Un joven amante de la historia, tras un trágico accidente, despierta en el antiguo Tawantinsuyo como un alto miembro de la nobleza incaica, pocos años antes de la caída del imperio.
Mientras se adapta a su nueva vida, se enfrenta a la posibilidad de...
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Ninan Cuyuchi entendía que la primera impresión es fundamental. Cambiar una percepción inicial, ya sea buena o mala, es mucho más difícil. Las apariencias importan, especialmente cuando se trata de ganarse a quienes podrían ser hostiles. Con eso en mente, había preparado un espectáculo memorable para sus invitados.
Uno a uno, acompañados de hombres y mujeres cargados con vasijas, ornamentos, telas y comida, los jefes convocados fueron llegando. Ninguno se atrevió a faltar a la invitación del señor imperial. Aunque se les dijo que podían rechazarla, ¿quién sabía si era una trampa para eliminarlos y arrasar sus aldeas como advertencia? Además, ¿por qué habían sido elegidos específicamente ellos y no otros? Con estas dudas, acudieron al campamento, llevando consigo los obsequios más ostentosos que podían permitirse.
Tullpa Uctu, líder de una de las pocas comunidades chachapoyas que quedaban en Bagua, fue el último en llegar. Se preguntaba si sobreviviría al encuentro. Los poderosos curacas del interior, liderados por Kuélap, habían levantado las armas contra el gobierno inca, pero a él y a sus vecinos no se les había tenido en cuenta. A lo sumo, podían reunir unos pocos cientos de guerreros, algo insignificante comparado con los millares que podían movilizar los levantinos, chillaos, luyas y otros señoríos. En el pasado, Bagua había albergado un importante contingente, pero este menguó tras la conquista de Túpac Yupanqui. Algunas comunidades fueron deportadas, otras se replegaron a las tierras de las neblinas. Los que quedaron ya no tenían el poder de antaño, pero seguían siendo chachapoyas. Quizás el ejército inca quería desquitarse con ellos por la rebelión de sus parientes. Tullpa Uctu no tenía intención de oponerse a su destino; ofrecer su cabeza podría salvar a su comunidad. Era un precio aceptable.
Al acercarse al campamento, una comitiva de hombres armados, que triplicaba su grupo, salió a su encuentro. Tullpa Uctu alzó la cabeza con entereza; si era su final, no se avergonzaría con el miedo. Sin embargo, para su sorpresa, los soldados no tenían mala intención; estaban allí para escoltarlos como una "guardia de honor". Esto lo hizo fruncir más el ceño. ¿Qué pretendían exactamente?
Al llegar al campamento, Tullpa Uctu no pudo evitar admirar las zanjas, empalizadas y torres de vigilancia. Evaluó mentalmente cómo podría atacar semejantes fortificaciones. Un sonoro pututu anunció su llegada. En lo alto de una colina, se erguía una majestuosa tienda de campaña, hecha de finas telas de alpaca y decorada con motivos dorados que brillaban bajo el sol. Rodeada de guardias de mirada adusta, era evidente que allí se encontraba el máximo señor del ejército.
El viejo curaca vio a los otros cuatro jefes esperando en la entrada. Un portavoz les indicó que ingresaran a la tienda. En su interior, cubierto por suaves y coloridas alfombras, lo primero que llamó la atención fue la presencia de media docena de hombres de porte orgulloso, engalanados en atuendos refulgentes y lanzas doradas. Sus grandes orejas adornadas en oro delataban su identidad como miembros de la nobleza sin lugar a dudas. Pero lo que verdaderamente destacaba era la figura sentada en un alto trono de madera de aliso, adornado con gemas preciosas, rodeado de guardianes.