejanas, cuyos guerreros no habían podido llegar a tiempo. La tensión en el aire era palpable, pues tenían que decidir que hacer ahora. A pesar de sus protestas, no permitieron la participación del comandante de los Awajun, argumentando que este era un asunto exclusivo de los chachapoyas. Él, preocupado por su posición, quería retirarse inmediatamente de vuelta a su hogar con sus hombres, pero se encontraba en una situación difícil: tenía muchos heridos que no podía abandonar.

La reunión de los curacas chachapoyas continuó sin llegar a un acuerdo hasta altas hora de la noche, dando vueltas y vueltas a lo mismo sin llegar a nada. Mama Quilla, hastiada, tomó la palabra. Su voz autoritaria se impuso sobre las demás, aprovechando el prestigio y respeto que aún le tenían los hombres de la neblina.
—¿Acaso quieren continuar con esta causa perdida? —recriminó—. ¿Desean llevar a nuestro linaje a la extinción? Esta matanza inútil debe terminar ya.

—¿Por qué es una causa perdida? —replicó el señor de los Chillaos—. Estamos en igualdad de condiciones. Podemos aplastarlos junto con los traidores. ¿Creen que pueden intimidarnos? ¿Piensan soportar esa afrenta? —se dirigió a sus pares, intentando levantar su moral.

—¿De verdad crees que estamos en igualdad? Aun si vencemos aquí, a costa de nuestra sangre, la sangre de nuestros parientes, vendrán más y más, una y otra vez.

—Que vengan, aquí los espero —respondió el belicoso señor de los Chillaos, el más ferviente defensor de continuar la guerra—. Solo necesitamos un nuevo líder y...

—¿Y quién será ese nuevo señor de la guerra? ¿Acaso serás tú? —lo interrumpió Mama Quilla.

—¿Y por qué no? Si me nombran, yo...

Entonces tomó la palabra el señor de Yalape.
—Levanto ya no seguirá con la guerra. No llevaré a mi pueblo a una muerte inútil.

—¡Cobarde! —lo recriminó el señor de los Chillaos.

—Mi participación ha sido tardía, tanto para uno como para otro —dijo el señor de Leymebamba—. Ahora lo lamento. Quizás si hubiera actuado con más prontitud, otra sería nuestra realidad.

—¿Tú también nos traicionas?

—No es traición. Sigo la voluntad de nuestro jefe de guerra —respondió con calma—. ¿Recuerdas su último deseo? Lamento no haber acudido antes a su llamado, pero al menos seguiré sus últimas palabras.

Imperio Inca un nuevo amanecerHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora