Un joven amante de la historia, tras un trágico accidente, despierta en el antiguo Tawantinsuyo como un alto miembro de la nobleza incaica, pocos años antes de la caída del imperio.
Mientras se adapta a su nueva vida, se enfrenta a la posibilidad de...
Una vez completados los arreglos funerarios y la limpieza del campo de batalla, Ninan Cuyuchi pudo cruzar al otro lado del río para evaluar la situación. Con el objetivo de consolidar su avance y enviar un mensaje claro a los chachapoyas, decidió establecer un nuevo campamento en la orilla conquistada. Ordenó la construcción de defensas y envió exploradores para rastrear los movimientos enemigos en la selva. Mientras reforzaba la seguridad del campamento, esperó los suministros que llegarían desde el sur y dispuso el reclutamiento de levas locales para cubrir las bajas.
En el campamento chachapoyano, Yana Puma lideró a su ejército en una retirada organizada. Aunque habían sufrido una derrota, la moral no estaba quebrantada. Reflexionando críticamente sobre los acontecimientos, identificó los errores que había cometido, tomando nota mental para no repetirlos en el futuro. Aunque lamentaba haber perdido el río, sabía que la selva seguía siendo una poderosa aliada. Solo tenía que encontrar la manera de sacar el máximo provecho de ella.
Yana Puma envió emisarios a los curacas chachapoyanos para solicitar más hombres y provisiones. Aunque contaba con el apoyo de muchos, algunos seguían neutrales, como el señor de Levanto, cuya fortaleza de Yálape había permanecido ajena al conflicto. Una vez más, Yana Puma envió mensajeros a sus puertas, esperando que esta vez obtuviera una respuesta favorable. Sin embargo, no podía depender únicamente de eso. En las semanas siguientes, dirigió personalmente una serie de escaramuzas y ataques sorpresa, frustrando los intentos del ejército inca de adentrarse más en su territorio. Los chachapoyas, ágiles y versátiles, atacaban y desaparecían como sombras en la neblina.
A Ninan Cuyuchi le llegó el turno de sentirse frustrado. El avance incaico en las tierras de los chachapoyas se volvió cada vez más complicado. Cada paso era un desafío, y cada rincón de la densa selva escondía el sigilo mortífero del enemigo. Consciente de que avanzar sin precaución resultaría en demasiadas bajas innecesarias, Ninan Cuyuchi decidió detener la marcha y regresar a la orilla del Marañón. Allí, consultó con sus generales nueva estrategia para enfrentar los desafíos de la selva.
En lugar de forzar de inmediato el camino hacia Kuelap, decidió consolidar su posición en la orilla del río y las comunidades aledañas. Ordenó que se reconstruyeran los puentes colgantes para facilitar el transporte de suministros. Ojalá pudiera construir un puente de piedra para que las bestias de carga pudieran moverse con más facilidad, pero eso tendría que esperar.
En la cima de un acantilado, Yana Puma observaba con atención las actividades de su oponente, que se había protegido como el caparazón de un quirquincho. "Paciente", esa fue su evaluación del comandante enemigo, quienquiera que fuese. Paciente como el águila que espera en silencio para caer sobre su presa. Había que redoblar las precauciones; ese tipo era peligroso. Desvió la mirada hacia lo profundo de la selva, esperando con expectativa las respuestas a los mensajes que había enviado a sus posibles aliados. Uno de ellos, más distante, seguramente demoraría más en responder, pero confiaba en que sería favorable. Del segundo, esperaba una confirmación o desilusión en un plazo más breve.